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POÉTICA Y ENFERMEDAD MENTAL

Las poetas que nos asoman al abismo

 

Las poetas que nos asoman al abismo - DAVID CASTRO

NURIA MARRÓN
30/07/2017

Estoy sufriendo un poema que no quiero escribir, pero que debo escribir», dejó dicho Anne Sexton, que como Sylvia Plath o Alejandra Pizarnik, invirtió sus demonios personales y creativos en arrojar luz sobre las tinieblas de la condición humana. Como saben, la hermandad de las poetas que se han adentrado en el pozo ciego del dolor, la enfermedad mental y las opresiones de género es vasta y no deja de crecer. Ellas, de algún modo, encontraron en la creatividad una forma de liberar monstruos. Y, al hacerlo, han permitido el acceso a submundos desconocidos para la mayoría.

María Castrejón, una de las voces más potentes de su generación, se ha sumado a esta larga lista con un poemario, La inutilidad de los miércoles (Huerga & Fierro), que nos acerca casi a hachazos a las marañas de la enfermedad; al miedo y el sufrimiento desesperados, y a las pulsiones suicidas. No habla de oídas. Ella, explica, convive con una hipersensibilidad que la lleva hasta lugares invivibles. Su cóctel feroz –que ha recibido el diagnóstico de trastorno límite de la personalidad– incluye la sensación de vacío, inestabilidad, «un sentido exacerbado de justicia», ataques de pánico y una gran impulsividad. Ante este infierno, hace poesía, dice, porque es lo «más parecido a gritar» y porque, al «escribir, la enfermedad se transforma en otra cosa y quien escribe pasa de ser enfermo a ser poeta».

Imaginarán que para la autora, la escritura no es un acto agradable, ya que nace de una pulsión que se vuelve frenética en los momentos de crisis. Escribe, admite, porque no puede «evitarlo» y porque, aunque duela, siente que así se va haciendo más pequeña «esa especie de piedra» que le «cuelga del cuello» desde que de pequeña se refugió en un «elegido abandono». La decisión de publicar, sin embargo, no tiene tanto que ver con la literatura como con «hacer visibles las enfermedades mentales y acabar con el estigma y la incompresión» que pesan sobre ellas y sobre quienes las sobrellevan. «Yo siento que cuando digo que tengo un trastorno límite de personalidad, se hace un silencio incómodo a mi alrededor. La gente no sabe ni qué decir ni a qué se está enfrentando. Las enfermedades mentales son tabú, y ese silencio nos encarcela y acaba confinando los trastornos al campo médico y a las charlas entre las personas que los sufrimos». Ante la sordina asfixiante, la poeta reclama iniciar una conversación sobre estos temas y «escuchar a las personas enfermas y a las que sufren en general. Porque, ¿quién no ha tenido angustia o no ha ido al psicólogo por depresión o ansiedad? Sin embargo, insistimos en tapar el dolor –que forma parte de la vida y en el que, en cambio, no se nos educa–, e imponernos una obligatoriedad de la felicidad perpetua. ¿Acaso no es eso enfermo?».

Castrejón aborda esa conversación con un poemario salvaje que cava ante el lector abismos a los que tal vez le intimida asomarse. «Los textos, directos y sin domar, son un arma peligrosa, un acercamiento primario al estado límite entre el dolor y el placer, la desesperanza y el desconsuelo», escribe su psiquiatra, Carlos Álvarez Vara, en el prólogo.

Corte de demonios

En efecto, en esa semana de crisis, en ese «no-lugar» en el que no pasa el tiempo y en el que siempre es miércoles –«el día más inútil de la semana», dice la autora, en alusión al título–, saca a pasear a su corte de demonios. Ahí aparecen, por ejemplo, el dolor («yo piso las cuchillas de la gente sin nombre, de las mujeres que menstrúan muertas de frío en el mar»), la desolada frialdad del psiquiátrico, «el paternalismo del personal sanitario» y la desesperanza tras años de terapia y tratamientos («yo no quiero volver a este cuerpo que se sienta en la consulta y se traga las píldoras»). Y con ellos, el impulso autodestructivo y desesperado («la niña con zapatos de chinchetas gana la batalla y me empuja al rincón más oscuro del campo») y la ambivalencia insoportable y extrema que suponen la maternidad y las pulsiones suicidas. «Matar es fácil –escribe la autora, madre de un niño–, pero quién soporta bajo la luna el llanto del niño que ha perdido a su madre».

En efecto, el suicidio –con el sentimiento inaguantable y el furioso debate interior que conlleva– cruza como un bisturí todo el poemario. Y lejos del sensacionalismo con el que a menudo se aborda el asunto, Castrejón deja tras de sí un puñado de preguntas incómodas pero exigentes sobre las que, dice, «no se permite ni la conversación porque, al parecer, no está en nuestro cerebro que alguien quiera acabar con su vida». Por ejemplo: ¿qué se está atacando cuando uno se vuelve contra sí mismo? ¿Hay algún caso en el que sea una decisión razonable? ¿Se puede evitar y, si es así, de qué forma?

¿Existe el efecto llamada?

A falta de respuestas simples, Castrejón sí desmiente el efecto llamada que tradicionalmente pesa sobre el hecho de hablar sobre este asunto desde que Las penas del joven Werther, de Goethe, acabó prohibida en media Europa por, presuntamente, haber provocado una ola suicida entre jóvenes que imitaron el trágico final del protagonista. «Hablar del suicidio es el paso previo a desactivar su mecacnismo, porque uno deja de sentirse tan solo y bicho verde –explica la autora–. Es más, las guías psiquiátricas igualan a un terapeuta con una persona amiga con la que, sin sentirte juzgada, puedas hablar abiertamente sobre el tema y enfrentarte así a él y a todas sus consecuencias».

Convendrán que las antologías poéticas están llenan de nombres con historiales en los que se entrelazan el desasosiego, los trastornos mentales y las muertes violentas. Un hecho que, desgraciadamente, tampoco es muy asombroso, teniendo en cuenta que una de cada cuatro personas sufrirá algún tipo de enfermedad mental a lo largo de su vida y un millón de personas se quitan la vida en todo el mundo cada año. Aun así, la autora, como la literatura psiquiátrica, sí ve en la poética un hecho diferencial. «En las personalidades hipercreativas, los trastornos se dan con más frecuencia porque suelen tratarse también de seres extremadamente sensibles».

¿Y qué pasa con las mujeres? ¿Tiene explicación ese presunto club de poetas de vidas –y a menudo muertes– extremas? En tal misterio han abundado libros como Poetisas suicidas y otras muertes extrañas, de Luzmaría Jiménez Faro, que dejan entrever cómo han profundizado en ese desacuerdo con el vivir opresiones como la falta de libertad y reconocimiento, las violencias, el confinamiento doméstico, el desencaje en un mundo masculino e incluso la reclusión psiquiátrica que algunas sufrieron por comportamientos presuntamente inadecuados. «Claro que entre los beatniks hubo mujeres, pero acababan en manicomios y sometidas a electrochoques –dijo en su día el poeta Gregory Corso–; si en los años 50 eras hombre, podías ser rebelde, pero si eras mujer tu familia te encerraba».

De ahí el punto perverso del halo mítico que rodea a las vidas desesperadas de mujeres como Sexton, Pizarnik, Plath, Marina Tsvietáieva, Antonia Pozzi y tantas otras. «A menudo se fetichiza a las poetas suicidas –critica María Castrejón–. Sin embargo, es una hipocresía que se las idolatre y, en cambio, no nos preguntemos qué les pasó, por qué ha habido mujeres que han acabado con la cabeza metida en un horno. Debemos entablar un diálogo y exigir reflexión y medios. Queremos soluciones, no mitos. Un mito es fácil de cuidar, pero a las personas, ¿quién las cuida?», concluye la poeta madrileña.