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TYLER & CAMERON WINKLEVOSS

Dos tontos muy listos

 

Tyler y Cameron Winklevoss, en la gala de los corresponsales de la Casa Blanca en el Hotel Hilton de Washington. -

Tyler y Cameron Winklevoss, en la gala de los corresponsales de la Casa Blanca en el Hotel Hilton de Washington. -

POR JUAN FERNÁNDEZ
17/12/2017

Todo milagro empresarial que se precie necesita tener su héroe, su relato épico y su pagano. En el caso de Facebook, la mayor multinacional nacida en este siglo, el héroe es sin duda su fundador, Mark Zuckerberg, la épica la aportan sus cifras –una comunidad de casi 2.000 millones de usuarios valorada en 500.000 millones de dólares– y el papel de tonto útil no lo ocupa una persona sino dos: los hermanos gemelos Tyler y Cameron Winklevoss, que serán siempre recordados como la pareja de emprendedores a quienes Zuckerberg birló la idea para crear la mayor red social del planeta dejándoles con un palmo de narices.

Pero la historia de los gigantes tecnológicos se asemeja a veces a un culebrón donde caben las sorpresas inesperadas, y el caso de los Winklevoss ha aportado recientemente un giro de guion que tiene ecos de venganza.

Que estos atractivos hermanos son los tontos necesarios en la historia de Facebook lo prueba la impronta que dejaron sus personajes en La red social, la película que contó cómo fue la gestación de la compañía. Armie Hammer, el actor encargado de dar vida a ambos, los mostró como una pareja de bobos pijos de Harvard tan encantados de escrutarse los pectorales en el espejo como descolocados y furiosos al comprobar que aquel universitario con cara de simplón que contrataron por 300 dólares para que les escribiera el código de HarvardConnection, la web con la que querían comunicar a los estudiantes del campus, había convertido su proyecto en otra red registrada a su nombre que se extendía como la pólvora por todo el país.

Acuerdo

La disputa se dirimió en los tribunales en el 2011 y se saldó con un acuerdo compensatorio de 65 millones de dólares, que si bien no era moco de pavo apenas superaba la mitad de los 100 millones que los hermanos ofendidos le habían reclamado al pillo de Zuckerberg y suponía una miseria comparada con la fortuna que por entonces ya amasaba el patrón de Facebook.

La siguiente escena trascendental en la vida de los Winklevoss tiene lugar en Ibiza en verano del 2012. Entre copas y sesiones de música electrónica, una noche conocen a un inversor que les habla del potencial de la moneda virtual bitcoin para convertirse en el dólar del futuro. A los gemelos, que a pesar del chasco de Facebook no han perdido el olfato para detectar minas de oro bajo la foresta, enseguida se les levanta la ceja y deciden invertir en bitcoins 11 de los 65 millones de dólares que le habían sacado a Zuckerberg en el juicio.

Los últimos cuatro años en la vida del bitcoin dibujan una montaña rusa con imparable tendencia ascendente, y aunque su cotización ha sufrido algún que otro pinchazo y muchos analistas desconfían de su solidez, su cotización se ha disparado hasta llegar a multiplicar por 1.100 la valoración que tenía en el 2013. Tirando de calculadora: los 90.000 bitcoins que los Winklevoss compraron tras recibir la epifanía ibicenca valen hoy 1.000 millones de dólares, lo que los eleva a la categoría de billionaire en la escala de la riqueza anglosajona. Chúpate esa, Zuckerberg, que no lo viste venir.

Selfis con famosos

No se sabe si los empresarios desayunan cada mañana en tazas de Mr. Wonderful decoradas con el lema Cuando una puerta se cierra, una ventana se abre, pero lo cierto es que su caso encarna una bonita historia de reinvención con toques de justicia poética. Entregados a la causa de la criptomoneda, en los últimos tiempos han creado una herramienta para intercambiar bitcoins, bautizada Gemini en honor a su paralelismo genético. Hijos de un doctor en matemáticas autor de ensayos sobre finanzas y evaluación de riesgos, parece que los chicos le han salido alumnos aventajados.

¿O no? Dependerá de la evolución que experimente el bitcoin. De momento, la vida de Tyler y Cameron, de 36 años y casi dos metros de estatura, recuerda a la de cualquier millonario caprichoso surgido del inagotable cofre de tesoros de Silicon Valley. Compraron sendos billetes para viajar en el transbordador espacial Virgin Galactic de Richard Branson y su Instagram está plagado de selfis en lugares exóticos y posados con famosos como Ricky Martin y Donatella Versace.

Probablemente, cuando se cansen de venderles las bondades de la criptomoneda, les hablarán de lo que sintieron en la final de remo de los Juegos Olímpicos de Pekín del 2008, donde representaron a su país. Quedaron sextos, pero en la carrera por ser los más ricos de la era digital se han propuesto ser los primeros.