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La curiosa impertinente

Gobierno de cooperación

 

Los reyes son a la fuerza neutrales, pero a una le divierte adivinar sus preferencias políticas, que las tendrán. Así supone que en el regio matrimonio, el conservador es él y la progresista ella. No imagina a Felipe encantado con un posible gobierno PSOE- Podemos y no le extraña, en cambio, que Letizia no le haga ascos a la suma de la izquierda. Táchelo usted de imaginaciones calenturientas.

Tampoco le extrañará al amable lector conocedor de mi talante conservador que me horripile la posibilidad de tener a Pablo Iglesias, a Echenique o a Montero de ministros de lo que sea. Es de lo más lógico. Lo que ya no es tan lógico es que dicha posibilidad no le guste ni chispa a Ábalos, que en recientes declaraciones ha afirmado que un gobierno de coalición no soluciona el problema y que Podemos más bien resta que suma. Lo que tampoco parece lógico es que a la militancia de Podemos, sobre todo en Andalucía pero también en otras latitudes tampoco les guste ni chispa que esta formación entre en el gobierno, aunque lo digan con la boca chica o lo callen tal vez por no ser purgados, retirados o dimitidos como en tan sonoros casos recientes y lejanos.

Tampoco parecía que a Sánchez le gustara mucho lo de coalición y por eso no había manera de sacarle una palabra y retardaba el presidente en funciones la decisión, que así estaba de inquieto Iglesias cuando se le escapó aquello de que ni le llamaba ni nada, a él que se lo había ofrecido modestamente todo.

Resulta paradójico, pero puede que Casado y Rivera que con su actitud negacionista han arrojado literalmente al socialista en los brazos del podemita, estén satisfechos con su jugada, porque así pueden criticar a placer al futuro gobierno, y además dificultarlo, vigilarlo, controlarlo, denunciarlo y vituperarlo, compitiendo a ver cuál es el jefe más jefe de la oposición.

Los que seguro que están encantados con este gobierno de la cooperación esa que Sánchez se ha sacado de la chistera, son los independentistas. Así siguen teniéndole en sus manos y así, al final hasta pueden darse el gusto de tumbarlo.