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Desde el exilio

Tiempo, tiempo

El tiempo ha ido cambiando de manera que en cada época se ha vivido de forma diferente

 

Azahara Palomeque Azahara Palomeque
22/07/2019

El tiempo nunca es baladí, y su concepción ha ido cambiando de manera que en cada época o civilización se ha vivido de forma diferente, sin que tengamos una definición inamovible de lo que parece ser capricho de los dioses. Si, para los aztecas, el tiempo era una suerte de espiral en movimiento, se puede decir que, a partir de Hegel, éste transcurre hacia delante, en una proyección infinita, quemando etapas, lo que algunos han venido a denominar progreso. Sin embargo, esa noción tan optimista lleva, al menos, unas décadas en crisis: el tiempo se desvenda hacia atrás, juega a su propia descomposición, engaña y hasta asoma temeroso su fin en un mundo amenazado por el cambio climático.

Si algo une a tres libros que he leído recientemente, ‘No supo Victor Frankestein ser madre’, del extremeño Francisco José Najarro Lanchazo, ‘El cielo y la nada’, del catalán Toni Quero, y ‘Obsolescencia programada’, del también extremeño Víctor Peña Dacosta, es esa percepción de tiempo agotado, o una visión histórica en que la voz lírica se dirime enfangada sin transcurrir en una dirección concreta que se asemeje mínimamente al futuro. En los versos tanto de Quero como de Peña y Najarro, se respira el síntoma generacional de quien ha perdido la esperanza y deambula entre la nostalgia y el desencanto, tratando de encontrar un sentido que jamás llega a manifestarse. Al margen de dicha sintomatología, cada autor es un universo en sí mismo.

Najarro elabora un libro que puede leerse como un solo poema donde la continuidad se expresa en la búsqueda imposible del origen. Tejiendo un retorno melancólico hacia la figura de la madre, el poeta cuestiona el momento mismo de su nacimiento, al que siguen referencias a la infancia que se encuentran ya desde el título y la foto que el autor elige para ilustrar su biografía: él de pequeño. Las alusiones corporales, abundantes en cuanto que representan las señales de existencia biológica, umbilical, de la que en todo momento se duda, acaban por confluir en la memoria: «invento que recuerdo que lloré». Si la memoria es la única herramienta, siempre engañosa, que se tiene para reconstruir lo perdido, ésta se convierte también en la única certeza: hay que insistir en recordarse niño, volver al núcleo primero que es a su vez la única patria posible, descorazonarse «al descubrir que siempre/ seremos extranjeros».

También trabaja la memoria Quero, quien, sin embargo, parece debatirse entre la rememoración de una adolescencia marcada por rasgos temporales concretos –fue «en los noventa», «la droga cabía en la yema de tus dedos»– y un anhelo de ser recordado que lucha por prevalecer frente al conocimiento de su propia muerte. El poeta se imagina a sí mismo como «cadáver, debidamente ataviado» en el año 2025 y repite un motivo a lo largo del poemario: la circularidad del tiempo, que irremediablemente lleva a ninguna parte. De hecho, no es casual que a este fenómeno le acompañe un desmembramiento de las coordinadas espaciales. Viajando desde la antigua Grecia a la Gran Vía actual, los mapas se tornan inestables, las ciudades son meros espejismos en Google maps, o un ‘no lugar’, como asegurara el antropólogo francés Marc Augé, desde el que aseverar: «me siento un oopart abandonado/ en una dimensión paralela a la mía».

QUIZÁ SEA PEÑA quien, de los tres, se aferre más a un ahora inmediato desde el que criticar problemas socio-políticos a base de una ironía arrolladora. Libro que roza lo iconoclasta, en él la obsolescencia evoca una caducidad que afecta tanto a humanos como a objetos, al discurso político y a la masa de ciudadanos minados por el paro y la ausencia –postmoderna– de conciencia colectiva. Así, la memoria en Peña funciona apenas como un objeto desechable anterior a Facebook, «lo último que aprendí fue la tabla del nueve», el lenguaje como una repetición absurda de lo ya codificado por su algoritmo, «me gusta, me divierte», el precariado como una experiencia darwinista donde sus víctimas se transforman en «mendigos que arrancan/los ojos de sus perros./ Y los acarician». En este clima sin redención posible, el poeta termina por afirmar ser el futuro pero convertido en su padre, es decir, en regresión.

Puesto el tiempo en el paladar sin estómago, donde Peña dice balconing, Quero dice Ícaro y Najarro dice útero, todos apuntan al vacío. Un trío cuya lectura transforma la caída en emblema generacional.