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EL ÚLTIMO TRABAJO DE UN DIRECTOR DE CULTO

El laberinto del poliamor

El cineasta mexicano Carlos Reygadas acaba de estrenar ‘Nuestro tiempo’, intransferible retrato de un matrimonio que intenta poner parches a los descosidos de su relación

 

Director y actor 8 Carlos Reygadas, en un fotograma de ‘Nuestro tiempo’. -

NANDO SALVÀ
15/07/2019

Desde que se dio a conocer internacionalmente con Japón (2002) y a través de títulos como Batalla en el cielo (2005), Luz silenciosa (2007) y Post tenebras lux (2012), el mexicano Carlos Reygadas se ha afianzado como uno de los directores más divisivos que existen; sus detractores suelen describir esas películas como pretenciosas y autoindulgentes. Él atribuye esas críticas a la incapacidad de la gente para entender nada que no encaje en las fórmulas narrativas convencionales. «La intención del cine debería ser simplemente presentar situaciones, y dejar que el espectador llenara los huecos con sus propios sentimientos, sus pensamientos, sus valores y sus principios. Pero el público está acostumbrado a ver películas solo para pasar el rato, y por eso necesitan a directores como Spielberg, que les dicen lo que deben pensar y sentir en cada momento». El cine que él hace es como la pintura, asegura, algo frente a lo que el espectador podría pasarse horas o incluso días buscando interpretaciones.

Reygadas acaba de estrenar en España Nuestro tiempo, retrato de un matrimonio que intenta poner parches a los descosidos de su relación a través de una incursión el poliamor que resulta ser desastrosa. Pese a lo que sus 173 minutos de metraje sugieren, él insiste en que con ella no ha intentado explorar las dinámicas de poder que se establecen en las relaciones entre hombres y mujeres. «Más que de las ideas de control y posesión, he querido hablar de lo contradictorio que es el ser humano, poniendo a mis personajes en una situación complicada y observando cómo cada uno lidia con ella». En todo caso, resulta imposible no considerar la incapacidad del marido protagonista para controlar sus celos y su instinto de posesión como un caso de masculinidad tóxica y sexista. «Los hombres tradicionalmente han visto a las mujeres como un objeto de deseo, y ellas están acostumbradas a ser deseadas», matiza. «Supongo que es por eso que la mayoría de consumidores de pornografía son hombres. Las mujeres están más apegadas a la realidad».

Dado que los intérpretes principales de la película son el propio Reygadas y su esposa, Natalia López –y que los hijos de la pareja, asimismo, aparecen en ella encarnando a los hijos de sus personajes–, es tentador suponer que las dinámicas conyugales planteadas en Nuestro tiempo tienen algo de autobiográficas. Sin embargo, el mexicano insiste en que no es el caso. «Fue una decision práctica, porque desde el principio supe que iba a tardar varios años en completar el proyecto y por tanto rodar con mi familia facilitaría el proceso. Sé que mucha gente no me cree, y no lo entiendo. Cuando la gente ve una película de Charlot, no les da por pensar que Charles Chaplin fuera un vagabundo».

Un mundo violento

Asimismo, Reygadas rechaza atribuir fines metafóricos a las numerosas imágenes de violencia animal que aparecen en la película –toros que pelean entre sí o que caen por un barranco, una mula que es despedazada– alternadas con escenas que dejan clara la competición que dos hombres establecen por el amor de una mujer. «Si mis películas son violentas es simplemente porque el mundo es violento. Lo que pasa es que solemos normalizar la violencia siempre y cuando esté regulada. Vestimos camisetas hechas por niños en Bangladés sin reparos, y nos encanta comer hamburguesas aunque, eso sí, si vemos a una vaca siendo sacrificado nos duele muchísimo».

Nuestro tiempo fue estrenada en la pasada Mostra de Venecia, donde obtuvo una tibia acogida y fue incapaz de hacerse un hueco en el palmarés. Pese a estar acostumbrado a ganar premios en los grandes festivales de cine, Reygadas quita hierro a ese relativo fracaso. «Mis películas, como todo lo demás, acabarán desapareciendo de este planeta, así que esas cosas no me importan. Lo único a lo que aspiro es que mientras existan, durante algunos años, algunas de las pocas personas que las conocen puedan enriquecer sus vidas un poquito gracias a ellas».