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Análisis

El fin de un espejismo

 

El fin de un espejismo -

Albert Sáez
12/11/2019

¿Qué ha pasado en la derecha? Ha mejorado en escaños y, sobre todo, se ha reorganizado. Aparentemente, a favor del Partido Popular. Pero lo cierto es que la fragmentación ha llegado en la derecha más tarde que en la izquierda y ha dejado en peor lugar a los populares. Lo fácil es pensar que todo es el resultado del desafío independentista y de los desórdenes de las últimas semanas en las calles de Barcelona. Tiene que ver, pero no lo explica todo. El porcentaje de Vox en Cataluña es la mitad que en el conjunto de España. De manera que, si fuera una mera reacción al independentismo, sería un fenómeno más intenso, por ejemplo, en la ciudad condal, donde su porcentaje de voto representa una tercera parte de la media española. Vox irrumpió en las elecciones andaluzas. Año y medio después del 1 de octubre catalán. Y en un contexto de estallido de la corrupción en los partidos tradicionales que Ciudadanos no había desalojado del poder, ni en Sevilla ni en Madrid. Lo sorprendente no fue su entrada en el Parlamento andaluz, sino que los de Casado y los de Rivera aceptaran sus votos para echar a Susana Díaz. Ese día le abrieron de par en par las puertas de la democracia a pesar de su ideario iliberal. Y desde entonces no han hecho otra cosa que crecer.

¿Cómo fue posible que el PP y Ciudadanos pactaran de forma tan natural con Vox? La formación de Abascal no deja de ser una escisión de los populares, cosa que a menudo olvidamos. Y condición poco frecuente en la extrema derecha en el resto de Europa. Los votos de Vox no son nuevos, son recuperados de la abstención, pero habían sido del PP desde la transición. El espejismo acabó. Durante años, el aparato de Génova alimentó el discurso que hace hoy la extrema derecha. El propio Abascal tuvo cargo en la administración de Esperanza Aguirre. Muchos de los diputados elegidos el domingo provienen, por ejemplo, de la Asociación de Víctimas del Terrorismo que fue uno de los arietes de la oposición en la calle a Zapatero. El humus de Vox nace de la pérdida de complejos de los hijos y los nietos del franquismo sociológico animados por el discurso de la FAES en tiempos de Aznar con su teoría de que el golpe de Estado no tuvo lugar en 1936 de parte de la derecha sino en 1934 de parte de la izquierda y los separatistas. Sobre ese humus, las semillas de Intereconomía (El gato al agua) o Libertad Digital crecieron a la sombra de Mariano Rajoy, al que muy pronto bautizaron como «maricomplejines», lo que ahora Abascal llama la «derechita cobarde» que no combate, por ejemplo, la ideología de género, uno de esos hechos alternativos con los que el trumpismo hispánico ataca los derechos de las mujeres. Ciudadanos también se alimentó en ese microcosmos para dar el salto de Cataluña al conjunto de España. Los Rivera y los Girauta fueron en su día estrellas de ese firmamento. Y ahí captaron a sus votantes como se ha visto.

Tachar a Vox de fascismo o de franquismo es el principal error de los demócratas porque ese tipo de ataque cohesiona a su electorado, como lo hacen el machismo y el antiindependentismo. A partir de ahora, la respuesta debe ser más compleja y la debe encabezar el PP con el coste añadido.