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lA ENCRUCIJADA CATALANA

El otro juicio del ‘procés’

La batalla entre los socios del ‘Govern’ incluirá el relato de lo sucedido y del futuro. La sentencia del Supremo revelará la magnitud del cisma en el independentismo

 

Oriol Junqueras y Carles Puigdemont, durante una reunión del Consejo Ejecutivo del ‘Govern’ de la Generalitat, en septiembre del 2017. - ARCHIVO / FERRAN SENDRA

FIDEL MASREAL / XABI BARRENASClB
10/02/2019

Las discrepancias públicas entre los actores políticos y sociales del independentismo son solo la punta del iceberg del cisma existente entre ellos. La sentencia del 1-O dará paso a una batalla todavía más descarnada que la actual. Batalla que pasa, de entrada, por una constatación políticamente muy incorrecta que se explica en privado: «Ni Carles Puigdemont ni Oriol Junqueras querían la DUI». La guerra comenzará en las versiones de lo sucedido entre el 1 y el 27 de octubre del 2017. Y continuará en una serie de batallas para lograr imponer el relato, la estrategia y la hegemonía. Destrozando al rival si es necesario, por mucho que este se proclame tan independentista como el que más.

Los moderados en la posconvergencia insistieron en pedirle a Puigdemont que proclamara la independencia y, de inmediato, convocara elecciones plebiscitarias para lograr la mayoría social que el 1-O no había reflejado. El expresident intentó negociar y, de hecho, negoció con el Estado. Y alega que fue Mariano Rajoy quien le falló. Rajoy... y en el flanco interno, ERC y parte de la posconvergencia.

Actores sociales soberanistas implicados sostienen que tampoco Junqueras quería la DUI, pero que presionaba a Puigdemont para que proclamara la independencia pensando que no lo haría, y que los republicanos recogerían los frutos en las urnas porque Convergència, ahora PDECat, nuevamente no se habría atrevido a dar el paso. ERC, por su parte, reprochó y reprocha a Puigdemont que proclamara la independencia... y se marchara a Bruselas con algunos consejeros.

huir o no huir / Esto que parece parte ya del pasado rebrotará tras la sentencia del 1-O con todavía más fuerza y con mucho más detalle. No habrá conclusiones inequívocas, dado que si Junqueras alega que quedarse era lo más honorable, habría que preguntarle qué opina de la decisión de su número dos, Marta Rovira, de huir a Suiza.

Al mismo tiempo, a Puigdemont se le podrá preguntar por qué no logró que todos creyeran en su plan de huida a Bélgica, incluidos algunos de sus propios compañeros y compañeras de partido. Compañeros que siguen creyendo que Puigdemont no dio la talla, porque le falta cuajo político y tiene posiciones cambiantes. Otros defienden una tercera vía, que pasaba por no convocar elecciones ni proclamar la independencia, sino mantener el pulso al Estado.

La batalla en el seno de los partidos será total. Salvo en ERC, donde parece que hay calma, si bien un consejo nacional republicano de la pasada primavera vio cómo las bases forzaban la inclusión de la vía unilateral frente a un documento de la dirección mucho más pactista.

En el PDECat la guerra sí será total tras las municipales. La confección de listas ya está mostrando vetos y amenazas entre el sector puigdemontista y los partidarios de la convergencia de centroderecha soberanista de siempre. La guerra no se destapa para no perjudicar los intereses electorales de alcaldes y alcaldables, pero el menosprecio político y personal entre los principales actores de este espacio es absoluto. Y entre los puigdemontistas, la ofensiva incluye también ataques a Esquerra, a la que desean ver derrotada, finiquitada. Desaparecida.

La guerra es una guerra por el poder. Pero también se reviste de conflicto estratégico. Puigdemont no descarta volver si es investido, rodeado de decenas de eurodiputados, políticos, ciudadanos y cobertura mediática. Se guarda muchas cartas en la manga. Se muerde la lengua, de momento. Maniobra para colocar a figuras externas a la política en el espacio de la Crida y del PDECat.

Mientras, Junqueras marca el paso. Se avanzó a la posconvergencia anunciando su candidatura a las europeas, y se avanzó también a Puigdemont situando a Ernest Maragall como alcaldable por Barcelona. Y apuesta por una estrategia que muchos convergentes de peso creen adecuada: la de un crecimiento progresivo del independentismo, convirtiendo las elecciones en plebiscitos, manteniendo el pulso pero sin forzar la ruptura hasta disponer de esa amplia mayoría social.

Los partidarios de forzar un nuevo choque con el Estado citan precedentes de hechos inesperados que generaron movilización. En este sentido, van alentando posibles espoletas: la investidura de Puigdemont o una movilización permanente en las calles. Algo que algunos de los fugados al extranjero animan a hacer –invocando que hacen falta sacrificios como los que ellos han hecho– y que, en cambio, desaconsejan vehementemente los moderados de la posconvergencia.

guerra abierta / Los dispuestos a dar la batalla alegan que no existen más que dos opciones: rendición o república. Y desconfían del todo de las promesas del PSOE de abrir un proceso negociado. Pero los posconvergentes moderados responden con una frase: la única que pondrá toda esta estrategia en su sitio es la realidad. La que denuncia cada día la ANC y que no es otra que la siguiente evidencia: desde las últimas elecciones, el secesionismo no ha hecho un solo acto de ilegalidad, desobediencia o desacato. Ni el Parlament ha investido a Puigdemont a distancia, ni los diputados suspendidos han mantenido su escaño, ni se han vuelto a aprobar tal cual las leyes suspendidas, ni se ha restituido a los consellers destituidos.

Una guerra que será abierta, política, cívica y social, y que probablemente tendrá un único árbitro: el voto ciudadano.

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