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El Periódico Extremadura

Mar Gómez Fornes

una casa a las afueras

Mar Gómez Fornés

Estado de desánimo

Hay personas que en un atasco tocan el claxon como si los de delante pudiéramos avanzar, volar o volatilizarnos

Hay personas que se niegan a bajar el cristal de la ventanilla del coche y preguntar por el lugar que buscan, prefieren dar vueltas antes de reconocer que se han perdido o esperan a que el ordenador les susurre el verbo «recalcular» suavecito, como si nadie hubiera cometido el insignificante error de pasarse un par de calles. ¿Por qué? ¿Por qué no bajan el cristal de la ventanilla?

Hay personas que se niegan a pedir cita con el médico, que huyen de los hospitales como de la peste, sabiendo que al final será uno de esos lugares donde nos arreglen las averías del cuerpo. Pasa lo mismo con las averías del alma; nos resistimos a acudir al terapeuta de las emociones sin sospechar que allí está, con toda seguridad, la pieza que nos falta para completar el puzle. ¿Por qué? ¿Por qué no piden cita?

Hay personas que… ¿Por qué? ¿Por qué hay personas tan dispares y disparatadas? 

Los neodarwinistas proponían adorar al árbol de la vida como si fuera el verdadero individuo. Un árbol inmortal en el que las ramas serían las especies y nosotros, los hombres, las personas, seríamos simplemente las hojas. Primero brotes, luego hojas verdes, frescas y hermosas hasta que llega el otoño y con él la deshidratación, el marchitamiento; hojas rojizas, pardas, del color de las castañas y la vejez, el color del barro y la ropa desusada… hojas que se lleva el viento. Teniendo en cuenta esta trayectoria parece tener todo el sentido la metáfora que proponen los neodarwinistas: las personas somos tan solo las hojas del gran árbol de la vida. 

¡Y tú no queriendo bajar el cristal de la ventanilla del coche, como si con ello fuera a desinflarse el hombre que te crees!

Ahora que con el verano se aproximan los ecos del teatro a Mérida, encuentro una alegoría si cabe más deslumbrante en alusión a Boecio. Anicio Manlio Torcuato Severino Boecio, filósofo y poeta romano para quien la palabra «persona» deriva de las máscaras que representaban personajes humanos en las comedias o tragedias. Persona, añade Boecio, procede de personnare, resonar, «pues el sonido de la voz que rebota en la cavidad de la máscara, es amplificado». Somos máscaras que se desvanecen al caer el telón.

Así se entiende que unos días proyectemos la voz amable, la de la sonrisa y el diálogo mientras que otros días se nos dibuja la cara de enfado, el llorón que llevamos dentro con su equipaje a rebosar de pamplinas y demandas; el insultador que odia bajar el cristal y preguntar a las caritas que pasan por la ventanilla del coche. 

¡Oiga! ¿Para ir a la A5, por favor? 

Taxista: va usted dirección contraria.

Benditas rotondas, botones de asfalto. Mágicas esferitas de carretera que ayudan a ubicar al hombre cartesiano y perdido en su coche; ese hombre adicto a la voz que le susurra: «recalculando».

¡Qué fascinación, las vidas ajenas! ¡Qué mundo nos espera!

Son esas vidas desabrochadas que enseñan lo peor de cada quien, el interior de su sala de espera y urgencia

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Hay personas que en un atasco tocan el claxon como si los de delante pudiéramos avanzar, volar o volatilizarnos para darles paso. ¿Por qué?

Son esas vidas desabrochadas que enseñan lo peor de cada quien, el interior de su sala de espera y urgencia. Personas que no dedican un minuto a rehacerse, a desintoxicarse de la prisa y la hiperactividad; personas ocultas bajo infinitas máscaras enfadadas, la del rictus hacia abajo, la máscara del drama y la huida, las que hacen de este mundo un lugar exasperado.

¿Por qué? ¿Por qué no disfrutan del arte del instante y del silencio?

Hay personas que no apagan el motor de su coche mientras esperan a su acompañante y que escupen por la ventanilla…para eso sí bajan el cristal. ¿Por qué?

Tantas pequeñas y cotidianas catástrofes como presenciamos me hacen ser pesimista y considerar que estamos ante una hecatombe colectiva donde las personas están ciegas, sordas y perfumadas de narcisismo. 

Confieso un afán de fuga.

* Periodista

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