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300 ANIVERSARIO DEL NACIMIENTO DE MARÍA TERESA

La suegra de Europa

POR ROSA MASSAGUÉ
18/06/2017

 

En medio de la plaza situada entre el Museo de Historia del Arte y el de Historia Natural de Viena, se alza un gran monumento. Sobre un alto basamento se eleva una sólida columna cuadrada y encima se asienta un trono ocupado por una mujer. La gran altura hace difícil identificar el personaje. El guía les dice a los turistas que lo que tienen delante es el monumento a la mujer más importante de la historia de Austria. Los visitantes ponen cara de saber y dicen: «Sissi».

Pues «no no». El monumento está dedicado a la emperatriz María Teresa, una mujer que tuvo un gran impacto en la historia del imperio de los Habsburgo, y en la de toda la Europa del siglo XVIII. Nacida el 13 de mayo de hace exactamente 300 años, la ciudad que fue capital de aquel vasto imperio celebra el aniversario dedicándole varias exposiciones agrupadas bajo el título de María Teresa, estratega, madre y reformadora.

Lo menos que se puede decir de ella es que fue una mujer ocupadísima. Dio a luz a 16 hijos, de los que 13 superaron la infancia y, de ellos, 10 se hicieron adultos. Su llegada al trono fue causa de una guerra y después participó en la de los siete años. Pese a ello, intentó siempre poner en práctica con gran ahínco el lema de la casa de los Habsburgo: que las guerras las hicieran los otros mientras la Austria felix conseguía a través de Venus lo que otros lograban con Marte. Es decir, ampliar el poder mediante los matrimonios dinásticos. Con tantos hijas e hijas que fue casando con las distintas casas reales europeas, entre ellas María Antonieta, no es extraño que se la conociera como «la suegra de Europa».

María Teresa de Austria fue la única mujer que llegó al trono de los Habsburgo. Su padre, Carlos VI, en vista de que solo tenía dos hijas y de que en el territorio dinástico imperaba la ley Sálica, que impedía la sucesión femenina, orilló el inconveniente promulgando la Pragmática Sanción por la que una mujer podía llegar al trono. Evitaba así la extinción de la dinastía. Cuando faltó el rey, estalló una guerra de sucesión porque Francia, Sajonia, Prusia y Baviera se negaron a reconocer el cambio. Pero María Teresa llegó igualmente al trono y ahí se quedó durante 40 años. Además de Austria, heredó un montón de territorios, desde Hungría, Bohemia y Galicia en el este, hasta el norte de Italia y Croacia por el sur, y parte de los Países Bajos en el oeste.

Nunca fue coronada emperatriz, aunque se la conoce como tal. En realidad, era archiduquesa de Austria, pero su matrimonio con Francisco Esteban de Lorena, que sería emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, la convirtió en emperatriz consorte. Aun así, gobernó en plenitud porque el marido, poco amante de las tareas de gobierno, puso las riendas del poder en sus manos.

Su reinado reflejó las contradicciones de una época a caballo entre el absolutismo y la ilustración. Su labor modernizadora fue enorme y sentó las bases de un estado moderno. Reformó todo el sistema educativo, desde la infancia hasta la universidad introduciendo seis años de educación obligatoria y creando nuevas instituciones y nuevos estudios. También reformó el sistema fiscal, la administración y el ejército, al fundar la academia militar. Siendo profundamente católica, puso límites a la influencia de la iglesia, en particular a los jesuitas, mediante la supervisión del Estado.

Sin embargo, Elfriede Iby, comisaria de la exposición Familia y legado en el Almacén Imperial de Muebles, señala que era una mujer muy conservadora: «Todavía creía que los reyes lo eran por inspiración divina». Una de las virtudes de la emperatriz era el saber escoger y rodearse de buenos asesores en todos los campos. «Lo terrible, en cambio –apunta Iby–, era el considerar a los hijos como piezas en un tablero de negociación política». Educó a su prole para esta misión. El caso más flagrante fue su empecinamiento para emparentar con el reino de las Dos Sicilias, misión a la que dedicó tres hijas. Las dos primeras murieron de viruela antes del matrimonio con Fernando I. La correspondencia directa y constante con los hijos instalados en las varias cortes europeas la mantenía informada de cuanto ocurría y le permitía ejercer su influencia.

La emperatriz hizo una labor integradora del imperio y por ello se la consideró la «madre de la nación». Eliminó las tarifas internas y solo mantuvo barreras arancelarias en las fronteras externas. Promovió y descentralizó la industria. Según Michaela Pfunder, comisaria de la exposición La mujer más poderosa de los Habsburgo, ubicada en la Biblioteca Nacional, se comportaba como una mánager moderna y entendía la necesidad de que en un imperio tan vasto hubiera conexión entre la gente.

Cuando el marido murió (1765) se cortó el pelo, vistió de negro y engordó. En palabras de Pfunder: «Hoy diríamos que pasó por una depresión». Aún gobernó 15 años y lo hizo con su hijo José, pero, acostumbrada a hacerlo sola, se le hizo difícil compartir el gobierno con alguien que tenía opiniones distintas en muchas cosas. Tres siglos después de su nacimiento la figura de María Teresa no ha desaparecido ni siquiera bajo la República nacida tras la desintegración del imperio austrohúngaro, al final de la primera guerra mundial. Todavía hoy los gobiernos austriacos juran su cargo bajo un gran cuadro de aquella mujer.