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Noche de soledad en mi calle Margallo

 

JUAN DE LA CRUZ Gutiérrez
12/07/2015

¡Cómo han cambiado los paisajes físicos y los paisajes humanos del paisanaje de la calle Margallo...!

Siempre, en la radiografía existencial de la vida, Cáceres. Como un horizonte interminable de hondura penetrante en el alma. He cabalgado a lomos de la noche. Sintiendo el murmullo de la noche, los pasos de la honda y eterna llamada de Cáceres. Acaso para la confesión conmigo mismo y la paz del alma. Y me he lanzado, en tropel, desde la calle General Margallo, 96, donde me nacieron, donde pasé la magia de la infancia, las contradicciones de la niñez, las incomprensiones de la adolescencia, hasta los confines de la vida. Aquella calle General Margallo, conocida en su día como calle Moros, que contemplaba dicha denominación desde el Medievo y que debe este último nombre a que, en la misma, vivían los moros que se expulsaban desde la Villa, amurallada cuando estaba en manos de los cristianos.

XASIMISMOx es señalar que el General Juan García Margallo era bisabuelo del actual Ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel García Margallo , como en su día le comentara personalmente el mismo, cuando era diputado de UCD, al periodista que se iniciaba, entonces, como joven cronista parlamentario de TVE.

Y desde la calle Margallo, también Moros, emprendí un tránsito, tras soltar una lagrimilla ante los balcones por los que trepé en numerosas ocasiones, siempre llenos de flores. Una de las pasiones de mi madre. Habían cambiado, y de qué modo y manera, los paisajes físicos, los urbanos, los paisajes humanos del paisanaje. Y me chocó que ya no estaban por aquellos lares la escuela de don Juan Checa Campos , que nos enseñaba hasta las reglas de urbanidad y nos metía en la mollera la geografía cantando las provincias de las regiones de España. Me extrañé de mi calle de siempre porque apenas si la conocía. Al contrario, la desconocía.

Enmudecí y fui caminando sin que me encontrara con el señor Luengo y sus vacas, con la zapatería del padre de mi amigo Emilio , con los acordes musicales del maestro Berzosa y que se transparentaban artísticamente, desde la radiografía de la ventana, el señor Avelino en su sastrería, Muriel , árbitro de baloncesto, las charlas de mi padre con el sacerdote y vecino don Juan Manuel Cuadrado Ceballos , que quiso enfocar mis pasos hacia el Seminario, aunque en vano. Ni tampoco estaba, ya, porque se había evaporado como la espuma, el despacho de habilitado en Clases Pasivas del señor Guillén .

Atrás, en la historia existencial de la niñez ya no se veía, tan siquiera, la habitación en la que me daba clases particulares el sacerdote don José Luis Rubio Pulido , organista de la Concatedral, director del Coro, compositor, que trataba de meternos las canciones populares, típicas y hasta de la moda en la mollera.

Ni tampoco estaba el paisaje humano de don Santos Nicolás Rodríguez , maestro allá en Guijo de Granadilla, estudioso de la obra de Gabriel y Galán , el vozarrón de los aprendizajes memorísticos de Antonio Rubio Rojas , que estudiaba Historia, por libre, luego Cronista Oficial de Cáceres.

Se había despedido de mi vista el Cuartel de los Carabineros, a cuya puerta nació el primer bar de la calle, quizás fuera el de la señora Teresa , donde se despachaban chatos de vino, cervezas, gaseosas, refrescos de naranja y limón y alguna copa de blanco como tampoco estaban los Almeida , los Romero Figueroa , los Gamba , cuatro hermanos de una estatura que encajaría hoy en la NBA, el Cuartel de la Guardia Civil en cuyo pasillo se podía leer en un arco la máxima "El honor es la divisa del Cuerpo", y con el teniente coronel Moreno Antequera al frente, ni se hallaba don Primitivo Sarnago , que había ejercido de comandante de la Legión.

XHABIAx desaparecido el ultramarinos de Cascos , cuyo hijo, junto a Luis Guillén Zancas, Perche, Manuel Arroyo, Lete , y hasta Angel Ayúcar , cinco margallianos, que llegaron a jugar en el San Fernando de Baloncesto. Ni estaba Saturnino Durán , practicante, que tuvo una de las primeras Vespas de Cáceres, ni Angelita Mozo , su mujer, ni Juanita Franco . Ni la familia Roncero , ni los Rubio Luengo .

Tampoco aparecía la señora Jacoba , que vivía con una modestísima pensión y con las ayudas alimenticias de la parroquia. Ni se veía a doña Valentina , una señora muy caritativa que matrimonió con el señor Leandro , un ayudante de su padre. Ni se escuchaba el tecleo de la máquina con los hilos argumentales de las novelas y la obra de Jesús Alviz .

XNI ESTABAx la Panadería La Madrileña ni se veía aquella casa en la que se estraperlaba con el tabaco y el café y que se encontraba a dos pasos de la Guardia Civil. Ni tampoco estaba en aquel paraje social la vendedora de las ricas patatas americanas, ni Guillermo Rey , hermano del Pato, y que regentaba el bar La Taberna del Pernales, ni ese hombretón que fue Polito, Cayetano Polo , que desde las ondas de Radio Cáceres entregó su vida por un Cáceres mejor. Ni tampoco había tinaos. Tampoco estaban mis primos, los Ciborro . Ni tan siquiera aparecían la carpintería Porras, la sastrería Hinojal, ni don Edmundo Cordero , ni la familia Fajardo , con Antoñita , la comadrona que vió nacer a medio Cáceres.

Aquella calle Margallo contaba, además, con dos colegios de envergadura. El San Antonio de Padua, donde los frailes franciscanos llevaron a cabo una gran labor y el Paiduterion, que puso en marcha don Aurelio Luna Soto , que tanta vida aportaron a la calle y a la ciudad.

XY ARRIBA,x en la cuesta, el Cine Capitol, donde un día me impregné de la hermosura de Raquel Welch , sex symbol del momento, mientras mis rodillas casi se juntaban con las de mi guapa acompañante y los codos se aproximaban como si fuera una aventura pletórica de entregas pasionales.

Se me mezclaba el llanto interior del alma queriéndome abrazar a las pelis en el cine del Palacio del Obispo, a los partidos de baloncesto en la cancha de los Talleres Municipales, los inveterados paseos entre el eje conformado por la Plaza de San Juan y el esquinazo de los soportales de abajo, en la Plaza Mayor, el partido del Club Deportivo Cacereño, las escapadas vespertinas dominicales a los guateques, las huidas a la Biblioteca...

Mi calle Margallo se había retorcido en su propio escenario. Ya no caminaban los jumentos de los meloneros, de los piconeros ni del dulcero del Casar de Cáceres, ni el vendedor de churros en una cesta, ni el chamarilero, ni el afilador, ni las lavanderas que llegaban de Malpartida. Ni tampoco se escuchaba la trompetilla que avisaba de que ya estaba allí el camión de la basura ni el pitido del cartero que abría familiarmente la puerta de la casa y voceaba el nombre del destinatario.

Llegando a la Plaza de las Cuatro Esquinas, casi tocando con la punta de los dedos la Plaza Mayor, donde tantos adioses se elevan al cielo de las caras conocidas, miré hacia atrás. Enfilé con la mirada, compungida, la calle Margallo, y, de repente, desapareció. Desde lo alto del Capitol aquel espejismo, brillaba la calle Margallo en el cruce del sol y del agüilla de las lágrimas que me resbalaban en mis emociones como si fuera un oasis de paz en la ensoñación al hilo de la memoria. También, claro, en el inexpugnable paso del tiempo del alma.