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«Me gusta sentirme una veterana, en el cine y en la vida»

 

«Me gusta sentirme una veterana, en el cine y en la vida» - EFE / JON ROU

NANDO SALVÁ
14/05/2018

En Las estrellas de cine no mueren en Liverpool, se mete en la piel de Gloria Grahame (Cautivos del mal), artista del Hollywood dorado con una carrera totalmente distinta a la suya. No hay ni escándalos ni declive ni excesos. Se dio a conocer internacionalmente gracias a su trabajo en Los timadores (1991), con dirección de Stephen Frears, por la que estuvo nominada al Oscar. Desde entonces ha aspirado a la estatuilla en tres ocasiones más: en el 2000 por American Beauty, en el 2005 por Being Julia, y en el 2011 por Los chicos están bien. Hasta la fecha aún no se ha hecho con ella. Conoció a Warren Beatty mientras compartía con él rodaje en Bugsy (1991), y poco después del final de la filmación descubrió que estaba embarazada. En el año 1992, Beauty se convirtió en su segundo marido. Han tenido cuatro hijos.

A lo largo de su carrera, se ha especializado en tomar personajes propensos al estereotipo y convertirlos en seres humanos extremadamente complejos: femmes fatales –en Valmont (1989) o Los timadores (1990)–, esposas frustradas –en American Beauty (1999)–, madres defectuosas –en Los chicos están bien (2010) o Mujeres del siglo XX (2016)–. Ahora vuelve a hacer algo parecido recreando a Gloria Grahame al final de su vida cuando, sumida en el declive profesional y acechada por la enfermedad, mantuvo una relación sentimental con un actor inglés casi 30 años más joven que ella.

–¿Qué fue lo que le atrajo de la historia de Gloria Grahame?

–Supongo que me conmueve porque fue una actriz muy maltratada por Hollywood. En el momento álgido de su carrera llegó a ganar un Oscar, pero la mala reputación, la fama de mujer escandalosa, la condenó al ostracismo. Después de rodar Oklahoma, que fue su última película grande, Grahame no era capaz de encontrar trabajo. Tuvo que refugiarse en pequeñas compañías de teatro, y finalmente se trasladó a Inglaterra. Durante mucho tiempo, el mundo del cine tuvo muy claro qué tipo de actitudes les estaba permitido tener a las actrices tanto delante de la cámara como en sus vidas privadas, y si rompían esa norma lo pagaban muy caro. Hasta cierto punto sigue pasando, claro.

–En ese sentido, no es habitual ver películas como ‘Las estrellas de cine no mueren en Liverpool’, que retratan el romance entre una mujer madura y un hombre notablemente más joven.

–A la gente le sigue pareciendo algo chocante que las mujeres de cierta edad tengan deseos de cierto tipo. Aún se da por hecho que nuestra vida sexual se acaba cuando empezamos a tener hijos, y eso es ridículo. Peor aún, se considera que una mujer madura ya no es deseable, y por eso las que se enamoran de hombres jóvenes son vistas con malos ojos. Es terrible. Cuando la diferencia de edad es a la inversa, a nadie le extraña.

–Usted es 21 años más joven que su marido, Warren Beatty. ¿Alguna vez se ha sentido juzgada por ello?

–No por la diferencia de edad.

–En su momento, se extendió la idea de que usted era la mujer que finalmente había logrado domesticar a Beatty. ¿Cómo le sentó?

–No fue agradable, obviamente, en parte porque no es en absoluto lo que sucedió. Pero decidí que ni me iba a molestar en corregir a la gente. Me limité a encoger los hombros e ir a lo mío. Llevamos 26 años casados.

–¿Cómo se logra tanta longevidad matrimonial?

–No hay secreto, y tampoco lo veo como algo particularmente virtuoso. Es simplemente una elección. Como mis padres, que llevan casi 70 años casados. La gente que se divorcia también lleva a cabo una elección, que por cierto puede ser tan difícil como seguir juntos. Pero en nuestro caso hay amor y respeto mutuo y eso hace que nos resulte muy fácil. Tenemos cuatro hijos magníficos y eso también nos mantiene unidos.

–¿En algún momento ha sentido que tener y educar a cuatro hijos ha sido un obstáculo para su carrera?

–Es cierto que siempre que he rechazado un papel ha sido porque era incompatible con mis responsabilidades como madre, pero no voy por ahí lamentándome por las películas que puede haber hecho y no hice. Yo siempre quise tener hijos, y no me importó pasar temporadas sin trabajar para tenerlos. En el caso del último, en concreto, pasé dos años enteros sin hacer películas porque, de hecho, no tenía tiempo ni de darme una ducha. ¿Cómo iba a rodar una película? Por otra parte, alejarse del mundillo del cine de vez en cuando es buenísimo para la salud. En esa época, es cierto, recuerdo que a menudo me preguntaba: «¿Seré capaz de encontrar un trabajo cuando esté lista para volver?». Pero, no, no siento que mi carrera se haya visto perjudicada.

–Ha sido nominada cuatro veces al Oscar. ¿Le importan ese tipo de cosas?

–Es bonito que te reconozcan, pero no es el motivo por el que me dedico a este trabajo. No negaré que habría sido estupendo ganarlo en alguna de esas ocasiones, pero quedarse tan cerca de lograrlo también tiene su mérito. Y a estas alturas ya tengo muy perfeccionado el gesto de buena perdedora. Recuerdo que la última vez fui a la gala tan convencida de que no iba a ganar que, cuando se anunció el nombre de la vencedora, ni siquiera me inmuté.

–¿Siente que su forma de enfrentarse a sus personajes ha cambiado a lo largo de los años?

–Mucho. Ahora soy menos autoconsciente. Simplemente me dejo llevar, y eso es liberador. Y la sensación de ser una veterana me gusta, me resulta muy agradable, en el cine y también en la vida. Me conozco mejor a mí misma, entiendo mejor qué es importante y qué no lo es. Me preocupo menos por complacer a los demás. Por supuesto, soy una mujer vanidosa y me preocupan las arrugas, y de vez en cuando necesito sentirme glamurosa, pero de ningún modo querría volver a tener 20 años.

–¿Por qué?

–Porque la presión que las mujeres jóvenes afrontan actualmente es tremenda. Lo sé porque lo veo en mis hijas. La sociedad impone demasiadas reglas sobre ellas. Tienen que tener una cara bonita, y los pechos de determinado tamaño y el cuerpo de determinada forma, y ser sexis y deseables a ojos de los hombres. Por otro lado tienen que ir a la universidad y conseguir un buen empleo que les proporcione una imagen de independencia aunque luego, por otra parte, lo que de verdad se sigue esperando de ellas es que se casen y tengan hijos, y que sean capaces de compaginarlo todo, y que se sientan realmente felices y realizadas cumpliendo con todo lo que la sociedad espera de ellas. Creo que todo ello deja muy claro en qué punto se encuentra el feminismo y la cantidad de cosas que quedan por hacer para lograr la verdadera liberación de la mujer. Y el problema es que es una forma de sexismo más estructural de la que nadie habla. Las mujeres parecen haber olvidado que una no es libre a menos que tenga la capacidad absoluta para seguir caminos distintos a los que toma el resto y hacer exactamente lo que les apetece.

–¿En qué medida diría que las redes sociales estimulan esa presión?

–Es obvio que juegan su papel. No quiero sonar como una anciana, pero me siento aliviada por haber crecido en un mundo en el que no existían ni las redes sociales, ni internet ni los smartphones. La cantidad constante de información que recibimos hoy en día es avasalladora. Para los jóvenes es más fácil, han crecido con ello y están naturalmente adaptados. Yo no lo estoy tanto, pero confieso que soy totalmente adicta a las noticias.

–No debe de resultar fácil serlo. Vivimos tiempos convulsos.

–Sí, soy consciente de ello. Yo siempre he sido muy precavida a la hora de hablar de asuntos políticos. A veces decido hacerlo, y a veces prefiero quedarme callada. Pero una ve ciertas cosas y simplemente no puede quedarse callada. Los estadounidenses tenemos un presidente que es una vergüenza. Creo que lo que de verdad le pasa es que ni él mismo se esperaba que sería presidente. Y nunca pensó que tendría que responder por algunas de las cosas que ha hecho en su vida, ni tener que responder por su pésima educación y su absoluta falta de respeto. Y lo más grave es que él es solo la punta del iceberg. El nacionalismo, el populismo, la xenofobia y el racismo se han vuelto culturalmente aceptables, y eso es absolutamente terrible. Por eso, aquellos de nosotros que aún no nos hemos dejado vencer por el odio tenemos la responsabilidad de mantener la dignidad y la decencia, a pesar de que algunos de nuestros líderes no tengan nada de eso.