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Cartas al director

 

12/03/2018

LA COMUNICACIÓN

Opinar por opinar

Pablo Mena // Estudiante

Existe una tendencia no generalizada, pero sí dominante entre las voces más escuchadas a nivel micro y macrosociológico, a expresar opinión por absolutamente cualquier asunto susceptible de generar un ápice de discrepancia.

Los pronunciamientos de estos sujetos van acompañados de mantras ligados a la supuesta necesidad de mojarse como cualidad inherente de quien es honesto. ¿Qué clase de cínico es capaz de relacionar la honestidad con la superioridad moral como algo consustancial? La RAE define opinión como «juicio o valoración que se forma una persona respecto de algo o de alguien», entendiendo juicio como «facultad por la que el ser humano puede distinguir el bien del mal y lo verdadero de lo falso».

Por tanto, exigir opinión indiscriminadamente es dar por sentado que cualquiera posee los conocimientos y los recursos para discernir, en todos los asuntos, lo que es válido de lo que no lo es. Sin embargo, la honestidad es precisamente lo contrario. Honestidad es asumir la ignorancia propia y limitarse a opinar de aquello de lo que se tiene conocimiento, necesario para empoderarse del fundamento que debe nutrir las opiniones. Si tras el posicionamiento ideológico no hay un proceso dubitativo que mantenga su vigencia, se limita a ser una mera convicción, que es el principio intrínseco de la ineptitud para pensar. En definitiva, es mucho más coherente mantenerse en el papel de espectador en las cuestiones que no se tiene dominio en lugar de tomar partido, por la simple necesidad de sentirse protagonista.

LA MUERTE DE GABRIEL

Adiós, ‘Pescaíto’

Jon García Rodríguez // Bilbao

Cuando rezo lo hago en latín, pero cuando se producen hechos tan horribles como el de ayer, me pregunto para qué me molesto.

Están consiguiendo que pierda mi fe el demonio que muchos llevan dentro. De verdad que pensaba que a este pobre querubín, llamado Gabriel –de carita de pan dulce y de sonrisa de bueno– lo íbamos a encontrar con vida.

Pero el vaso que sujetaba mi mano se soltó y se estrelló contra el suelo. Sucedió justo en el momento en que escuché la noticia de que la Guardia Civil había hallado el cadáver de Gabriel Cruz en un maletero.

¡Maldita sea! –exclamé– ¡Pero, por qué? Ya en su día, cuando la pareja del padre, Ana Julia, encontró la camiseta del niño, tuve sobre ella un mal presentimiento.

Una sensación de mal fario que se ha confirmado cuando han descubierto el cuerpo inerte del crío en su maletero.

Pobres padres. El amargo destino les ha traído una desgracia imposible de llevar. Pobre niño. Sit tibi terra levis, ‘Pescaíto’. Te vamos a echar mucho de menos.