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Cartas al director

 

12/01/2018

LA REVOLUCIÓN

El papa Francisco

Lisa Justiniano // Madrid

No es de extrañar que el papa Francisco sufra un declive paulatino en su popularidad como muestran las audiencias de los miércoles o la última bendición Urbi et Orbi desde el Vaticano.

Hay varias causas para ello, dejando aparte el polémico belén expuesto en la plaza de San Pedro con un desnudo masculino, un cadáver y un travesti haciendo de Virgen María según se desprende del artista pro transgenerismo que lo ideó.

Las disputas internas en la Iglesia Católica que ya rayan la guerra civil, proceden del documento papal Amoris Laetitia que contradice la doctrina bimilenaria católica y cuya desviación ha sido rubricada en las actas de la sede apostólica elevando la comunión eucarística sacrílega de los divorciados «recasados» a categoría de magisterio ordinario.

De nada han servido las numerosas correcciones o las peticiones multitudinarias de laicos, sacerdotes, obispos y cardenales a este respecto, al contrario, el próximo paso ha sido adulterar la encíclica de Pablo VI, Humanae Vitae abriendo la puerta a la anticoncepción.

Maurizio Chiodi, miembro de la renovada Academia Pontificia para la Vida, rechaza la enseñanza católica sobre anticonceptivos expresada en encíclicas anteriores: Humanae Vitae, Familiaris Consortio y Veritatis Splendor, según las cuales la anticoncepción es intrínsecamente mala en cualquier circunstancia, y además afirma que, a veces, es incluso moralmente obligatoria pues la paternidad responsable puede obligar a una pareja casada a usar anticonceptivos artificiales instaurando el llamado «deber de anticoncepción» muy de acuerdo con los globalistas que defienden la despoblación mundial.

La debacle a la que se enfrenta la Iglesia es descomunal y la división no hace más que crecer y asentarse. Francisco quiere un nueva iglesia que no tiene nada que ver con la que fundó Jesucristo porque acepta las herejías del relativismo histórico, la teoría de la verdad consensuada, y la ética de la situación, apoya el suicidio de la identidad cristiana movilizando constantemente la invasión musulmana a Europa o teorías politizadas sobre el cambio climático que hace que su oficio degenere en el de un funcionario estatal.

Francisco arrastrará consigo a muchos católicos incautos, quizá a la mayoría, ignorante de lo que sucede tras los bastidores y que ciertamente está programado para terminar con la Iglesia de Jesucristo, el único instrumento que Dios vino a traernos para obtener la salvación eterna de nuestras almas, sustituyéndola por otra, en connivencia con el mundo y aceptando toda acción pecaminosa, especialmente las que se refieren al sexto mandamiento. Se decía que la Iglesia estaba obsesionada con el sexo, cuando defendía la belleza del amor humano, ahora que ha pervertido su sentido, puede decirse que quien la dirige sí tiene esta fijación obsesiva, pero para mal dirigir a sus fieles a la perdición eterna.

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