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El Periódico Extremadura

Alberto Hernández Lopo

Extremadura desde el foro

Alberto Hernández Lopo

La sociedad paralela (I)

En la semana en la que una (honestamente, gruesa) crítica de nuestra clase política ha servido como enmienda a la totalidad, lo que llama la atención es el cansancio ciudadano que demuestra acoger con tanta energía algo que no pasa de proclamilla. No es un fenómeno aislado ni puntual. Otra muestra tenemos en una región como Extremadura, donde hemos pasado del desconcierto de vivir inauguraciones no demasiado justificadas y parabienes por el éxito del ‘nuevo’ tren a un monumental descontento al comprobar que todo sigue igual (o peor). ¿La respuesta política? Tirarse los trastos y apelar a la responsabilidad de otras administraciones. Delante de nuestros indignados ojos. Viven en otro mundo.

Cuando se trata de hacer un análisis transversal de la clase política en nuestro país se obvia un punto que, una vez nombrado, se hace evidente: la gran mayoría provienen del funcionariado. Es una constante en la mayoría de las formaciones, en la que solo cambia el ‘caladero’ de cada uno y, por tanto, la tipología de funcionario. Otra gran parte de los mandos son canteranos de los partidos, que usualmente pasan sin solución de continuidad de las facultades y las generaciones u organizaciones juveniles a la propia estructura de los partidos. Es decir, otra forma distinta de ‘carrera pública’.

No hay ningún mal de partida en que el ecosistema político patrio tenga estas características. Algo que compartimos con Francia, por ejemplo. Entre el funcionariado español abunda capacidad y mérito. Pero sí es la constatación que, en el período democrático, la sociedad ha estado condicionada desde la política por un poder legislativo y ejecutivo de mente funcionarial. Las implicaciones de esta visión en la configuración del país son decisivas.

Las críticas sobre la supuesta endogamia de nuestra administración suelen ser siempre interesadas y con un claro interés de parte. No son intenciones demasiado veladas, porque lo que pretenden es ampliar parcelas de control. El sistema de entrada y promoción de nuestros funcionarios no adolece de un problema de endogamia o tradición familiar. Tiene un conflicto en la intervención del interés político.

Esto es aún más evidente cuando desciendes del alto funcionariado y la administración estatal o las administraciones autonómicas y, especialmente, provinciales y locales. El sistema de entrada en las primeras suele ser más riguroso, frente al resto de administraciones que tienen un sistema más ‘blando’, más permeable. Ahí ha primado la adscripción política y eso ha reconfigurado el funcionamiento de regiones completas y creado disfunciones en la ejecución de políticas en los cambios de gobierno.

¿Por qué no hay un debate público sobre la productividad, promoción o control del trabajo funcionarial? Porque no interesa a los partidos. Además de la dificultad que implica generalizar o homogeneizar el estamento, se ha convertido en una sociedad paralela que sirve como herramienta a los partidos. 

Todo desemboca en una administración lenta e inadaptada a los estándares de la sociedad actual. Las oposiciones tienen el mismo diseño que hace cincuenta años, sin incorporar de ningún modo formas de capacidad y trabajo que serían impensables obviar en el ámbito privado.

Seguimos aumentando gasto público en una estructural funcionarial de la que desconocemos su productividad. No es, claro, una mera cuestión de rentabilidad (aun cuando sepamos que por ejemplo un médico o un juez son ‘rentables’), porque el sector público no tiene por qué atender a esos principios. Tampoco obviar que se alimenta del sector privado.

Esa pesada maquinaria se alimenta desde la propia profusión normativa. El enjambre de leyes, reglamentos y normas sectoriales creadas en los últimos quince años es un riesgo desde el punto de vista de la seguridad jurídica y un freno a la actividad empresarial. Y lo peor es que en ocasiones pareciera que se producen sólo para justificar la existencia de entes públicos o el trabajo en las cámaras que llenan el país.

Repensar nuestro funcionariado es una tarea de enorme calado y no creo que haya la suficiente valentía para afrontar una tarea hercúlea, pero requiere de forma urgente una adaptación a la realidad. Tocará proponer. 

*Abogado, experto en finanzas

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