El observador irreverente

Vivir entre paréntesis

MARCELINO Cardalliaguet Quirant 23/05/2013

España es uno de esos afortunados países en los que es más fácil hacerse famoso entre la gente; salir con frecuencia en TV o en los periódicos y ser perseguido día y noche por los "papparacci", armados de cámaras, micrófonos y cuadernos de notas en los que plasmar vidas y milagros de estos iconos de veneración popular. No es necesario ser un científico destacado, ni médico o cirujano, ni escritor o artista de bonitas obras y publicaciones; ni siquiera es necesario haber estudiado nada ni poseer un nivel intelectual medianejo.

Basta con saber chutar un balón para acertar con la portería contraria; encestar con cierta habilidad desde los seis metros; pedalear con entusiasmo por caminos y carreteras previamente señaladas; cantar con alguna gracia canciones ruidosas, monocordes e insulsas o desfilar por las "pasarelas" contorneando mucho los cuerpos esqueléticos, a base de cruzar los pies en cada paso. Si, además, participas en ciertos programas de opinión o de "relumbrón" y sueltas algunos "tacos" sonoros y extemporáneos u opiniones absurdas, tu fama puede pasar con mucho la de los dirigentes más encopetados.

LOS MERITOS exigidos son bien pocos; y cuando se entrevista a estas "figuras" ante las pantallas o en las ruedas de prensa, sus respuestas suelen ser algo incoherentes y vulgares; pues a la gente de a pié les encanta que sus ídolos se parezcan a ellos. En este aspecto, los entrenadores de algunos equipos de futbol se llevan la palma por sus explicaciones sin fundamento --tanto de las derrotas como de las victorias de su club-- su estudiada teatralidad y, sobre todo, por su acento sudamericano, de eses aspiradas y acentos mal situados.

El llegar a esta situación de espectáculo social tiene sus ventajas y altas retribuciones. España también es uno de esos pintorescos países en los que se paga mucho más a un futbolista famoso que a un investigador estudioso y entregado a alguna rama del saber. Y se ganan muchos más puntos y millones dando raquetazos a una bola de goma que salta y bota a uno y otro lado de la red, que descubriendo nuevos fármacos y remedios para enfermedades graves.

Incluso es muy probable que esta última actividad de investigador o de trasmisor de conocimientos a los futuros médicos, ingenieros, arquitectos o juristas se vea interrumpida o menos apreciada por "recortes" en el presupuesto universitario, al considerar a la investigación gastos superfluos e innecesarios.

Pero para ser justos y reconocer los "méritos" de cada cual, hay que resaltar también los sacrificios que impone el ser famoso, contar con la admiración popular y ganar mucho más dinero que cualquier ciudadano que trabaje honradamente en alguna profesión productiva. Los famosos --querámoslo o no-- tienen que vivir "entre paréntesis"; sin la libertad de las otras gentes normales. Siempre perseguidos por los "papparacci"; que son unos seres extraños, dedicados en cuerpo y alma a la información, a los que les ha crecido una cámara de fotos o de filmación en un hombro, y deben perseguir constantemente a todos los que puedan ser coprotagonistas de telediarios, de reportajes o de revistas del corazón.

Tampoco pueden residir --como cualquier ciudadano-- en los barrios céntricos de las ciudades; pues, como ya les está pasando a varios de ellos, estarán constantemente sitiados en sus domicilios, abordados al salir a la calle e, incluso, asaltados por los mismos que les han convertido en "famosos" y ahora quieren aprovecharlos para aumentar las ventas de sus empresas de difusión social.

También, las exageradas retribuciones que perciben por sus actuaciones, conciertos, bailes, partidos, entrevistas o despropósitos, les causan trastornos e inconvenientes. Constantemente vigilados por los inspectores de Hacienda, rodeados de guardaespaldas, incluso en sus paseos y excursiones; necesidad perentoria de invertir sus enormes depósitos o sacarlos del país a "paraísos fiscales", para eludir abultados impuestos; o simplemente para "blanquear" con algún detergente extranjero lo que aquí está inevitablemente manchado de cierta podredumbre cenagosa.

Vivir así, en estas condiciones, no es ciertamente agradable; aunque en las fotos de estudio, para periódicos y revistas, salgan siempre los famosos sonrientes y satisfechos.

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