+
Accede a tu cuenta

 

O accede con tus datos de Usuario El Periódico Extremadura:

Recordarme

Puedes recuperar tu contraseña o registrarte

 
 
   
 
 

Entre el techo y el suelo

 

Isabel Gil Rosiña (portavoz de la Junta de Extremadura)
10/03/2019

Muy poco se habla del concepto de suelo pegajoso. Esa superficie que adhiere como a una lapa a millones de mujeres en el mundo, que las atrapa y las coloca en una realidad de la que difícilmente pueden escapar a lo largo de su vida.

Les hablo de la situación laboral de la mayor parte de la mano de obra femenina. Empleo precarizado y de baja calidad que las destierra y confina a los puestos más desfavorecidos de la sociedad.

Son las protagonistas de la ocupación a tiempo parcial y la temporalidad, características del mercado laboral que se traducen en bajos salarios, escasa cotización y una elevada tasa de rotación de las trabajadoras, lo que afecta no solo al presente de la mujeres, sino también a su futuro.

Les hablo de trabajos concentrados en sectores de actividad y ocupaciones vinculadas a las tareas del hogar y la limpieza, los cuidados de las personas, la hostelería, la atención personal o la agricultura, sectores que se sitúan fuera o al límite del ciclo económico y que tienen como consecuencia la invisibilidad y la pobreza.

Empleos que aglutinan las peores condiciones laborales, ocupaciones feminizadas que muestran el lado más duro de la desigualdad y de la brecha salarial y que ahondan en el creciente empobrecimiento material de las mujeres, en el empeoramiento de sus condiciones de vida y en la vulneración de sus derechos. Todo esto se traduce en una feminización de la pobreza.

Es la parte sumergida de eso que se ha venido a llamar la economía del iceberg, una metáfora que explica que para que emerja la cara visible y monetizada de la economía de un territorio es absolutamente necesaria esa parte invisible y no monetizada que se ocupa de la vida diaria, de lo privado y de lo doméstico. Desde que nacemos, los seres humanos somos dependientes y necesitamos de cuidados. Sin el desempeño de esa tarea no remunerada de atención a los demás a la que, tradicionalmente, se ha relegado a las mujeres, es imposible que funcione el sistema.

En ese espacio en el que no se asciende, en el que no se lucha por ocupar puestos ejecutivos, de dirección o de gerencia, la desigualdad se hace aún más patente, invisible, oculta y olvidada, También para las propias mujeres que se sitúan al otro lado del iceberg, donde ellas luchan por romper sus propios techos de cristal.

Son las dos caras de una misma moneda, la desigualdad. Dos realidades que no deben, ni pueden ser antagónicas y que obligan a las mujeres a hacer causa común para hacerles frente. Desde ambas realidades, cada vez resulta más necesario que entre las unas y las otras se produzca una llamada a la sororidad.

La sororidad es una de las mejores armas para luchar juntas con el objetivo común de erradicar cualquier forma de discriminación, redoblando esfuerzos para alcanzar la igualdad real y efectiva que termine de una vez y para siempre con los suelos pegajosos y los techos de cristal.

En el mundo hay 3.712 millones de mujeres, el 49,5% de la población. Somos la mitad de la humanidad, una cifra más que suficiente para que nuestra aspiración de ser iguales a la otra mitad sea más que legitima, sobre todo, si consideramos que la consecución de esa igualdad haría progresar a todos, no solo a las mujeres.

Pienso en esas cifras desde mi supuesto lado visible del iceberg, mientras observo y escucho a Laura Manuela Sánchez que conversa con el presidente de la Junta de Extremadura en una recepción oficial.

Laura Manuela es extremeña, tiene 27 años y es fotógrafa y diseñadora de moda. El año pasado ganó el Premio Nacional de Moda para Jóvenes Diseñadores. Habla con una rotundidad y una seguridad que emocionan. Hay algo profundamente esperanzador en esta nueva generación de mujeres. Algo que está entre el suelo y el techo y que las sitúa, de una buena vez, solo en el lugar en el que ellas quieren estar, algo que es el resultado del esfuerzo de tantas generaciones anteriores de mujeres que han luchado y siguen luchando para romper esas barreras.

Observo y escucho a Laura Manuela y no encuentro rastro ni de suelos pegajosos ni de techos de cristal. Sólo 3.712 millones de razones para seguir luchando.