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editorial

Política y responsabilidad

 

24/10/2017

Para Cataluña, estos días deben ser aquellos en los que por fin la política toma el mando de la crisis de Estado que vivimos. Marcados en rojo en la agenda de finales de semana los plenos en los que el Senado aprobará la aplicación del artículo 155 y el Parlament debatirá sobre estas medidas (con la posibilidad de la declaración de independencia encima de la mesa), el tiempo corre hacia decisiones que, de tomarse, dibujarían in panorama muy incierto y preocupante. La crisis que, por acotarla, empezó con las sesiones del Parlament el 6 y el 7 de septiembre, ya ha causado importantes daños económicos y políticos, y procesos judiciales con enormes repercusiones para los afectados. Si esta semana acaba con la aplicación del 155 duro decidido por el Gobierno y/o la declaración de independencia, el autogobierno de Cataluña tal y como lo conocemos habrá terminado, un hecho que puede tener consecuencias políticas, económicas y de paz social trascendentales.

Es la hora de la política, pues. Por eso cabe aplaudir la idea de que el president, Carles Puigdemont, acuda al Senado para explicar su postura. La Cámara Alta tiene ante sí la función constitucional de aprobar las medidas que el Gobierno ha diseñado dentro del artículo 155. El PP goza de mayoría absoluta el Senado y, además, cuenta con el apoyo del PSOE y de Ciudadanos. La aprobación de la intervención está garantizada si no media una negociación. Que Puigdemont acuda al Senado –algo que no sucedió en la última conferencia de presidentes autonómicos– descargaría tensión y abriría la puerta a la acción de la política. Pío García-Escudero, presidente el Senado, debe acomodar lo mejor posible al presidente catalán.

Es imperativo que estos días estén marcados por una frenética actividad política. Demasiado tiempo y demasiadas oportunidades se han desaprovechado en las últimas semanas, meses y años a lomos del inmovilismo y de la unilateralidad. La encuesta publicada el fin de semana por EL PERIÓDICO EXTREMADURA indica que la mayoría de los catalanes no quieren ni el 155 ni una DUI, y eso es exactamente con lo que podemos encontrarnos a finales de semana. No se trata de solucionar esta gravísima crisis en unos días, pero sí de encauzarla y guardar los botones nucleares. Toca, aunque sea en el descuento, un ejercicio de responsabilidad.