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Filípides

 

Salvador Calvo Muñoz
17/04/2016

TCtreo que aquel soldado, al decidirse la batalla a favor de los griegos, corrió hasta Atenas para llevar la buena nueva. Y al llegar la comunicó, pero allí mismo se desplomó agotado. Quedaba inaugurada la prueba de Maratón. Cuarenta y dos kilómetros, más o menos, y a ver quién llega antes. Para qué nos vamos a entretener ahora en eso.

También se celebran "medias maratones", unos veinte kilómetros aquí, allá y acullá. Atletas aficionados se apuntan y participan. Muy bien. Como el itinerario de la media maratón transcurría por la avenida en la que vivimos, nos asomamos a la acera a ver transcurrir el evento. Qué panorama de domingo de veda en pleno abril nublado y lloviznoso.

Pasaban corredores de todo tipo: hombres, mujeres, altos, bajos, viejos, jóvenes, musculados, enclenques, con y sin gorra: todo un pandemónium de figuras y actitudes. ¡Los clavos de Cristo! Había algunos que llevaban el horror reflejado en el rostro, tales eran su cansancio y su necesidad de oxígeno. ¿Para qué se apuntan a semejante martirio? ¿Creerán que así como así se aguantan veinte kilómetros corriendo? Hay que entrenarse y mucho; pasar muchas horas dale que te pego para coger la forma propicia y soportar ese esfuerzo.

XTOTALx, que daba como qué sé yo mirar aquello. En esto, un grupo de noctámbulos, de los que frecuentan los tugurios de la Madrila Baja, subió hasta la avenida vociferando y haciendo burla, befa y mofa de los esforzados atletas domingueros. Lo que nos faltaba. Sobre todo uno que, beodo perdido y ahíto de alucinógenos hasta las trancas, se puso en medio de la calzada berreando y entorpeciendo el paso de los corredores. Un guardia urbano que lo vio intentó detenerlo y en el forcejeo ambos cayeron al suelo. El pobre guardia, encima, atento y servicial, le decía al energúmeno: "¿Qué le sucede, caballero?". ¡Pero hombre, señor guardia! ¿Qué clase de directrices le han dado a usted? --pensábamos--- ¿No ve la indecente kurda que lleva encima ese rufián?

Para qué seguir. La veda es una sucesión de anodinas estupideces que mejor no dar fe de ellas. Para muestra, fíjense en el episodio. Una lamentable mojiganga. ¡Y el pobre Filípides corriendo hasta la muerte para decirle a los atenienses que se había salvado la democracia! ¡Qué iluso!

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