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la cultura que nos viene

El olor de los libros. El amor a los libros

 

Interior de la librería cafetería Puerta de Tannhäuser, en plasencia. - ARCHIVO / TONI GUDIEL

Olga Ayuso Olga Ayuso
10/11/2017

Recuerdo el olor de unos cuantos libros de mi infancia que ya tienen las hojas amarillas y que siguen oliendo igual. A los 40, leo manuales de cocina como si fuesen novelas: algunos podrían serlo, como el de Alice B. Toklas. En mi biblioteca hay ensayos de teoría queer, tratados de feminismo y un sinfín que tienen al Che Guevara como protagonista, a cuenta de un trabajo de la asignatura sobre propaganda política de la carrera de Periodismo en Sevilla. También, en la balda central del salón (y no en un sitio inaccesible, que es donde suelen estar), hay poemarios de Kavafis, Szymborska, Basilio Sánchez, Ángel Campos Pámpano, Álvaro Valverde, José María Cumbreño, los aforismos de Elías Moro y los muy manoseados libros de Gonzalo Hidalgo Bayal. Y no está todo Dumas, porque no se puede leer todo lo que escribió Dumas, pero Athos (y Peter Parker y Lobezno) siempre será mi primer amor.

Cuando muera Frank Miller, me sentiré como con todas las muertes que son tuyas: más sola. Como cuando se fue Martín Gaite. Puedo recitar a san Juan de la Cruz de memoria y muchos párrafos de novelas de Dickens y también he leído muchos libros que no volvería a releer nunca, pero no comprendo a la gente que no relee porque ya leyó.

En mi vida ha habido muchos libreros. Ángel Gata, de Universitas, al que tanto echo de menos. Vicente y Mariángeles, de la Librería. Tomás, que se fue a Londres. César, que se fue a Huelva. Álvaro y Cristina. Ahora, porque eso pasa cuando vas creciendo, también tienes editoriales favoritas: saquen lo que saquen, te lo compras. Llevo años esperando el nuevo volumen de la vida de Alan de Emmanuel Guibert. Leo a Shakespeare y le entiendo más, como le pasó a mi padre a los 60 con Wagner («por fin entiendo a Wagner»). Veo, en la mesa de mi mejor amigo, «Tú no eres como otras madres», con una dedicatoria mía que fue lo único que le dio tiempo a leer antes de morir, porque a la novela no llegó.

Hoy se celebra el día de las librerías. Hay descuentos del cinco por cierto y abren hasta las diez la noche. En la Puerta de Tannhäuser de Plasencia, a las ocho, se presenta la editorial Maleza, junto a su primer libro, que es un cómic-álbum ilustrado (qué sería de mi vida sin los cómics) titulado El mundo de los humanos. Cabeza de jaula, de Rosana Moral. A las siete, en la librería Tusitala, de Badajoz, podremos saber más sobre uno de los dos premios Las Horas del FanCineGay Extremadura: la revista Píkara Magazine, un referente del feminismo en este país de machos ibéricos en el que (no hay más que leer Facebook o los comentarios de los periódicos en la web), les cuenta tanto a la mayoría ceder espacios de representación.

Las librerías, según Cegal, que es la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros, generan más de 10.000 puestos de trabajo directos e incrementaron su facturación en 2016 casi un tres por ciento, con respecto al año anterior. Estos son los datos económicos. Los otros no se pueden valorar. Se puede valorar lo que provoca Amazon en el comercio tradicional (una hecatombe). Pero seguirán siendo los números. Que son importantes (para leer hay que tener no ya dinero, que ahí están las bibliotecas, sino disposición de ánimo: y la disposición de ánimo viene también cuando uno tiene para pagar las facturas, seamos serios), pero no son únicos.

Cómo se puede valorar el concepto de amistad que enseñan Athos y D’Artagnan en el capítulo de la plaza Real, que ahora se llama Place des Vosgues. Cómo la profunda empatía extraña que alguien puede sentir por el Calígula de Camus. Cómo todo lo que ofrecen una Flannery O’Connor, una Alice Munro, una Carson McCullers. Cómo la angustia con Charlotte Perkins o los consejos de Petronio, el alegato de Shylock, todo Shakespeare. Cómo tu sonrisa cuando ves en el lomo de un libro las palabras Samuel Johnson, William Faulkner, Louise Cooper. Cómo los momentos intentando tirar un anillo y buscando un tesoro o persiguiendo una ballena o navegando por el Mississippi. Cómo que dos de tus gatos se llamen Ororo, por Ororo Munroe, y Huck, por Huckleberry Finn.

O esos libros que te recomiendan personas: ese llegar a una casa ajena y mirar qué hay en las estanterías (y juzgar el buen o el mal gusto, porque todos somos así) o casi agacharse cuando estás en el metro de Madrid para ver los títulos que andan leyendo algunos y sonreír si es poesía y cruzar una mirada de respeto con el otro si es un Dickens.

En todos los naufragios de mi vida, que han sido muchos, siempre ha habido un libro. Allí estuvo Flicka. Allí estuvo, sobre todo, hace tres años, La infancia de Alan. Allí me agarró de las orejas Sydney Carton y quise ser, por una vez, Aslan o Tarod y poder convocar el Caos.

Por esta razón, hoy y un 8 de febrero cualquiera o un 17 de octubre, vayan a su librería favorita, descúbranlas paseando por ciudades que no conocen, visiten las bibliotecas, cuiden sus lecturas: es lo único que ha logrado desclasarnos, aunque nadie lo diga nunca. Y lean, como si no hubiera nada más en el mundo, porque a veces, desgraciadamente, no podemos encontrar nada más.