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Tribuna abierta

Kant y los macarras del tranvía

El filósofo, con monopatín bajo el brazo, ‘rapea’ «no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti»

 

Kant y los macarras del tranvía -

Víctor Bermúdez Víctor Bermúdez
27/03/2019

Hace unas semanas, a un joven publicista se le ocurrió utilizar a Kant en una campaña contra las conductas incívicas en el tranvía de Barcelona. En un divertido vídeo, el filósofo prusiano del XVIII, con monopatín bajo el brazo, «rapea» aquello de «no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti».

La campaña está muy bien. Pero peca de ingenua. El macarra que pone los pies en los asientos o te atrona con la música en el tranvía dispone de un poderoso argumento con el que replicar a Kant: «¿Qué pasa si soy tan chulo que me puedo permitir hacer a los demás lo que no permito que me hagan a mi (porque si lo intentan les parto la crisma)?» –réplica que no es sino una versión de la «regla de oro» del abusón: «si puedes aprovecharte de la gente sin correr demasiados riesgos (porque no puedan corresponderte con la misma moneda), ¿cómo vas a ser tan tonto de no hacerlo?»–. Esta última regla no solo justifica al pobre macarra de tranvía, sino a todos los potentados de este mundo, para los que presenta, además, una «extended version» conocida como la «ley del embudo»: «¿Qué pasa si soy tan poderoso que me puedo saltar las leyes que no se pueden saltar los otros?»...

¿Entonces? ¿Gana el macarra incívico? No tan rápido. Veamos con detalle lo que tiene que decir a todo esto el bueno de Kant… Si alargásemos el rap, lo primero que diría el filósofo es que las personas somos fundamentalmente racionales. Esto no admite mucha discusión. Fíjense que nadie se priva de justificarse –hasta el que niega la racionalidad humana lo hace razonándolo–, ni nadie, tampoco, soporta fácilmente que le quiten la razón. Normal: en ello (en tener razones) nos va lo que somos.

Ahora bien –seguiría el rap–, si somos racionales, hacer lo que debemos tendría que comenzar por actuar de acuerdo a la razón, es decir, según leyes morales que –como las de la ciencia, o más– puedan ser reconocidas como válidas por cualquier otro ser racional (aquí el famoso «imperativo categórico» kantiano).

Sin embargo, esta formulación del imperativo sirve de poco si el macarra del tranvía se empeña en lo propio: «¿Por qué va a ser irracional que cada uno vaya a lo suyo y se imponga el interés del más fuerte o astuto?» Al fin –dirá– esto no es solo la ley fundamental del abusón, sino la ley misma que rige el mundo.

Para responder al empecinado abusón, el rap (que es ya un combate de gallos) podría introducir el otro termino de la ecuación moral kantiana: el de libertad. El ser humano –cantaría Kant– es un ser innegablemente libre –un ser sobrenaturalmente desgajado del mecanicismo natural–, por lo que no se le puede imponer el interés de otros sin atentar a la vez contra su dignidad (y aquí resonaría esa otra formulación del imperativo: «no trates a ninguna persona como medio, sino como un fin»…). A todo lo cual, claro, el macarra tranviario objetaría que no hay nada más guay que ser un hombre libre rodeado de esclavos. «Utiliza a los demás para alcanzar tus metas, y que gane el mejor» –diría, reformulando, también él, su propio imperativo ultraliberal–.

A Kant solo le quedaría entonces –antes de encomendarse a Dios y la metafísica– esta última estrofa rapera: «trata a los demás como a personas –no como esclavos– porque solo así contribuirás a crear un mundo –racional y libre– en que las personas –también tú– se puedan realizar». Así soñaba Kant la Ilustración, no como un logro individual –o puramente intelectual–, sino como un proceso político para el que la educación y el diálogo con otras personas eran condición necesaria.

Este era el sueño de la razón kantiano. ¿Y el monstruo? El monstruo no es el macarra del tranvía, sino las razones que justifican que te ponga las piernas encima. Razones según las cuales la propia razón no sería más que un medio para fines (pasiones, gustos, deseos) que poco tienen que ver ni con la razón ni con la realización humana, ni siquiera con la de los abusones. Y me refiero ahora a los de verdad, a esos bien trajeados que, si alguna vez subieran a un tranvía, cederían amablemente su silla a algún anciano. Tal vez a uno con peluca dieciochesca y acento extranjero.

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