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CRÍTICA

El triunfo de una épica íntima

La serie de Benioff y Weiss ha logrado, a pesar de todo, el equilibrio entre alcoba y grandeza

 

JUAN MANUEL FREIRE BARCELONA
21/05/2019

En un antiguo número de The New Yorker, George R. R. Martin dijo haber seguido Perdidos con fascinación y haberse sentido «estafado» por su final. Si hoy entra en las redes, probablemente reciba un poco de la (injusta) medicina que recibieron los autores de Perdidos hace casi nueve años. El final de una serie con tantos personajes, tantas historias secundarias, tantas lealtades en lidia nunca podrá satisfacer a todo el mundo. Este cronista, a pesar de su complicada relación con la serie, de todos los evidentes altibajos, solo puede decir a Benioff y Weiss: «Buen trabajo».

Así es: en realidad, si a alguien hay que felicitar o culpar por el final de Juego de tronos, es más a los showrunners que al padre de la saga. El final de los libros podría ser distinto, al menos si nos atenemos a las palabras del productor Bryan Cogman antes del estreno de la sexta temporada, primera en la que ya no se siguieron los libros al pie de la letra, para bien (todo ganó tensión narrativa) y para mal (los diálogos eran menos Shakespeare). Desde ese día, apuntó Cogman, debíamos hablar de un Poniente 1 y un Poniente 2, este último la versión alternativa que íbamos a ver en televisión.

Si no les ha gustado este final, no se preocupen: aún queda otro. Eso si Martin supera sus bloqueos creativos y limita su participación en esa precuela/spin-off sobre, entre otros asuntos, el origen de los Caminantes Blancos. Pero este final ya existente es uno de los mejores episodios de la serie, uno en el que Benioff y Weiss perfilan con extraña pericia ese equilibrio entre épica e intimidad buscado desde el principio.

Los finales de temporada de Juego de tronos han sido tradicionalmente de transición; paisajes después de una batalla, reflexión compungida y toma de decisiones antes de la siguiente conflagración. Todo se repite aquí, salvo lo último. La serie ha de llegar a su fin con una cierta sensación de resolución, y eso pasa en este caso por la instalación de un nuevo orden antes de que algún hijo decida repetir el pecado de algún padre. Decida o se vea abocado: el determinismo manda.

La velocidad de las últimas temporadas cede aquí el paso a un drama falsamente reposado (cada palabra y gesto importan) no exento de componente espectacular. Juego de tronos se ha basado, a lo largo de sus ocho temporadas, en un equilibrio y casi un contraste entre la conversación de alcoba y la acción megalómana. En algunas de esas temporadas, como la quinta, esas conversaciones parecían solo una sucesión de algo áridos preparativos para la acción explosiva de los tres últimos episodios, en particular Hardhome, aquel Salvar al soldado Ryan a la inversa, en la que el objetivo era subir a las barcas. El Trono de Hierro es un gran episodio porque, además de tener diálogos definitivos, anda sobrado de grandes imágenes (todas las que rodean a la muerte más significativa) y demuestra que aliento épico puede rimar con intimidad.

Habrá quien hable de final complaciente. Pero es, sobre todo, coherente: con la clase de serie que ha acabado siendo Juego de tronos en los últimos años, menos cínica y moralmente ambigua de lo que fue en un principio. Si llamó tanto la atención en sus primeros días, fue porque su espada y brujería no tenían tanto de Tolkien como del Verhoeven de Los señores del acero, es decir, a los dragones se sumaban la sensualidad y la carnicería; una visión nada new age de la guerra y el poder feudal.

AMBIGÜEDAD / No se sabía bien de qué parte estar, o si había que estar de parte de alguien. Una escena de violación podía tener prolegómenos ambiguos. La violencia gráfica se podía repartir por igual entre adultos y niños (por nacer). La serie se ha autocorregido con el tiempo, rebajando los desnudos femeninos, apuntando algo más claramente hacia los héroes y los villanos de la función, e invitando a observar Poniente como un continente donde podría valer la pena vivir, a pesar de los conflictos.

Pero incluso cuando sus personajes se decantaban hacia algún lado de la balanza del bien y el mal, las interpretaciones han rezumado siempre complicada humanidad: Cersei mereció un final mejor porque Lena Headey siempre ha sido la mejor, y nos hemos creído ciertas evoluciones y cambios en Arya por la inmensa expresividad de Maisie Williams, quien no debería tener problema para trascender este titán cultural.