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Café filosófico

Educar en el diálogo

Quien dialoga mal piensa mal y es incapaz de mantener una relación provechosa

 

Educar en el diálogo -

Víctor Bermúdez Víctor Bermúdez
04/12/2019

Si quieren conocer de verdad a una persona dialoguen o discutan con ella. No hay cosa más íntima, ni forma más profunda de intimar. En cierto modo fundamental «somos diálogo». De hecho, provenimos –filo y ontogenéticamente– de una cierta relación (dialéctica) entre el diálogo íntimo que son el pensamiento y la conciencia, y el diálogo externo en que se funda la socialización. Todo lo demás que somos –recuerdos, traumas, filias, fobias, deseos, creencias, formas de ver el mundo...– está sujeto a debate, hasta el punto de que una buena discusión racional –con el interlocutor adecuado– bastaría para modificar cualquiera de esas menudencias psicológicas e ideológicas.

Como se ha dicho, nuestra conciencia reside en el lenguaje. Nace del diálogo infantil con nuestros progenitores y de su lenta interiorización como «habla interna». El habla interna es esa conversación «con el hombre que siempre va conmigo» –decía el poeta– , en la que, más allá de contarnos continuamente el cuento de nuestra vida, proyectamos próximos capítulos, evaluamos los ya escritos y concebimos, por así decir, el plan general de la obra.

De otro lado, si la conciencia es el diálogo interno y silencioso desde el que experimentamos el «yo» de nuestra existencia individual y reflexionamos sobre ella, la vida social es el caudal de diálogo externo y audible (casi siempre más jerárquico e inconsciente) con el que organizamos el «nosotros»: esa «mente colectiva» desde la que también vivimos y a la que denominamos «cultura».

Así, si quieren calibrar a alguien dialoguen con él o ella. Comprobarán –a la vez– la consistencia de su pensamiento, de su personalidad y de sus vínculos con el mundo. Fíjense que alguien puede ser bello, rico, culto, escribir artículos, dar discursos, dirigir el país... pero si no sabe dialogar (distinguiendo lo pertinente de lo accesorio, razonando con corrección lógica, comprendiendo y reconociendo los errores propios y ajenos, manteniendo la visión de conjunto, entregándose sin resistencia a cada hipótesis hasta olvidarse de si y de sus creencias...) no es más que un pobre idiota. Quien dialoga mal piensa mal y es incapaz de mantener, en nada, una relación provechosa (en el más amoroso de los sentidos) ni consigo mismo ni con nadie que merezca más la pena.

De hecho, no creo exagerar si afirmo que la casi completa falta de capacidad para el diálogo –observen cómo se discute en las redes o los medios– es el mayor y más radical de nuestros problemas. Todos los demás (económicos, sociales, políticos, ideológicos) podrían empezar a resolverse si nuestros dirigentes y los que les presionan y apoyan –es decir, nosotros– desarrolláramos la capacidad necesaria para pensar y comunicarnos de manera compleja y fructífera.

Sin embargo, y pese a lo dicho, al diálogo no se le presta apenas atención en el sistema educativo. A los niños se les enseña diaria y sistemáticamente a leer, escribir, calcular o repetir cientos de tareas secundarias, pero no a dialogar. Así, se habla de inteligencia verbal, matemática, musical, social... Pero no de inteligencia dialéctica, que es la base y la condición de la excelencia de todas las demás.

Y esa inteligencia hay que enseñarla, pues no se desarrolla sola mas que a un nivel ínfimo. Discutir o dialogar con cierto nivel de competencia es más difícil que analizar frases o resolver ecuaciones. En su dimensión más abstracta y compleja es lo que hacen a veces los filósofos. En un sentido más concreto y asequible es lo que se escenifica, por ejemplo, en el teatro. Precisamente, estos días hemos impartido un taller de diálogo filosófico y dramatización para chicos de secundaria con unos resultados sorprendentes. Estoy convencido de que si nuestros alumnos se formaran intensivamente en estas dos actividades –teatro y filosofía– estarían en mejores condiciones no solo para mejorar, en general, como estudiantes, sino –más valioso aún– para desarrollarse y gobernarse como ciudadanos y como personas. Al fin, el teatro, la filosofía, la identidad personal y la ciudadanía democrática se fundan en el ejercicio de esa misma actividad esencial que es el diálogo. Cuando quieran lo discutimos.

* Profesor de Filosofía