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EL RELATO

Orwell en Jura

ISLAS EXTREMAS. Capítulo 2

 

Olga Merino Olga Merino
23/08/2019

Hay gente enferma de islomanía. Aseguraba Lawrence Durrell, el más mediterráneo de los escritores ingleses, que los contagiados por la dolencia (como él, como yo) son seres llenos de nostalgia que, sin saberlo, descienden de los atlantes, los míticos pobladores de la Atlántida, y su subconsciente, por tanto, anhela el regreso a la isla perdida. También debía de pertenecer a la tribu su compatriota George Orwell, pues en el verano de 1946 alquiló el caserón de Barn-hill, en la punta norte de la isla de Jura, con el único propósito de encerrarse a escribir.

Lejos del caos de Londres

Su gente más cercana trató de quitárselo de la cabeza. Ya enfermo de tuberculosis y recién enviudado, no parecía una idea brillante instalarse en un lugar tan remoto y, además, con Richard, el bebé que había adoptado unos meses antes con su esposa, Eileen, fallecida durante una operación de histerectomía. Aun cuando el hospital más próximo se encontraba en Glasgow, a dos barcos, un autobús y dos trenes de distancia, nadie pudo disuadirlo; le urgía dar forma al magma que borboteaba en su cabeza, lejos del caos de Londres y los diezmos de la fama, en un momento en que, por fin, había ganado dinero y reconocimiento con Rebelión en la granja, su fábula contra el estalinismo.

El mismo Orwell reconoció que 1984, su denuncia distópica contra el totalitarismo, no habría exudado una atmósfera tan melancólica de no haber estado él tan gravemente enfermo, pero sería injusto endosar a Jura el descrédito de su muerte: allí llueve siempre y el sol escasea, pero el clima es bastante templado para esas latitudes. El mazazo a los pulmones se lo asestaron las condiciones espartanas que se impuso en un caserón sin luz eléctrica, sin agua caliente y a 40 kilómetros del único colmado de la isla. Sus escasos habitantes –lo conocían por su verdadero nombre, Eric Blair– se acostumbraron a ver circular bajo la lluvia, sobre una moto que petardeaba, a un hombre en chubasquero, pálido y desgarbado, con una hoz en el portabultos para guadañar los carrizos que se comían el sendero.

«Era un día frío...»

El panorama sobrepasó al ama de llaves coja, la joven Susan Watson, quien más de una tarde debió de llorar encerrada en su alcoba.

Aunque Orwell no era exigente para las comidas –arenques, morcilla y té bien cargado le bastaban–, había que cocinar en una hornilla de cámping, mantener la chimenea encendida con turba, atender el huerto y bajar a la granja de los vecinos a por leche para el bebé, mientras el señorito seguía escribiendo pasmado en la habitación justo encima de la cocina: «Era un día frío y luminoso de abril y los relojes estaban dando las trece…»

Al poco, Orwell escribió a su hermana Avril, imagino que desesperado, para que acudiera al rescate, como así fue. Av, que entonces contaba 41 años, poseía un sentido práctico de las cosas del que su hermano carecía y la virtud de ver el lado cómico de las carencias en Barnhill. Sin embargo, las trifulcas domésticas con la criada, Susan, no habían hecho más que empezar: dos cluecas con la cresta tiesa son demasiadas para un solo gallinero.

Se produjo entonces una situación que bien daría para esbozar la trama de una novela: por temor a perderla, Orwell aceptó a regañadientes que el novio de Susan, quien se encontraba en Cambridge sacándose una licenciatura, se instalara en la casa, y una vez el joven puso rumbo a Jura, el anfitrión se enteró por casualidad, así, como de pasada, de que estaba afiliado al Partido Comunista. ¡Alarma! Al escritor se le disparó enseguida la paranoia de que se trataba de un agente con la misión de espiarlo, de manera que al pobre David Holbrook se le dispensó el más gélido de los recibimientos, mientras el ganso de la cena se achicharraba en el horno. Dicen que durante esos días Orwell andaba por la casa con la Luger Parabellum cargada, hasta que una tarde de lluvia, frisando el anochecer, la criada y su novio enfilaron la vereda con las maletas a cuestas: se marchaban para siempre.

Orwell acabó de transcribir a máquina el manuscrito de 1984, entre ataques de tos y episodios de fiebre, durante la primera semana de diciembre de 1948, y dicen que, en cuanto tecleó la última letra, bajó a la cocina, apuró la última botella de vino que quedaba en la casa y regresó a la cama extenuado por el sobresfuerzo. Fue lo último que hizo en libertad: el 2 de enero de 1949 abandonaba la casona para ingresar en un sanatorio.

Ya nunca pudo regresar a su amada isla en las Hébridas.

Mañana, tercer capítulo: Chéjov en Sajalín.

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