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Tribuna abierta

¿Independentismo sin nacionalismo?

El discurso independentista se ciñe al lema de los catalanes son un pueblo sin estado

 

¿Independentismo sin nacionalismo? -

Víctor Bermúdez Víctor Bermúdez
10/01/2018

Una vez ha quedado claro que el «procesismo» catalán no iba de regenerar la política o cambiar la sociedad (se ha votado masivamente al partido de siempre, al de Pujol, el 3%, y los recortes en educación o sanidad), el discurso independentista se ha reducido a su argumentario más propio, consistente en: (1) los catalanes son un pueblo sin estado; y (2) a los catalanes les iría mucho mejor sin (el resto de) los españoles. Ahora bien, dado que esta segunda idea no parece ya tan clara (salir de la UE supondría un coste mayor que el de librarse del ‘expolio fiscal’ que presuntamente se sufre), solo queda agarrarse a la primera: la del esencialismo nacionalista. Una idea que, sin embargo, algunos independentistas dicen haber superado.

¿Puede haber independentismo sin nacionalismo, como claman, entre otros, el filósofo Xavier Rubert de Ventós? Depende de qué independentismo. Si es el que reivindica una «república catalana», obviamente, no. La legitima aspiración a un estado más republicano, democrático y eficiente justifica querer una república. Pero querer que ese república sea, además, «catalana», o es la delirante estrategia de la izquierda que –increíblemente– ve en una de las regiones más ricas y liberales de Europa la simiente de un cambio antiliberal, o es, más bien (dadas las preferencias electorales de los catalanes, muy lejos de la CUP y Podemos), puro y duro nacionalismo, esto es, pura creencia irracional en que «lo catalán» implica virtudes políticas (de las que carece, por de pronto, «lo español») que, entre otras cosas, lo hacen más proclive al espíritu republicano y a los avances democráticos.

¿Y qué es esto de «lo catalán» (o, si quieren, lo español, lo vasco, lo escocés...) y en qué sentido sirve para justificar políticamente algo? «Ser catalán» (o español, etc.) no tiene su razón de ser en la convivencia, o en idílicas comunidades de base. «Ser catalán» (español, etc.) consiste en pertenecer a «algo» más abstracto y «grande»; «algo» que te une a personas distantes en el espacio y el tiempo más que a tus vecinos del pueblo (aragonés, portugués, riojano...) de al lado, algo que te identifica con una «historia» sobre la historia común, con una lengua que se supone mucho más que un vehículo para pensar y hablar (porque «catalaniza», «españoliza», etc., lo pensado y lo dicho), con unas costumbres en la que «resuenan los ecos de los antepasados», y hasta con unos presuntos rasgos culturales, y hasta psicológicos, que sirven para arrogarse cierta superioridad moral (por ejemplo, según Rubert de Ventós, el supuesto cosmopolitismo del catalán frente a la pobre «identidad monográfica» del «castellano»)...

Este esencialismo nacionalista (por falso y caricaturesco que parezca) no es ninguna tontería; es un recurso ideológico de primer orden para legitimar las fronteras, la apropiación de recursos y la institución de estructuras socio-políticas que no se dejan instituir democráticamente. Pues la democracia sirve para «hacer república», pero no para hacer «repúblicas catalanas» (ni, en general, naciones). Las fronteras o la propiedad de un territorio no se votan; precisamente porque se vota a partir (y en virtud) de ellas. La nación es un hecho pre-democrático: votan los catalanes (o los españoles, o los europeos...). El día en que la cosa realmente «vaya de república y democracia», votaremos todos, y se acabarán las naciones. Todas.

Así que de independentismo sin nacionalismo, nada. Otra cosa sería que Rubert de Ventós, consecuente con su cosmopolitismo, defendiera otro tipo de independentismo. Por ejemplo, el de las personas con respecto a los esencialismos que, como el nacionalista, les impiden el logro de una plena autonomía racional.

Porque el ser humano es un ser social, y es normal que en las fases iniciales de su vida construya su identidad en torno a los «ídolos de la tribu». Pero más allá de esto las personas alcanzan la mayoría de edad cuando logran deshacerse de aquellos (y de otros muchos) mitos. La libertad de los «pueblos»” no está mal. Pero las mentes pobladas libremente de ideas están mucho mejor. Y son, además –este sí– el verdadero fundamento de la democracia.

* Profesor de Filosofía.

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