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Mar Gómez Fornes

una casa a las afueras

Mar Gómez Fornés

La cosa pastelosa

Para la alegría o el entusiasmo conviene no viajar más allá de una hora en el tiempo y un pasito en el espacio

La oscuridad se ha vertido del tarro de una nube. No es que llueva es que llora. Pero ¿quién le quita la alegría al cielo azul que de golpe se pone ceniciento y lanza garabatos en forma de elefantes y patitos vaporosos?

La alegría…esa cosa pastelosa:me comeré el pastel de crema ahora y ya otro día me pongo a dieta. Es eso que llaman una alegría de impacto súbito, cuando el impulso te ciega, cuando no hay más horizonte que la alegría de tu nevera abierta de par en par dándote besos de nata montada. Cada cual tiene el listón de la alegría instalado a su manera, más arriba o más debajo de la vieja fábrica del corazón.

Bárbara Fredyson pregunta ¿quién se lleva la alegría de mi casa? y ella misma se contesta: vayan a los hospitales y a las oficinas de empleo para comprobarlo. Esos lugares limbo donde la alegría es una galleta. Nos adentramos en terreno pedregoso… parece preferible no poner la alegría en metas lejanas ya que le ocurriría como a los patitos vaporosos, que se desdibujan a golpe de «nanosegundo en el metaverso», o sea en cristiano y para entendernos, que se desvanecen como sombras de ancestros olvidados. La alegría es de algódón.

Tal vez para otros asuntos sí convenga establecer plazos largos, pero para la alegría o el entusiasmo conviene no viajar más allá de una hora en el tiempo y un pasito en el espacio. Es decir, enfocarnos en el aquí y ahora a través de una modalidad de reflexión llamada «pensamiento meditativo» a la que el filósofo Martin Heidegger consideraba la esencia de la nuestra humanidad.

Los acontecimientos parecen constituir estos días una seria advertencia acerca de la pérdida de la capacidad básica para la reflexión. Los líderes mundiales han tirado por la borda la esperanza de un mundo sosegado, de una convivencia a la altura de las circunstancias y se muestran peligrosamente incapacitados para llevar a cabo un ejercicio de pensamiento profundo que es el pensamiento que requiere de una mente concentrada. Nada más lejos de la realidad que nos persigue y amenaza con saltar por los aires. La alegría es inasible, volátil.

Observar las caras de Biden o Putin es echarse a temblar, son dos viejos recauchutados, inyectados de bótox hasta la raíz y con claros indicios de senilidad; estamos en las peores manos posibles ya que todo indica que están distraídos, envueltos en sendas batallas personales sin tiempo ya para evaluar y corregir el rumbo de esta situación tan comprometida. 

A Biden parece que le empiezan a bailar algunas neuronas, lo que implica ausencia total de pensamiento meditativo y al animal de Putin la fuga de gases le puede hacer explotar y que nos explote. Es algo que supera cualquier ficción cinematográfica… hemos llegado demasiado lejos y el camino de vuelta estará sembrado de sombras cenicientas.

Está claro quien nos roba la alegría, quien alarga la mano negra de los cuentos infantiles, quien nos aprieta el botón del frío y el hambre. 

«No hay silencio, no hay lugar donde se pueda oír crecer las hojas en primavera y el zumbido de los insectos». Son palabras del gran jefe indio Seattle al decimocuarto presidente de los EEUU, el demócrata Franklin Pierce en el año 1855, cuando éste propuso al pueblo indio de los Duwamish que vendieran su tierra a los colonos blancos y se marcharan a una reserva. Lo indios no entendieron cómo se podía comprar y vender la tierra, a su parecer el hombre no posee la tierra como tampoco posee el cielo, el frescor del aire o el brillo del agua. El gran jefe indio escribió entonces un discurso cuyas palabras resuenan hoy hasta hacernos estremecer: «cada parte de esta tierra es sagrada, cada aguja de un abeto, cada niebla en el bosque, cada insecto que zumba es sagrado» dijo Seattle. 

Palabras que como las estrellas nunca se extinguen.

* Periodista

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