+
Accede a tu cuenta

 

O accede con tus datos de Usuario de El Periódico Extremadura:

Recordarme

Puedes recuperar tu contraseña o registrarte

 
 
   
 
 

TONYA HARDING

Redención sobre hielo

 

Dos imáganes de Tonya Harding, en los mundiales del 93 y del 99. En el círculo, la actriz Margot Robbie. -

Dos imáganes de Tonya Harding, en los mundiales del 93 y del 99. En el círculo, la actriz Margot Robbie. -

POR NANDO SALVÁ
18/02/2018

Protagonizó uno de los más grandes escándalos de la historia mundial del deporte, y aunque ella hoy insiste en presumir de ser la primera patinadora estadounidense que logró ejecutar el triple axel –un giro de 1.260 grados en el aire o, para entendernos, algo muy difícil–, serán los sucesos del 6 de junio de 1994 lo que acabará impreso en el epitafio de Tonya Harding. Y los que ahora justifican la existencia del biopic Yo, Tonya, una película atrevida, caótica, hilarante, brutal, algo ingenua y difícil de creer. Justo como su protagonista.

Para hablar de Harding hay que hacerlo también de Nancy Kerrigan, su compañera de equipo y gran rival. Kerrigan personificaba todas las virtudes que el establishment del patinaje sobre hielo estadounidense aspiraba a ejemplificar. Sobre la pista vestía diseños exclusivos, usaba música clásica como banda sonora y sabía explotar su belleza; patinaba con elegancia, como una bailarina. Harding era pura chabacanería; sus saltos y giros eran portentosos pero carecía de técnica. Sus vestidos eran chapuzas caseras y sus coreografías usaban canciones de ZZ Top y Vanilla Ice; fuera de la pista se dejaba ver fumando, cazando y al volante de una camioneta.

Aquella tarde de enero las dos mujeres estaban en Detroit, entrenando cara a los campeonatos nacionales. La competición iba a tener lugar el día siguiente, y decidiría qué dos patinadoras se calificaban para los Juegos Olímpicos de Lillehammer. Nada más acabar su sesión, Kerrigan fue asaltada por un atacante no identificado, que la golpeó en la pierna con una barra. Las cámaras de televisión llegaron a la escena del suceso a tiempo para capturar a la joven gritando entre lloros, «¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?». El agresor había intentado romperle la pierna derecha para apartarla de la competición, pero solo le causó un hematoma y una hinchazón severa. En todo caso no pudo patinar al día siguiente, y Harding ganó el campeonato y se clasificó en primer lugar para los Juegos.

Poco después se descubrió que el atacante, Shane Stant, había sido contratado por el exmarido de Harding, Jeff Gillooly, y un amigo de este, Shawn Eckardt. Gillooly aceptó testificar en contra de la joven a cambio de una reducción de condena, y acabó pasando seis meses entre rejas. Ella negó toda implicación en los hechos, pero los medios la culpabilizaron.

El comité olímpico estadounidense intentó descalificarla pero, cuando ella los amenazó con una demanda de 25 millones de dólares, finalmente le permitieron viajar a Lillehammer. Allí coincidió con Kerrigan, que para entonces ya estaba plenamente recuperada y que acabó ganando la medalla de plata. Harding, por su parte, a punto estuvo de ser descalificada después de que el cordón de uno de sus patines se rompiera durante el calentamiento. Tras rogar entre lágrimas a los jueces una segunda oportunidad, acabó en octava posición. Para los medios aquel desenlace ofrecía el relato perfecto: la princesa hermosa e inocente derrotando a la bruja fea y mala.

Encarnada por Margot Robbie, que opta al Oscar, en la película Harding es retratada en parte como una víctima, de la mala suerte y las peores circunstancias: una infancia llena de penurias; una madre alcohólica y violenta que nutrió sus ambiciones deportivas pero abusó de ella mental y físicamente, y que le enseñó a tratar a sus rivales como enemigas; un novio, Gillooly, al que conoció con solo 15 años y con el que se casó a los 19, y que la sometió a constantes malos tratos durante tres años de matrimonio.

La justicia finalmente declaró a Harding culpable de obstaculizar la investigación del incidente. Fue condenada a tres años de libertad condicional, 500 horas de servicio comunitario y una multa de 160.000 dólares. La Asociación Estadounidense de Patinaje Artístico la suspendió de por vida, y la despojó del título de campeona nacional.

Desde entonces su vida siguió en caída libre. Mientras Kerrigan saboreaba las mieles de la celebridad –participaciones televisivas, cameos en Hollywood, contratos como comentarista–, ella fue arrestada en varias ocasiones e incluso intentó suicidarse; trató en vano de hacer carrera en la música como cantante de un grupo femenino similar a las Spice Girls y, durante un tiempo, lo intentó como boxeadora. No solo tocó fondo: se instaló en él. Ahora, de repente, Yo, Tonya le ha dado la oportunidad de reivindicarse. Lleva meses cruzando alfombras rojas, y muchos de los mismos medios que en su día la apedrearon y se mofaron de ella hoy defienden su condición de figura trágica; algunos incluso la erigen en icono feminista. ¿La magia de Hollywood? Es justo esto.