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Tribuna abierta

La moral no viene de los monos

Resulta imposible sustituir la educación ética por psicofármacos o por neurocirugía

Víctor Bermúdez Víctor Bermúdez
26/01/2017

 

Cada dos por tres aparece en los periódicos la penúltima investigación sobre la naturaleza natural de la moral. Unas veces es el cerebro la clave para desentrañar los problemas éticos. Y otras es la conducta animal, de la que –según nos dicen-– la moral humana sería una simple prolongación. Son dos formas clamorosas de reduccionismo falaz, pero gustan mucho al público, especialmente al que se cree más descreído (pero muestra una fe bastante crédula en la ciencia).

Desvelar la falacia de las hipótesis sobre la naturaleza cerebral de las acciones o creencias morales es fácil. Cuando los neurólogos registran la actividad del cerebro relacionada con el juicio o la conducta moral tienen ya resuelto todo lo interesante al respecto. Simplemente parten de lo que ellos, o una muestra significativa de personas, estima que es bueno o justo, lo asocian con la actividad cerebral concomitante, y obtienen conclusiones. Pero no tratan (ni podrían tratar, de hecho) el problema de si esa estimación previa acerca de lo que es bueno es o no la correcta. La ciencia puede describir lo que pasa en tu cerebro cuando valoras, pero no prescribir valores. La confusión entre ambas cosas es falaz. Los valores no son cosa del cerebro. La moral no es un asunto neurológico.

Algo análogo ocurre con los que sostienen que la moral es un fenómeno fundamentalmente biológico, y que ciertas conductas observables en animales como los primates (cooperación, altruismo, respeto a la jerarquía, etc.) son el origen de la conducta moral humana, que seria lo mismo pero de forma más compleja y con gran aparato ideológico (religioso, filosófico...). Para estos «naturalistas éticos», la moral quedaría reducida a una suma de hechos socio-biológicos seleccionados por la evolución y sublimados, luego, por la cultura.

Este reduccionismo es tan insostenible como el anterior. Aquí también el investigador da por válida una cierta concepción general de lo que es una conducta moralmente valiosa y busca observarla, luego, en los monos. Dos mil quinientos años de discusión filosófica acerca de lo que significa «ser bueno» o «justo» parece que le traen sin cuidado.

Pero seamos generosos y supongamos que nuestro científico ha resuelto –¡al fin!– los engorrosos problemas de la ética, y que puede ya concluir que, según sus observaciones, lo que él o la gente estima como «comportamiento moral» no es más que un tipo de conducta socio-biológica compleja (ni libre ni guiada por valores, por tanto). ¿No podríamos preguntarle entonces por la «conveniencia» de publicitar su teoría? ¿O por el «valor» (social, científico...) que otorga a los resultados de su trabajo? ¿No podríamos, incluso, preguntarle cómo está tan seguro de la «verdad» de su propuesta?

Todas las preguntas anteriores no podrían plantearse (ni contestarse) sin presuponer criterios prescriptivos o normativos que trascienden la propia descripción teórica. Y así tiene lógicamente que ser. De entrada porque no hay una buena descripción de hechos sin una previa prescripción normativa acerca de lo que deba ser una «buena descripción», e incluso de lo que deba ser un «hecho». Lo normativo, en fin, y entre ello lo moral, siempre queda fuera de cualquier teoría que pretenda reducirlo a mera descripción fenoménica.

No vamos a abrumar al primatólogo con más problemas. Entre otros con el de que no toda moral es asociable (ni mucho menos) a la pervivencia del grupo social y, si me apuran, ni siquiera a la de la especie. «¡Hágase justicia aunque se hunda el mundo (y toda mi especie con él)!». Esta proposición es el arquetipo de creencia moral para muchos. Y no parece que sea muy adaptativa en ningún sentido posible.

Una conclusión de todo esto es que resulta imposible sustituir la educación ética por psicofármacos (o por neurocirugía), o por una reflexión frente a la jaula de los primates. Además, esta imposibilidad es lógica, no fáctica. Por lo que es insuperable, y tan inmortal como lo son los dioses. Pero creo que insinuar la necesidad racional de lo trascendente como condición de la moral es más de lo que podría soportar un primatólogo materialista. Lo dejamos, pues, para otra ocasión.

*Profesor de Filosofía.