+
Accede a tu cuenta

 

O accede con tus datos de Usuario de El Periódico Extremadura:

Recordarme

Puedes recuperar tu contraseña o registrarte

 
 
   
 
 

Collioure, ante la tumba de Machado

Al viajero le embarga una intensa emoción, un dolorido sentir que se acrecienta al llegar a Collioure

 

FLORENTINO Rodríguez
31/12/2011

Vamos a ver el mar (A. MACHADO )

En uno de los sonetos de Los sueños dialogados Antonio Machado reafirmaba una vez más la convicción de que, durante un periodo inolvidable de su vida, la austera tierra soriana y Leonor ocuparon en su corazón el lugar de la Andalucía natal; reiteraba asimismo la evocación de la esposa amada mediante la simbólica alusión al cementerio de Soria, El Espino, donde ella está enterrada:

Mi corazón está donde ha nacido/ no a la vida, al amor, cerca del Duero-/ ¡El muro blanco y el ciprés erguido!

Antes, en el excelente broche del 'Retrato' nos había dejado una estremecedora profecía:

Y cuando llegue el día del último viaje,/ y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,/ me encontraréis a bordo ligero de equipaje,/ casi desnudo, como los hijos de la mar.

Reproducidos en unos azulejos, estos alejandrinos aparecen estampados sin mucho esmero sobre la losa que cubre sus restos en el cementerio de Collioure, pueblecito marinero donde el poeta bueno murió, exiliado, el 22 de febrero de 1939.

La primera noticia de Antonio Machado me llegó en la adolescencia tarda y prolongada cuando cursaba el bachillerato en las riberas del Jerte. Don Armando González Colao, admirado e inolvidable maestro, nos recitaba poemas de quien consideraba uno de nuestros más grandes escritores. Desde entonces, el contacto con Machado ha sido permanente y bien puedo parafrasear al sevillano de torpe aliño indumentario reconociendo que entre los poetas míos, Machado tiene un altar.

XA UNA EDADx un tanto provecta y cuando se sienten cada vez más cercanas las acechanzas de las provincias del frío, he podido conocer territorios y lugares de la geografía patria y de zonas extranjeras aledañas que han alcanzado una especial relevancia en el imaginario colectivo y en el mío personal. Tierras catalanas y francesas del Rosellón en los dominios del diamantino Canigó, que emerge entre las nieblas como un montón de plata derramado desde el cielo. Así lo describe Lluis Ferran de Pol en su diario cuando en los primeros meses de 1939 cientos de miles de españoles, perdedores de una guerra fratricida, hubieron de soportar calamidades sin fin hacinados en inmensos e inhóspitos arenales convertidos en campos de concentración. He leído desde el autobús nombres de los entonces escenarios de la derrota (les Barcarés, Argelés sur Mer, Saint Cyprien, etcétera) con los que desde hace unos años estoy familiarizado al ocuparme de la biografía del extremeño Agustín Mateos Muñoz , catedrático de Filosofía transterrado a México.

Por aquellos lugares al viajero le embarga una intensa emoción, un dolorido sentir que se acrecienta al llegar a Collioure y sobre todo con la visita al cementerio local. Acercarme a este emblemático y bello pueblo pesquero implicaba culminar un peregrinaje iniciado en Soria bastantes años atrás, al regreso de una acampada familiar por tierras norteñas. En aquella ocasión subí al alto Espino donde está su tierra, es decir, al cementerio donde yace en eterna juventud Leonor Izquierdo.

En las riberas del Duero expresé mi compromiso de honrar al autor de Campos de Castilla en la tierra extranjera que lo acogió junto al mar, cuando a ella había llegado vencido por una de las dos Españas que, sin duda, hubo de helarle el corazón. Hace un par de semanas he visitado su tumba en el camposanto de Collioure, muy cerca de la casa donde falleció: el hotelito-pensión de madame Bugnol-Quintana . Mi corazón lleva grabadas las emociones de la visita en versos que sueñan los caminos.

Al regreso, las evocaciones acrecentaron la melancolía a la vista de la estación de Cerbère o de Port Bou, el puesto fronterizo por donde el inclemente invierno de 1939 desangraba torrencialmente la savia de España. Atrás iba alejándose Collioure, en tanto que afloraban a la memoria las palabras de Antonio a su hermano José , poco antes de morir, en una de las dos salidas que realizó desde la pensión hasta el puerto del pueblo: "Quién pudiera vivir ahí (decía mirando las casitas de pescadores) tras una de esas ventanas, libre ya de toda preocupación".

De nuevo la profecía cumplida. En aquel bello rincón costero admirado por los artistas, lugar de turismo y peregrinación al mismo tiempo, descansa el poeta para siempre. Allí yacen sus restos, al nivel del mar. Poco importa si es en tierra extranjera. La universalidad de su inmensa figura la hace también tierra nuestra, tierra española. Como la que Antonio Machado entregó a madame Quintana en un pequeño joyero de madera, pidiéndole que lo amortajara con ella si acaso moría en Collioure-