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La curiosa impertinente

Basta

 

Mi infancia y juventud fueron barcelonesas y fui muy feliz allí. Dicho esto, ya basta de que Cataluña sea el pan nuestro de cada día, que no nos va a dar de comer. Basta de que la actualidad nacional, la de toda una España menos grande pero decididamente libre, aparezca encadenada como la Italia de Mussolini a un balcón.

No digo yo que no sea noticia. Pero solo una noticia. Magnificar un rifirrafe entre un sectario y todos los sectarios que le siguen mansamente como bueyes y la JEC, es prestarle notoriedad al insignificante lacayo del prófugo.

Viví en Cataluña y ahora vivo en Extremadura. En el pueblo de mis fines de semana, han tirado dos antiguas cercas de piedra, perfectamente insertadas en su entorno rural de una belleza incuestionable para construir un paseo artificial bordeado con un muro de ladrillo blanquecino horrendo donde los haya. Y así se desposee a un pueblo de su patrimonio y de las esencias de un paisaje rural con su historia propia, su tradición y su antigüedad, sucumbiendo a la ignorancia y al mal gusto.

En el Cáceres donde vivo, se está construyendo una rotonda en la avenida de Héroes de Baler y el resultado actual con el tráfico abierto no solo es caótico sino peligroso, pues de noche el conductor corre peligro de tragarse el acerado insertado en el ramal.

En el Cáceres donde vivo, el modelo de negocio se reduce más y más al gastronómico. Cierran las tiendas de muebles, los pequeños comercios de ropa, y aunque abundan fruterías, manicuras, peluquerías low cost y clínicas dentales, cada vez más fachadas cuelgan el cartel de cerrado, se vende o se traspasa. Incluso edificios enteros, de raigambre y tradición.

El tren extremeño sigue averiándose y la juventud sigue buscando un futuro fuera. El cierre de Almaraz ocupa un espacio escaso en contraste con su trascendencia para toda una comarca. Usted y yo, empero, querido lector, sufrimos a diario a don Quim con ese perpetuo rictus de que todo le huele mal, como si fuera el héroe del día.

Y yo digo, ¡Basta! No son tan trascendentales como creen. Es más. Ni siquiera son trascendentales.