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Tribuna abierta

Flamenco extremeño

¿Para cuándo una digna promoción de este patrimonio cultural único de esta tierra?

Víctor Bermúdez Víctor Bermúdez
26/07/2017

 

Aunque extremeño de adopción soy trianero de madre; y con todo y con eso a mi, de pequeño, no me gustaba el flamenco. No entendía esos gorgoritos sobre un fondo orquestal rancio y mal grabado que oía por la casa (ese flamenco «afarinado» que sigue sin llegarme). Lo mío era, como en otros muchos de mi quinta, la «música moderna». A lo que más llegaba, despuntando la adolescencia, era al rock andaluz y al flamenquito.

La conversión ocurrió con las primeras bienales de flamenco de Sevilla, allá por los ochenta, cuando con un amigo, y un pase de prensa aviado que nos dio más de un disgusto, nos bebíamos un recital tras otro en noches hermosas hasta el dolor. Allí (en la Torre don Fadrique, el Hotel Triana, el Alcazar...) vi y oí por vez primera a los grandes cantaores y familias gitanas, me rendí al flamenco viejo y vivo del compás y el éxtasis, a las voces rotas esculpiendo en el aire los cantes grandes, y a la gracia radiante, inagotable, surrealista del arte que venía del mar y los puertos. Tenía dieciséis años como los dieciséis discos de Camarón de la Isla que abrieron al flamenco a tantos jóvenes como yo. Así y allí empezó todo.

Y aquí sigue. Cuando muchos años después recalé en Extremadura me sentí enseguida como en casa. Descubrí que entre Andalucía y Extremadura (o incluso Portugal) no hay fronteras, sino flamenco, una línea de bordón, un aire vibrante, un matiz, un deje apenas. Del fandango de Almonaster o el delicadísimo de Encinasola hasta el de Fregenal, de los tangos de la Plaza Alta a los portugueses, de las cantiñas y chuflas gaditanas a esa bulería arcaica que son los jaleos extremeños... Todos eran el mismo país.

Para facilitar más la cosa de la integración fui adoptado por la flamenquísima familia Rodríguez Palop, que me abrió las puertas de su casa y de la Peña de Llerena (que el próximo día 5 celebra la V edición de su Concurso de Cante, del que tengo el honor de participar, desde sus inicios, como jurado). Al pie del escenario mágico y recóndito de esta peña fui conociendo (en esa intimidad y silencio que solo se respira allí) a artistas de la talla de la Kaíta, Esther Merino, Alejandro Vega, el Peregrino, Pedro Cintas, Cándido de Quintana, y muchísimos más.

Del mismo modo, íntimo y festivo, en que he conocido, en las escenarios y garitos de Badajoz, a los más jóvenes: al enorme guitarrista Francis Pinto, al bailaor Jesús Ortega, a Fefo o a Paco el Levita –el flamenco con pendiente y rastas, pero tan jondo y fértil como el de los primeros padres– ...

Y no solo hablo de Badajoz, o de Mérida (de donde son la Familia Vargas o Andrés el Cascarilla), sino también de Cáceres (las Cantero, Peralta, Manuel Pajares, Perico el de la Paula, Juan Manuel Moreno...), de cuya Peña-Museo todavía recuerdo el antológico certamen de flamenco dedicado al Japón (con cantaores, tocaores y bailaoras nipones) que organizó hace años.

Y cito lo del Japón adrede. Hace mucho que el flamenco se ha consolidado como un fenómeno mundial, como una matriz musical y cultural riquísima y compleja, tan arraigada en la tradición, cuajada de mezcolanzas e innovadora como ningún otro género de música popular en Europa. Decir «flamenco» en Japón, Francia o EEUU es crear un silencio expectante y reverente. En cualquier lugar del mundo los flamencos son contemplados con el arrobo sagrado con que se escucha a un músico culto y de vanguardia. En cualquier lugar... menos aquí.

Ya sé que es un (tristísimo) tópico, pero no tenemos ni idea de lo que tenemos. Y la prueba de que somos unos inconscientes es que el Flamenco no se estudia en las escuelas y conservatorios, y –por lo tanto– se acaba por desconocer en el mismísimo lugar en el que nace. Es tan pasmoso como si en Burdeos o La Rioja desconocieran el vino. ¿Para cuándo una digna promoción de este patrimonio cultural único que fuera de nuestra tierra se aprecia como el oro? ¿Por qué no organizar, también aquí, una gran bienal de cante, toque y baile? ¿Cómo no son las peñas lugares de referencia a señalar en las guías? ¿Qué tal un Centro Extremeño del Flamenco?... ¿O nos vamos a quedar en esto –y como dice el tango– sentaítos esperando el porvenir que nunca llega?

1 Comentario
01

Por zaramalla 18:59 - 26.07.2017

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Joder Victor, atacas todos los frentes. No creí que podías dominar la fenomelogía de Hegel y los palos del flamenco con tanto dominio. Por qué no un taller de filosofía sobre el flamenco el próximo curso en el Ateneo de Cáceres.? Vamos a empezar a darle forma a tu propuesta.!