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Entrevista

Josep María Pou: «Se necesitaría no solo de algún Cicerón, sino de muchos como él»

 

Josep María Pou, que representa estos días en Mérida la obra ‘Viejo amigo Cicerón’. - JERO MORALES / EFE

JERO DÍAZ GALÁN (EFE)
07/07/2019

El actor Josep María Pou cree que el hombre actual está más conectado que nunca, pero también está «más solo que nunca», por lo que necesita el «consuelo y la compañía» que aporta el teatro. Pou considera que en el mundo de hoy también es muy necesaria la invitación a reflexionar que hacen obras como Viejo amigo Cicerón, que él representa hasta hoy en el Festival de Teatro Clásico de Mérida, porque «estamos más agobiados y más presionados que nunca con noticias que llegan continuamente, más allá de que sean o no falsas». Por ello, a su juicio, «hace falta un lugar donde concentrarse, pensar, dejarse llevar la cabeza y el espíritu de otras cosas y poder reflexionar sobre ellas».

En Viejo amigo Cicerón, el actor catalán se mete en la piel del jurista, orador, político y pensador, muerto en el 43 aC por defender los valores de la democracia cuando su amigo Julio César quería abolir la legalidad republicana para construir el gran imperio romano.

Para Josep María Pou, la política española, y también la mundial, «necesitarían no solo de algún Cicerón», sino de muchos personajes como él o como Sócrates». En ese sentido, dice echar en falta «un mayor compromiso de los grandes pensadores, de los grandes intelectuales», cuando «estamos desayunándonos cada día con montones de noticias de algunos impresentables de la política mundial que están gobernando más a golpe de tuit que a golpe de pensamiento».

Pou (Mollet del Vallés, Barcelona, 1944) ha vuelto a Mérida nuevamente este verano bajo la dirección de Mario Gas y agradece ser considerado ya aquí «un clásico entre los clásicos», pues representó por primera vez en el Teatro Romano en 1971 y desde entonces ha repetido en la cita emeritense en más de una decena de ediciones.

«Venir a Mérida es siempre una experiencia que cualquier actor debe hacer, porque es reencontrarse con el origen de su oficio y alimentarse, no solo de la fuerza que emanan sus piedras, sino también del público que llena el Teatro Romano», un público que, a su juicio, no solo se sienta donde lo hicieron sus antepasados hace más de 2.000 años, sino que se ve movido por «las mismas emociones».

Reconoce que a lo largo de sus cincuenta años de carrera han llegado a él muchos y muy buenos personajes, como este Cicerón, como el Sócrates que estrenó en Mérida en 2015, el rey Lear, el capitán Ahab de Moby Dick o el personaje de La cabra o ¿quién es Sylvia, la obra que protagonizó y que supuso su debut como director. Admite, no obstante, que hubiera dado su vida por poder interpretar a Willy Loman en La muerte de un viajante, al profesor Higgins en Pigmalión o a Cyrano de Bergerac, «tres personajes que desde que yo tenía 20 años, cuando empezaba en esto, soñé que algún día podía interpretar», un sueño que no ha cumplido pues, cuando llegó la posibilidad de que él mismo generara espectáculos, «ya era excesivamente mayor para esos personajes».

A pesar de que tiene 75 años y de que ha empezado a pensar que ya va siendo hora de jubilarse, Josep María Pou dice que siempre le gusta pensar que «en este momento hay algún autor español o de fuera que está escribiendo una obra que desconocemos y que a lo mejor dentro de seis meses o un año me llega a mí y, mira por donde, es el mejor papel que he podido interpretar en mi vida».

«Hasta ahora yo he ido por el mundo como si tuviera 18 años, pendiente siempre de nuevas cosas, interesándome de montones de cosas al mismo tiempo y viendo un largo futuro por delante», relata Pou, quien admite que de repente, «porque ha sido de repente», se ha dado cuenta de que «hay una ley inexorable que dice que estás entrando ya en una etapa en la que te quedan pocos años de vida».

«Entonces —añade— he llegado a la conclusión de que después de 50 años dedicados al teatro, al público, dedicados a mí también, pero sobre todo al oficio, pues merezco quizás dedicarme los que me queden, que espero que sigan siendo bastantes, única y exclusivamente a mí».

Sueña, según reconoce, con un «dolce far niente» (un dulce no hacer nada) que no será así, «porque tengo en casa muchos libros que leer, mucha música que escuchar, muchas películas que ver y mucha gente con la que hablar y a la que querer».

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