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ecología sin fronteras

El viaje de Opala

 

Opala, en el momento de ser soltado en los campos del valle luso del Guadiana. - MARGARIDA FERNANDES

POR MICHELE CATANZARO / VERA NOVAIS (OBSERVADOR)
03/06/2018

Sobre las 14.30 del pasado 14 de marzo, Opala –una hembra de lince de un año criada en España– saltó fuera de su jaula y caminó sus primeros pasos en el mundo salvaje, en el parque natural del Valle del Guadiana, en Portugal. Tras dejarse ver durante medio minuto por los biólogos y los curiosos congregados, se refugió en un matorral. La joven lince debía necesitar algo de sosiego: había vivido siempre en el centro de cría de La Olivilla (Andalucía) y llevaba encima siete horas de viaje para alcanzar su destino.

«Fue fugaz, pero intenso [...]. Asistimos a un momento histórico», comenta Pedro Rocha, director del departamento de conservación de la naturaleza y de los bosques del Alentejo, la región donde se encuentra el parque. «Había mal tiempo pero ella se comportó de forma magnífica», coincide Miguel Simón, director del programa LIFE Iberlince, el proyecto europeo para la recuperación de la población histórica del lince ibérico.

La historia de Opala resume un caso ejemplar de cooperación internacional para la conservación: la reintroducción del lince en Portugal, a partir de la experiencia española. Este proyecto, iniciado en el 2011, acaba en diciembre de este año. Más de 20 organizaciones de los dos países han conseguido soltar 33 animales en Portugal, desde diciembre del 2014. Los animales reintroducidos ya han tenido 16 crías en el medio natural y solo cuatro de ellos han muerto (por envenenamiento, atropello, infección y causa desconocida).

Varias zonas de España

El mismo proyecto ha reintroducido la especie también en zonas de España donde había desaparecido –el valle de Matachel en Extremadura, el monte de Toledo y la Sierra Morena en Castilla La Mancha– más allá de las zonas de Andalucía (Doñana y Andújar) donde hace dos décadas quedaba la única población residual, y donde empezó su remontada. «Hemos recibido mucha información de España y hemos llevado a los propietarios [de las zonas de reintroducción] a conocer a sus homólogos españoles, para que entendieran el programa: ha sido fundamental», afirma Rocha.

La genealogía de Opala refleja ese esfuerzo. Su bisabuela Iguazú, una hembra de Doñana, dio luz a Esperanza. A esta no le fue bien y en el 2001 la rescataron medio muerta y la criaron con biberón en el zoo de Jerez. Allí, Esperanza engendró a Cynara, la madre de Opala, que también creció con humanos. No obstante, los integrantes del proyecto de reintroducción consiguieron volver a familiarizarla con los linces. Cynara desarrolló un instinto maternal impecable con sus 11 cachorros, nueve de los cuales viven hoy en entornos salvajes de la península ibérica. «Ningún lince mejor que Cynara representa los rápidos cambios que ha vivido el programa de conservación del lince ibérico, donde cada granito de arena, cada desvelo y cada ilusión, ha contribuido a conseguir que genes de Esperanza campen por toda la península», observa Simón

No es raro que los hermanos estén separados. «Cuando fundamos una población nuevamente, como en Portugal, intentamos empezar con diversidad genética alta: soltamos individuos diversos y no consanguíneos de los que ya están presentes», explica José Godoy, genetista de la Estación Biológica de Doñana. Para hacerlo, los investigadores maximizan las diferencias en 36 puntos en el ADN de sangre, heces y pelos de individuos cautivos y salvajes. Ahora, Godoy está trabajando en ampliar este conjunto de puntos.

Sin embargo, no es suficiente con tener la genética correcta. «Opala nació en marzo del 2017. En septiembre empezamos a prepararla: aprendió a cazar conejos en campos de 1.000 m2, se puso en contacto con otros linces a través de las mallas que los separan, y la asustamos con ruidos y movimientos para que desarrolle prevención hacia los humanos», explica Simón. Tan importante como la selección de los individuos a soltar, es la del sitio, y especialmente la colaboración de quienes viven allí. «El parque es una zona estupenda: con muchos conejos, otros linces establecidos y buena voluntad de los propietarios de los fincas», explica Rocha.

«Actitudes vergonzosas»

«Al principio [del programa] algunas organizaciones de cazadores tuvieron actitudes vergonzosas: hicieron charlas para convencer a la gente de que se opusiera. Hoy el sentimiento general es de satisfacción y orgullo por tener un animal tan emblemático», narra João Madeira, administrador de los terrenos donde hoy corre libre Opala.

Además de Opala, se van a soltar 30 linces en todas las áreas de reintroducción de la península ibérica. Como todos ellos, Opala se va a enfrentar a unos retos. La dinámica ecológica es idéntica a la de los territorios españoles, coinciden los expertos. Tras salir de su escondite, ya debe haber empezado a explorar su zona (los animales liberados están dotados de sensores de posición). «Tendrá que interactuar con los linces existentes para establecer territorio. Podría empezar a reproducirse ya en primavera», explicó Rocha en marzo. Solo tres linces de todos los soltados en la península se han tenido que retirar, porque no supieron hallar su espacio.

Sin embargo, el reto al cual se enfrentará es la interacción con los humanos. De los 185 linces liberados hasta finales del 2017, 58 murieron, informa Simón. Al margen de las enfermedades y de la muerte natural (un lince vive más de una docena de años), los principales obstáculos son los atropellos y, en menor medida, la caza y los envenenamientos.

Si conseguiera superar barreras y carreteras (quizás gracias a los pasos para linces soterrados debajo de la calzada que el programa pretende impulsar), Opala podría incluso volver a España. Al menos tres animales han hecho viajes de ida y vuelta, recorriendo distancias impresionantes. Uno se detectó cerca de Sevilla, luego en Vilanova de Milfontes, en Portugal, y finalmente cerca de Lisboa. «Con una conexión natural entre las distintas áreas de presencia, los principales problemas genéticos se podrían solucionar», reflexiona Simón.

«El balance global del proyecto es muy positivo: empezamos con menos de 100 linces en la comunidad andaluza y ahora tenemos 400 en toda la península», resume Miguel Simón. La baja mortalidad de Portugal es esperanzadora. «El proyecto ha ido mejor de lo que esperábamos», concluye Pedro Rocha.