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«Soy un heterosexual estúpido intuyendo sentimientos gais»

 

«Soy un heterosexual estúpido intuyendo sentimientos gais» - DAVID CASTILLO

ELENA HEVIA
13/06/2018

Desde hace décadas, el escritor irlandés Sebastian Barry (Dublín, 1955) anda empeñado en contar la historia secreta de sus dos familias, las que se unieron en la boda de sus padres, a las que él llamó McNulty y Dunne. Trepando por el árbol genealógico, supo de un tatarabuelo que marchó a Estados Unidos y luchó en las guerras indias. Thomas McNulty es el protagonista de Días sin final (AdN), un wéstern cargado de violencia y poderosos sentimientos servido con una prosa limpia y poética que le ha valido una gran celebración crítica y el prestigioso Premio Costa. Pero hay más. A Barry, saber que su hijo es gay le ha proporcionado un objetivo a su novela y ha convertido al autor en un activista del matrimonio homosexual.

–¿Imaginaba de niño que acabaría escribiendo una novela del Oeste?

–Ni en mil años. Todos los sábados, los niños nos reuníamos en el cine que había en la carretera cerca de mi casa. Era un cine popular en el que siempre proyectaban wésterns porque eran baratos. Ahora, el círculo se cierra porque en Hollywood han comprado los derechos de esta novela. Para mí es un poco raro que un irlandés acabe contribuyendo a ese género tan americano.

–Bueno, al fin y al cabo, John Ford era de origen irlandés.

–Es verdad.

–¿Cómo se ha integrado esta historia en su proyecto novelístico familiar?

–Sencillamente me he dedicado a mirar hacia el pasado y rescatar las historias que me contaron. Por suerte, de la historia de Thomas McNulty, tío abuelo de mi abuelo, apenas se sabía nada y esa es una gloriosa oportunidad para un escritor. Tener a tu disposición un lienzo en blanco es magnífico. Y al fin y al cabo, todo el mundo quiere ir al Oeste, incluso los hermanos Marx.

–Se diría que le interesan las historias mínimas de la gente más modesta.

–Sí. Y también sacar a la luz aquellos detalles de los que tradicionalmente no se hablaba en público, bien por motivos políticos o religiosos. Por ejemplo, mi abuelo se avergonzaba de que mi madre de joven practicara el protestantismo. Y luego están, por supuesto, los fuera de la ley, los que han infringido las normas, que naturalmente son los más interesantes. Creo que si no hablas de esta gente, no solo eres responsable de ese silencio delante de tus hijos, también estás creando un país de sombras, olvido y oscuridad. Lo que hago en mis novelas es arrojar luz después de plantearme la pregunta: ¿esta gente merecía la pena, eran valiosos?

–La respuesta son sus libros, claro.

–Me divertí mucho escribiendo este. Esa emoción es un arma de doble filo para un escritor, porque al final no tienes una idea clara de tu trabajo. Pero algo bueno ha debido tener porque ha sido muy bien recibido.

–El corazón de la novela es una historia de amor gay entre McNulty y John Cole. Por suerte para ellos, esa relación está muy alejada de los torturados sentimientos de los ‘cowboys’ de ‘Brokeback Mountain’.

–Cuando escribes te encuentras en un estado mental un poco raro. Yo quería dejarme llevar más por la intuición. Al fin y al cabo soy un estúpido heterosexual internándome e intuyendo los sentimientos de una pareja gay. Hay un momento en el que Thomas ve a John y se dice que es imposible que la luna lo muestre más bello de lo que es. Ahí tuve que darme un respiro y sentí una gran responsabilidad respecto a esos dos personajes. Pensé que debía protegerlos en el relato porque eran dos personas muy discretas que se habían visto amenazadas y habían pasado muchos peligros.

–¿Cómo integró el descubrimiento de la homosexualidad de su hijo menor en este sentimiento de protección?

–Yo llevaba un tiempo buscando documentación sobre el Oeste y había encontrado algunas fotografías de hombres vestidos de mujer bailando en los saloons que me habían chocado. Descubrí que durante un tiempo, más allá del Misisipí, los hombres ocuparon los lugares públicos y privados destinados a las mujeres porque ellas no habían llegado todavía. La revelación de Toby surgió en medio de todo eso.

–¿Cómo fue?

–Tenía 16 años y había dejado de ser el chico jovial que era. Su madre y yo le veíamos triste y preocupado y no sabíamos por qué. Un día entró en nuestra habitación y nos dijo: «Soy gay». Y eso fue una liberación tanto para él como para nosotros. Yo le dije que estaba de suerte, porque se había librado de una serie de tonterías heterosexuales. Así que gracias a mi hijo pude profundizar más en mi conocimiento de la homosexualidad, él en cierta manera se ha convertido en mi mentor.

–Una suerte para un escritor.

–Empecé a escribir esa historia, la de la amistad entre los dos chicos, en la que no había ninguna mención a la sexualidad hasta que llegué a una frase clave…

–«Y entonces follamos silenciosamente y después dormimos». Es muy impactante porque hasta ese momento el lector no entiende la verdadera relación entre ambos.

–Sí. Esa es. Thomas, el narrador, la suelta muy rápido y se desentiende. Para mí también fue impactante. La escribí y salté de la silla. Me dije: ya no hay vuelta atrás, ahora solo tengo que seguir esta extraordinaria historia de amor. Descubrir un campo nuevo para un autor es apasionante.

–Resulta paradójico que una novela con tanta violencia explícita sea en el fondo una historia sobre la búsqueda de la felicidad.

–La felicidad es lo único que vale la pena, pero es tan difusa que es necesario colocarla sobre un fondo muy oscuro para que resalte. En mi novela La escritura secreta, uno de los personajes dice que el mundo es hermoso de por sí. Tanto, que si fuéramos cualquier otra criatura y no hombres y mujeres, también deberíamos estar contentos de vivir en él. Yo lo comparo a los espigadores, la gente necesitada que busca los granos perdidos tras la cosecha y se siente bien por ello. Ellos recogen las migajas de la felicidad y eso es algo que deberíamos aprender todos.

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