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SECUELAS DEL INTENTO DE GOLPE DE ESTADO

La biblioteca prohibida de Turquía

 

Entrada a una de las librerías frecuentadas por estudiantes universitarios en Estambul. - ADRIÀ ROCHA CUTILLER

Entrada a una de las librerías frecuentadas por estudiantes universitarios en Estambul. - ADRIÀ ROCHA CUTILLER

POR ADRIÀ ROCHA CUTILLER
12/11/2017

El día en que le metieron en la cárcel, Turhan Günay se dio cuenta de que allí dentro se iba a aburrir. Lo habían puesto en la misma celda con otros dos compañeros suyos, de acuerdo, pero sin nada que leer, sin nada que llevarse a los ojos, la espera se le haría interminable. Así que, en cuanto pudo, pidió la lista de los libros de la biblioteca. «El 99% de los libros eran religiosos, sobre textos del Corán y el islam. Había solo diez que no lo eran, y siempre estaban tomados por otros reclusos. Nos quejamos, y pedimos más», dice Günay. Entonces, explica, el alcaide de la cárcel le hizo una visita, y, juntos, acordaron pedir nuevos libros. «Pude hablar con un amigo, y nos mandó dos camiones enteros de libros. Cuando salí de la cárcel, este verano, en la prisión donde estuve había 11.000 libros nuevos: el mayor hito de mi vida», recuerda con orgullo. «Los demás presos estaban muy contentos. Nos daban las gracias ya que, si estás en la cárcel, la única forma de sentirte libre es la literatura», asegura. Y añade, además, que el gobierno actual en Turquía está penetrando en los medios de comunicación, en los libros escolares, en la universidad, en el poder judicial; pero que aún no lo ha podido hacer del todo con la literatura: «Aún no han podido. Es el único espacio que nos queda en el que nos podemos sentir libres».

Günay es el director del suplemento de libros del periódico Cumhuriyet, uno de los pocos diarios opositores que quedan en Turquía. Fue enviado a la cárcel, junto con otros 17 periodistas del mismo medio, a ?nales del año pasado. Él pudo salir en julio, cuando le dieron la libertad condicional. Pero hay otros que permanecen todavía en prisión.

La literatura será, según Günay, el único espacio que queda libre, pero el gobierno turco ya llama a la puerta: en poco más de un año –desde el intento de golpe de estado de julio de 2016–, el Estado ha decretado el cierre de casi 50 editoriales, y la policía ha requisado 140.000 libros de librerías turcas. Todos los ejemplares prohibidos, dice el gobierno, son libros de propaganda de la cofradía de Fethullah Gülen, un teólogo del islam al que se le acusa de estar detrás de la intentona del verano del año pasado. «Un día nos vino la policía con una lista de libros que se querían llevar. Nosotros se los dimos todos. No queremos problemas. No sabemos qué podría pasar si nos negásemos, así que se los dimos», dice y se encoge de hombros el encargado de una librería de Estambul. «Pero tenemos libros de Sik y Demirtas. Estos no nos los decomisaron», explica.

Selahattin Demirtas es el líder del tercer mayor partido del parlamento turco, el HDP. Ahmet Sik es el periodista de investigación más famoso de Turquía. Ambos están en la cárcel acusados de tener vínculos con organizaciones terroristas: Demirtas con la guerrilla terrorista kurda del PKK, y Sik con el grupo de Gülen. Sus libros aún se venden, pero es posible que, en un futuro, también acaben prohibidos: si los declaran culpables. Sik, de hecho, fue compañero de cárcel y de periódico de Günay: ambos están acusados de lo mismo. «A mí me mandaron a la cárcel por haber puesto la cara de Gülen en una portada del suplemento de libros. Solo por eso. Soy periodista. ¿Qué debo hacer? ¿No hablar de él?», lamenta Günay.

El diario Cumhuriyet ha sido, desde hace muchos años –cuando aún no estaba de moda– muy crítico con la cofradía de Gülen. Y, de todos sus detractores, Sik –pese a la paradoja de ser acusado de simpatizar con el teólogo– se ha erigido en el más feroz: ha publicado varios libros sobre el movimiento del predicador auto-exiliado desde hace años en EEUU.

El señor del mal

La de Erdogan y Gülen fue una buena relación hasta que, en el 2012, se rompió. El entonces primer ministro y el teólogo se ayudaban mutuamente y, gracias a esta cooperación, Gülen consiguió crear un Estado dentro del Estado: controlaba escuelas, brigadas militares, comisarías de policía, políticos, departamentos de funcionarios, aparatos de inteligencia. Una Turquía en la sombra.

Pero en el 2012 rompieron, y ahora, seguramente con razón, Gülen es el enemigo número uno. «Ese señor es más peligroso que Al Qaeda, porque todos sabemos qué es Al Qaeda. Nadie sabe quién es ni qué hace Gülen exactamente. Gülen tiene una cara sonriente: es Al Qaeda pero con una sonrisita de abuelito tierno», explica el escritor turco Tarik Günersel, que continúa: «No son todos, pero es cierto que la mayoría de los libros prohibidos por el gobierno son gülenistas. Y, la verdad, me parece entendible que se hayan prohibido. Es así: ¿Podrías entender que se vendan libros pro-nazis en Alemania? ¿No, verdad? Pues es lo mismo. Gülen equivale al fascismo».

La libertad de expresión, para Günersel, miembro de PEN Internacional, no puede ser absoluta: se le deben poner unos ciertos límites. «Pero que no se me entienda mal. No digo que el gobierno haya hecho bien requisando 140.000 libros, porque muchos de los que han sido prohibidos no tienen nada que ver con Gülen. Digo que este tipo de libros, los gülenistas, están en contra de la libertad de expresión. Son fascistas en esencia», reflexiona Günersel, que acepta que nadie puede saber exactamente cuáles han sido los títulos prohibidos: «El gobierno no lo ha hecho público». Las afectadas, sin embargo, no solo han sido las librerías; la policía también ha decomisado libros de las bibliotecas del país. «A nosotros únicamente nos han retirado los libros gülenistas», explica una trabajadora de una biblioteca municipal de Estambul. Esta profesional cuenta que los libros que les han requisado a ellos no hablan directamente sobre Gülen, sino que son, en su mayoría, de ?losofía, islam, religión y el Corán. «Teníamos muchísimos, porque cuando Gülen y Erdogan eran amigos, nos llegaban gratis; el Estado los promocionaba. Pero, tras el golpe, el gobierno cerró las editoriales gülenistas. Y prohibió los libros que éstas habían publicado antes», dice la mujer, que pre?ere no dar su nombre.

Hablar de estos temas, en Turquía, puede costarte el trabajo y las posibilidades, en un futuro, de encontrar otro.

Por decreto

Muchas de las editoriales cerradas, es cierto, estaban dentro del micro-Estado creado por Fethullah Gülen. Pero otras, que no tenían nada que ver con el teólogo, también han acabado recibiendo el mismo trato. «Me enteré cuando fui a una o?cina municipal a pagar los impuestos. Me dijeron que nos habían embargado la sede de la editorial y que ya no poseía nada por lo que pagar. Entonces miré en la prensa y vi que el gobierno, por un decreto a través del estado de emergencia, nos cerraba la empresa», cuenta Cavit Nacitarhan editor de profesión y exdirector de la editorial, ya extinta, Evrensel Basim Yayin.

Nacitarhan se queja de que el gobierno, en octubre del 2016, cuando le embargó la empresa, decidió arrebatarle absolutamente todo: le con?scó sillas, mesas, ordenadores, maquinaria. También le sellaron el local y le congelaron las cuentas bancarias. Le quitaron, en de?nitiva, sus posibilidades de trabajar. «Antes, cuando te cerraban una editorial, te permitían crear otra. Pero ahora ya no: intentan callarnos, aunque nunca hayamos hecho nada ilegal», explica este editor.

Todos ellos –escritores, editores, periodistas y sus libros–, están siendo expulsados de la Turquía de Erdogan. «Su carrera política ha sido como la de un cohete espacial, que a medida que se va alzando se va desprendiendo de sus partes. Primero fueron los partidos seculares de derecha. Luego cayeron los militares kemalistas. Después fue el turno de los gülenistas, intelectuales opositores y, ahora, hasta miembros del AKP están cayendo», explica el escritor Tarik Günersel. Es, posiblemente, su teoría favorita. Mientras la cuenta mira al cielo, levanta las manos y señala para arriba: «Su cohete se ha desprendido de todo, y ahora Erdogan está allí, colgado en lo más alto. Solo en el espacio».