TMte contaba José M Carrascal , que hace muchísimos años, cuando llegó a Nueva York, lo primero que le preocupó, nada más encontrar un apartamento, fue contratar un teléfono. Venía de una España en la que solicitabas una línea y podían tardar entre cuatro y ocho meses en concedértela, y se angustiaba de pensar que tendría que enviar las crónicas desde algún teléfono público. Cuando le dieron el teléfono de una de las compañías y realizó la llamada por la mañana, le preguntaron de qué color quería el aparato, y si podían pasar a última hora de esa mañana o a primera de la tarde para instalárselo. Bastantes años después, la primera vez que fui a Nueva York, lo que más me llamaba la atención eran las fruterías de los pakistaníes abiertas a todas horas, o los gimnasios funcionando de manera ininterrumpida.

La presidenta de la Comunidad de Madrid parece que quiere instalar la libertad de horarios. En la mayoría de las comunidades, los parlamentarios se reúnen con mucha gravedad para determinar asuntos de tanto calado como a qué hora abren y cierran las mercerías. Soy hijo de pequeño comerciante, y me consta que la libertad de horario produce pavor, pero es un miedo a la libertad que no tiene por qué favorecer siempre a las grandes superficies. Más aún: las grandes superficies están experimentando un retroceso en todo el comercio occidental, mientras el consumidor comienza a descubrir que la tienda más barata es la que está más cerca de su casa. Eso sí, algunos de los pequeños comercios que no se dedican a los artículos de primera necesidad deben comenzar a pensar en la especialización. Poner una tienda para vender un bolso, un paraguas o unos pendientes es algo que no tiene futuro, porque tampoco tiene presente.

Me contaba el profesor Fuentes Quintana que el ideal del negocio de muchos españoles era regentar un estanco: algo sin competencia. Estamos en el siglo XXI. Madrid es una gran ciudad y habrá fruterías --regidas por pakistaníes, por chinos o por aborígenes-- que abrirán las horas que crean conveniente. Como hace ya tantos años, sucede en Nueva York.