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Matar las piedras

Las piedras de la Alcazaba habían cobrado vida para la ciudad como punto de encuentro

 

Mario Hernández
08/05/2016

TLta decisión del consorcio de la ciudad monumental de no autorizar el uso de la Alcazaba árabe como terraza de verano se convierte en un paso atrás en el aprovechamiento que, en los últimos años, se estaba haciendo del espacio monumental incluyéndolo en la vida de la ciudad.

Las piedras de la Alcazaba habían cobrado vida para la ciudad y se habían convertido en punto de encuentro en el verano emeritense siendo, además, un enclave extraordinario, junto al frescor del Guadiana, para pasar las calurosas noches de verano en un marco único e inigualable. Algo que pocas ciudades pueden ofrecer y que se convertía en un singular atractivo para propios y extraños. Y es que siempre es posible la convivencia de los espacios monumentales con el ocio de los ciudadanos. El consorcio, fiel valedor del patrimonio de todos los emeritenses, cierra una puerta a un enclave único y vuelve a asfixiar a las piedras convirtiéndolas en un recinto muerto, sólo abierto para la visita diurna en los tórridos meses estivales.

La excusa de los talleres de verano no implica la no utilización del monumento. Siempre existen unas reglas, unas normas que han de cumplirse para la perfecta convivencia entre los hombres y el patrimonio. La Alcazaba, un monumento que pasaba desapercibido a los emeritenses, estaba siendo redescubierto en las noches estivales y muchos, demasiados, se han encontrado en las noches de verano con la grandeza de este monumento.

Doctores tiene la iglesia pero la idea no consistía en convertir la Alcazaba en un 'chill out' cualquiera, sino en punto de inclusión de este con la ciudad. Quizá luego vengan los lamentos y los suspiros a deshora. Solo hay que ver cómo ha ganado el entorno del Arco de Trajano con la inclusión de la zona en el centro neurálgico de la tarde-noche emeritense. Matamos las piedras de la Alcazaba para enterrarlas en el olvido del estudio y la investigación y alejándolas de los emeritenses de a pie que, gracias a iniciativas como esta, comenzaban a disfrutar más de su patrimonio. Mucho me temo, que de seguir así, el próximo en morir, será el Templo de Diana, tiempo al tiempo.