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Tribuna

El derecho a convivir

 

Decía aquel inagotable sabio de la antigua Grecia, llamado Aristóteles, que el hombre es un animal político –un zoon politikon- que llevaba en su propia naturaleza una destacada capacidad de pacto y de autonomía para regularse a sí mismo y para regular sus relaciones con los otros. Otros juzgaron al hombre como homini lupus: un lobo para el hombre -como subrayaba Thomas Hobbes- lo que le obligaba a establecer acuerdos de paz y concordia para dejar de destruirse entre sí, como lobos rabiosos. Los pensadores ilustrados, en cambio –siguiendo al sabio griego– estimaron que el hombre era de sentimientos afectuosos y pedían un Pacto Social para regularizar sus relaciones.

De cualquier manera, sea bueno o malo por naturaleza, el hombre es un sistema abierto y libre –como lo define Leonardo Polo- que lleva dentro de sí los gérmenes del aprendizaje y del cambio, que harán posible la sociedad, la convivencia y la paz. O, por el contrario, el enfrentamiento, la desunión y ese continuo odio entre gentes y sociedades que hoy parece ser la constante social en todos los pueblos.

El reciente e interminable conflicto de identidades en Cataluña ha desvirtuado todas estas teorías sociopolíticas y ha dejado a la Politología, como posible ciencia, en paños menores. Quizá porque -a mi modo de ver- la Politología no puede ser ciencia, ya que en realidad es sólo la revisión de la conciencia colectiva y el comportamiento de los pueblos ante las tesituras políticas. Un sentimiento, un impulso para crear sociedades homogéneas desde los campos de la etnología y de la economía, ordenadas y pacíficas, que cada uno entiende de forma diferente, o porque solo sirve para hacer concurrir a los demás hacia nuestros propios intereses mediante discursos y promesas que los convenzan.

LO CURIOSO de estos discursos y promesas es que suelen arrancar del pasado, como argumentos de convicción, y apuntan hacia el futuro, como meta de promisión. Es decir: se apoyan en la historia para seducir y para encandilar a las gentes con pasiones nacionalistas y étnicas, para conseguir coherencias materiales y económicas. Siempre ha ocurrido lo mismo entre los pueblos y culturas del pasado y seguirá ocurriendo entre los del futuro. Más que un zoon políticon el hombre es un homo faber o anthropus aeconomicus que se mueve por intereses directos.

Pero la Historia ha dejado de ser maestra de la vida -como la definía Cicerón- o madre de la verdad, como la consideraba Cervantes. Por eso a las grandes empresas de la información ya les interesa más la Politología que la Historia. Pues esta nueva ciencia elucubrativa se presta mejor a convertir los acontecimientos políticos y sociales en producto de consumo de masas y de comercialización cultural. En una producción polimediática, muy maleable y diversa que se puede emplear para producir la realidad; cuando la realidad no se ajusta a los objetivos perseguidos por los partidos políticos, por las corporaciones empresariales o por las corrientes de opinión con marca registrada, que en un simple relato de hechos y personajes de perfil erudito; que se investiga y se estudia para conocer y convencer, y no para manipular.

El catalanismo histórico ha quedado arrinconado por la reivindicación política que pretende convertir en réditos contables las peculiaridades culturales o lingüísticas de unas gentes que hace siglos se volvieron españoles.