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Tribuna abierta

Arte y poder

Nada existe hoy fuera del tiovivo mediático y de su permanente producción de realidad

 

Arte y poder -

Víctor Bermúdez Víctor Bermúdez
24/04/2019

Este miércoles comenzamos en el Ateneo de Cáceres un nuevo seminario abierto de filosofía, esta vez dedicado a las relaciones entre la política y el arte. Suele pensarse que el poder se sirve del arte –casi siempre en connivencia con la religión– para generar conformidad y obediencia. Es difícil no reconocer la potestad y autoridad de un cacique, un monarca o un presidente cuando se nos presenta investido de un fastuoso traje ceremonial, pintado a lomos de un encabritado corcel, o –como el recién elegido presidente de Ucrania– protagonizando su propia serie televisiva. Toda la parafernalia del poder –sea antigua o moderna– tiene una clara naturaleza estética o artística –del mismo modo que todo lo artístico germina, directa o indirectamente, a la sombra del poder–.

Cierto que el arte posee también una función crítica, pero esta suele ser igualmente aprovechada como parte de la estrategia de sometimiento. Así, junto a las majestuosas representaciones estético-religiosas del poder (templos, pirámides, ritos de entronización, desfiles, discursos) –y a las que tanto deben las distintas artes–, concurren las expresiones bufonescas de desavenencia y «desorden» (la sátira, el teatro cómico, los géneros carnavalescos, la literatura social, el grafiti, el subversivo arte «de vanguardia»), pero el fin de estas últimas no es más que una ruptura ficticia y catártica con lo establecido, y, tras ella, la regeneración del deseo de conformidad.

El arte resulta, así, un dispositivo doblemente eficaz de dominación: produce la ilusión de poder del Poder y, del otro lado, la ilusión de poder vencerlo y librarse de él. Y hoy, aun con notables diferencias, desempeña la misma función que hace siglos.

La primera diferencia –al menos en Occidente– es la ruptura del vínculo con la religión. El proceso de secularización moderno roba al poder y al arte aquella sacralidad que aureolaba y multiplicaba sus efectos de seducción. Sin la alianza con la Iglesia, el Estado va a tener que recurrir a la coacción policial (el control de la población) y el chantaje económico (la gestión del «bienestar») para lograr niveles parecidos de obediencia. Y, en el capítulo estético, a un arte profano y banal que es el que proporcionan hoy los medios de comunicación –y formación– de masas.

Ligado a esos medios, el arte actual cabe, casi todo él, bajo la categoría de «entretenimiento» (me refiero al arte popular –el arte culto, cuando no es fuente del anterior, es políticamente irrelevante–). Un «entretenimiento» que ya no justifica el orden social a través de su glorificación trascendente y extática (como el arte sacro), sino a través de una agradable rutina de representaciones de los valores dominantes (y de una «subversión» de los mismos –escándalos, parodias, provocaciones– no menos programada).

Por lo dicho, el arte moderno carece de sentido trágico. Todo en él se resuelve como entretenido melodrama y espectáculo cómico. El nuevo héroe –tal como el nuevo líder político– es el escudero o bufón hábil y simpático que dice las cosas claras, resuelve los problemas cotidianos, y que gana o pierde con democrático espíritu deportivo (mientras, el arte culto de vanguardia ni siquiera llega a este nivel de entretenimiento, y solo existe como producto subvencionado y apenas decorativo para el poder).

¿Cómo este arte banal, estandarizado y carente de sentido trágico –incapaz de generar temor o entusiasmo– puede mantener aún su eficacia política? Una posible respuesta está en su perfecta transparencia con respecto a lo real (cuando la ficción es omnipresente deja de ser ficción). Nada existe hoy fuera del tiovivo mediático y de su permanente producción de realidad. Y, obviamente, nadie quiere quedarse al margen (en esa muerte que es el afuera de las redes y pantallas). El arte-entretenimiento genera conformidad creando una ilusión no ya de vitalidad o sentido, sino de mera existencia. Ni siquiera los representantes del poder –ellos menos que nadie– existen fuera del escenario y la trama mediática; señal esta, inequívoca, de que el verdadero e invisible poder está, como de costumbre, entre bambalinas...