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Mario Martín Gijón

Espectráculo

Mario Martín Gijón

Incansable Pasolini

Hoy día serían irrealizables, por inaceptables socialmente, muchas de las películas de Pier Paolo Pasolini

Hace un par de años me comentaba un amigo, Marco Antonio Núñez (profesor de filosofía en un instituto cacereño, y mi oráculo en cinematografía), cómo hoy día serían irrealizables, por inaceptables socialmente, muchas de las películas de Pier Paolo Pasolini (Bolonia, 1922 – Roma, 1975) el poeta, novelista, ensayista y pintor, además de cineasta, de cuyo nacimiento se cumple un siglo. Un aniversario que, como suele pasar, ha servido para recuperar una obra que, hace algunos años, parecía olvidada. Más allá de múltiples reediciones, la mayor aportación desde España al centenario es sin duda la biografía Pasolini. El último profeta, de Miguel Dalmau, galardonada hace poco con el XXXIV Premio Comillas de Biografías, y publicada por Tusquets. 

La verdad es que, con semejante vida como la de Pasolini, es a la vez fácil y difícil hacer un libro apasionante, como lo es esta biografía. Fácil, pues su vida tuvo de todo: esplendor y tragedia; difícil, porque la amplitud de los logros de Pasolini desafía toda síntesis. Hijo de un militar fascista y una maestra de escuela, Pasolini vivió una infancia idílica en el norte de Italia, pero no en el norte industrial, sino en el por entonces aún rural y dialectal Friuli. A esa infancia le debe su primer libro, Poesía en Casarsa, escrita (para enojo de su padre) en dialecto, y donde se muestra ya lo que será uno de sus rasgos definitorios: su amor a lo humilde, que le hará desdeñar los fastos y la soberbia fascista, y que después de la guerra mostrará en su primera novela, Ragazzi di vita, y en su primera película, Accattone, cuyos personajes son los jóvenes desfavorecidos, algo quinquis, de los suburbios de Roma, que lo fascinarían de por vida. Fascinación trágica, pues Pasolini fue expulsado del paraíso por su homosexualidad, que vivió como una maldición. Frente a la homosexualidad exhibicionista de los días del orgullo, Pasolini confesaba que “no he aceptado jamás mi pecado, no me he reconciliado jamás con mi naturaleza y ni siquiera me he habituado a ella. Yo había nacido para ser tranquilo, equilibrado y natural: mi homosexualidad estaba de más, estaba afuera, no tenía nada que ver conmigo. Siempre la vi a mi lado como un enemigo, jamás la sentí dentro de mí”. Ese desgarro será el aguijón que lo espolee a una obra única, como ocurrió también a García Lorca. El segundo desgarro de Pasolini fue la muerte de su hermano, Guido Pasolini, partisano comunista que luchó contra los nazis y fue ejecutado por sus propios camaradas, en una de esas purgas con las que se ensució ese movimiento. Desgarro aún mayor pues Pier Paolo había sentido celos de su heroico hermano, lo que no le impidió apoyar siempre al Partido Comunista Italiano, que vio como la única fuerza regeneradora frente a la Democracia Cristiana que heredó las corruptelas del fascismo y que estuvo detrás del asesinato de Pasolini.

Imposible en tan breve espacio resumir la fulgurante vida y obra del incansable Pasolini, cuya genialidad adopta formas distintas en cada género: en la poesía de Las cenizas de Gramsci o en la rupturista novela Petróleo, en la delicada adaptación El Evangelio según San Mateo, donde Cristo es protagonizado por un español antifranquista o en la provocación de Teorema. La biografía de Dalmau incluye anécdotas maravillosas, de las que baste una: Pasolini, apasionado del fútbol, propuso un partido entre los equipos de rodaje de Salò y Novecento, dirigida por Bertolucci. Este, que había empezado como ayudante de Pasolini, para asegurarse la victoria, fue a reclutar a los juveniles del Parma, entre los que se encontraba Carlo Ancelotti. Ganó el equipo de Bertolucci por 5-2. Según Ancelotti, Pasolini “no se tragó” que fueran actores pero “tenía tantas ganas de jugar que no dijo nada”. 

*Escritor

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