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Soliloquios

Nuevas palabras

 

Juan Jiménez Parra Juan Jiménez Parra
08/01/2018

La Real Academia de la Lengua Española ha incorporado nuevas palabras a su Diccionario. Algunas ya eran utilizadas con frecuencia por el castellanohablante de a pie, como «postureo» o «buenismo». Otras, como «amusia» (incapacidad de reconocer o reproducir tonos o ritmos musicales), o «aporofobia» (rechazo al pobre) son prácticamente inéditas para la mayoría de los que hablamos el castellano. Los últimos años la RAE ha incorporado palabras que ya se utilizaban con frecuencia, pero se consideraban vulgarismos no aptos para ocupar un espacio en las páginas del Diccionario: «almóndiga» (albóndiga); vagamundo (vagabundo); asín (así). También se acepta decir «asina», como lo escribiera el poeta extremeño Luis Chamizo: «Porque semos asina, semos pardos, del coló de la tierra…».

El lenguaje evoluciona y se regenera. Dentro de él, a lo largo de los años, muchas palabras mueren y otras nacen, como las células de un ser orgánico. La tecnología nos ha obligado a incorporar nuevas palabras: «gigabyte», «hacker», «hipervínculo», «dron», «intranet» o «wifi». Y más que se irán añadiendo conforme las máquinas vayan ocupando terreno en nuestro valle de lágrimas.

A otras palabras se las malea. Se las incita a caer en el vicio de la promiscuidad léxica, como si fuesen chaperos o putas que se venden a las lenguas más frívolas. Una de estas palabras, que últimamente se pronuncia con mucha frecuencia es «fascista». Esta palabra siempre la hemos utilizado para señalar a individuos intolerantes que imponen por la fuerza su disciplina al resto de la sociedad. Sin embargo algunos castellanohablantes renegados que se las dan de demócratas puros la están corrompiendo usándola para señalar a quienes no piensan como ellos. ¿Quién es el verdadero fascista?

También existen palabras intrusas, esas que llegan a nuestra lengua procedentes de otra lengua, casi siempre la anglosajona. Por escribir algunas: running, shopping, low cost. Digamos que practican la estrategia del cuco, poco a poco echan de nuestras bocas a las autóctonas y ocupan su lugar. Quizá pronto también ocupen un espacio en las páginas del Diccionario de la RAE. Pobre castellano entonces.

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