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Puntá sin hilo

¿Y usted a quién odia?

 

Puede que no hayan oído hablar de “Black Mirror”, una serie de ficción que hace las delicias de medio mundo, sobre todo de los jóvenes. Se trata de un acercamiento adictivo a la tecnología que tanto define nuestro momento. Y lo hace desde una visión crítica, es más, hay quien la tacha de tecnófoba.

Uno de sus últimos capítulos, llamado “Odio Nacional”, plantea un interesante debate sobre el poder que pueden tener las redes sociales. Se centra en Twitter y aborda su capacidad de matar a personas a golpe de hashtag (palabras que se usan en esta red social precedidas del símbolo de la almohadilla y que sirven para seguir los comentarios sobre un tema). En concreto, el hashtag es #MuerteA, y siempre va seguido del nombre de una persona. No se sabe quién lo lanzó ni quién es el responsable, pero son mucho los que deciden usarlo.

Lo cierto es que la serie, por momentos, resulta provocadoramente inspiradora. Seduce su forma de mostrar lados oscuro del ser humano, esas profundidades que nos avergüenzan y que escondemos. Como lo que seríamos capaces de hacer por odio. Lo que, de hecho, hacemos. El Ministerio del Interior muestra que en 2015 se dieron 1.328 incidentes relacionados con delitos de odio en nuestro país, un 3,3% más que el año anterior. Colectivos como Movimiento contra la Intolerancia aumentan la cifra hasta los 4.000. Hay, en cambio, un consenso en que son pocas las víctimas que denuncian, un 20% aproximadamente. ¿Saben que la discapacidad es el tercer motivo de estos delitos de odio en España? Agredidos sólo por serlo.

El odio no es nuevo y su gran víctima es la diversidad. Esa persona distinta, que, por cualquier motivo, no nos gusta. Y así se multiplican los casos de bullying a chicos con perfil similar, las agresiones en plena calle a personas gays, el acoso y los insultos racistas y xenófobos...

Resulta paradojamente hiriente que en un mundo cada vez más globalizado nos cueste tanto abrazar la diferencia. La que nos define y enriquece, la que da sabor al mundo. Y pareciera que en vez de ampliar la tolerancia al otro (por mucho que ese otro no nos guste) lo que estamos ampliando es nuestra tolerancia a que se dañe al diferente. Y así continúa un cínico proceso de abandono a los colectivos sensibles. Y no, no vale mirar para otro lado. Hay que actuar, condenar. Tampoco vale culpar a los instrumentos: el responsable no es la tecnología, como podría implicar esa serie de la que les hablaba al principio, ni tampoco lo son las redes sociales. Los únicos capaces de crear y permitir el odio somos nosotros.

* Periodista