+
Accede a tu cuenta

 

O accede con tus datos de Usuario de El Periódico Extremadura:

Recordarme

Puedes recuperar tu contraseña o registrarte

 
 
   
 
 

EL PROBLEMA DE LA DESIGUALDAD

Con trabajo y sin dinero

 

Distintas escenas de personas sin hogar o en riesgo de marginación en calles españolas. -

Distintas escenas de personas sin hogar o en riesgo de marginación en calles españolas. -

POR JUAN FERNÁNDEZ
24/06/2018

Con el PIB creciendo por encima del 3% desde hace tres años y la tasa de paro en caída libre EPA tras EPA, en España se ha convertido en norma hablar de la crisis en pasado. Los guarismos de la macroeconomía son categóricos: la renta per cápita llegó a finales de 2017 a los 25.000 euros –por encima, al fin, de la de 200– y en las páginas salmón de las cabeceras económicas es fácil encontrar en los últimos meses titulares del tipo: «Los españoles ya somos más ricos que antes de la crisis». Sin embargo, cuando hacemos zoom en esa foto y descendemos al detalle, el paisaje social de la España post Gran Recesión recuerda al chiste de los pollos: si yo me como un pollo y tú ninguno, la estadística dirá que nos hemos comido medio pollo cada uno, pero tus tripas seguirán sonando y las mías no.

En diciembre del año pasado, la RAE introdujo en el Diccionario el neologismo aporafobia, acuñado por la catedrática de ética Adela Cortina para identificar un nuevo tic social, de reciente adopción, consistente en sentir aprensión, rechazo o incluso asco al pobre. El término vale como síntoma –en este caso lexicográfico– del país que ha emergido de las cenizas del derrumbe y pone el acento en una realidad que parece haber llegado para quedarse, al menos de momento: la mejora de las grandes cuentas nacionales y empresariales convive con la consolidación de una bolsa de pobreza que no solo no disminuye con el trascurrir de los trimestres sino que muestra señales de dolencia crónica.

El reverso del relato de la salida de la crisis es una estampa que saca los colores a los más entusiastas de la recuperación económica. Según la Red Europea de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social (EAPN en sus siglas en inglés), ahora mismo hay en España 13 millones de personas malviviendo en la miseria o con muchas papeletas para caer en ella, lo que nos sitúa en el furgón de cola en cuanto a reparto de la riqueza y equidad en el continente: solo seis países de la UE –ninguno de ellos perteneciente al club de las economías grandes– da cobijo a un porcentaje de pobres similar al nuestro, que actualmente es del 27,9 de la población, 4 puntos por encima del que había en 2007.

¿Pero quiénes son esos pobres? El imaginario colectivo asocia esta palabra al mendigo que extiende la mano debajo de un puente, pero la pobreza tiene hoy otros rostros. Para detectarla y medirla, las entidades sociales utilizan el índice AROPE (en inglés, At Risk Of Poverty and Exclusion), aplicado de forma estándar en toda Europa para identificar a este grupo de población a partir de tres variables: que las ganancias económicas familiares no superen el 60% de los ingresos medios nacionales, que los adultos del hogar no consigan trabajar más del 20% del tiempo y que carezcan de recursos para atender necesidades básicas como la calefacción, la vivienda o comer carne dos veces a la semana.

«Es una pobreza invisible, porque no pide limosna en la calle, pero habita entre nosotros, en nuestros barrios, en el piso de al lado. Compra las ofertas del súper al que vamos a diario y se las apaña como puede para ir tirando, pero no puede llevar una vida digna», describe Carlos Susías, presidente de EAPN-España. No existe un sindicato de pobres, pero los indicadores sociales tienen localizada su presencia: son los cinco millones de españoles que, según la Asociación de Ciencias Ambientales, sufren dificultades cada invierno para mantener sus hogares caldeados (un 22% más que en 2012); las 7.000 personas que, según esta misma entidad, fallecen cada año como consecuencia de la pobreza energética; el millón y medio de niños que, según Save the Children padece pobreza infantil severa.

La pobreza en la España post-crisis ofrece un retrato difuso y multiforme que alberga brechas generacionales –se dispara hasta casi el 40% de los jóvenes de entre 16 y 29 años–, territoriales –es mucho mayor, con diferencia, en la mitad sur de la península que en la septentrional– y de modelo familiar: el 53,3% de los hogares monoparentales con uno o más hijos a cargo se encuentra en situación de riesgo de exclusión social.

Marginalidad

Con todo, el rasgo más llamativo de esta nueva pobreza es su persistencia y su capacidad de adaptación al actual escenario económico y laboral. El desempleo que trajo consigo la recesión envió a la marginalidad a miles de trabajadores y a sus familias. Sin embargo, para los 2,5 millones de ciudadanos que han encontrado un puesto desde que el paro tocó techo en abril de 2015, la vuelta al tajo no ha supuesto su retorno al escalón social que ocupaban antes del desastre.

«Hemos caído en una nueva trampa: la pobreza laboral. Crece el empleo, pero los nuevos trabajadores no logran salir de la miseria», señala Florentino Felgueroso, investigador de la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (Fedea) y autor de un informe sobre vulnerabilidad en el empleo que revela las consecuencias sociales de la reforma laboral de 2013: «Los trabajadores encadenan sucesivos períodos de paro y empleo como si fuera el juego de la silla, ahora me siento, ahora me quedo de pie. Salir de la pobreza con este sistema es imposible», apunta el economista.

En España se da ahora mismo una circunstancia insólita entre los países europeos considerados ricos: el 30% de personas pobres o en riesgo de exclusión social está trabajando. «Cuando estalló la crisis se nos dijo que acabar con el paro era la llave para salir de ella, pero si el empleo que se crea es de baja calidad, la población no percibe la mejoría», advierte Susías. Tener trabajo y no poder llegar a fin de mes es la nueva normalidad para miles de hogares. Al menos, para las 1.242.000 personas que hoy son pobres y en 2008 vivían bien.

En marzo de este año, la Comisión Europea riñó al Gobierno del PP por las nulas políticas que aplicaba para corregir la principal cojera de nuestra economía: tras Rumanía y Bulgaria, somos el país con mayor desigualdad de renta de todo el continente. El 10% de los más acaudalados acapara un capital superior al que está en manos del 90% restante. En mitad de la tormenta, España no solo se comprometió con Europa en corregir su déficit; también firmó un acuerdo para reducir su volumen de pobres en 2,2 millones antes del 2020. La primera promesa va camino de cumplirse; la segunda, ni si quiera está entre las prioridades de la agenda pública.

Buscar tiempo en otra localidad