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Mar Gómez Fornes

una casa a las afueras

Mar Gómez Fornés

Sensación de deriva

Ha sido en la prosaica sandía, donde con más perplejidad hemos visto de qué forma tan directa nos alcanza el repentino empobrecimiento

Ahora todo se anuncia como en un mercadillo de «los sábados», da igual si es una caja de sandías o grandes olas de calor y desesperanza. Todo se expone, se vende, se vocea al mismo tiempo, en el mismo mostrador, juntito y apiñado: entre las berenjenas el ardor y la ansiedad por el futuro; entre los pepinos las advertencias, lo miedos, el hambre; entre los calabacines la oleada de violaciones en Barcelona; entre melón y melón la imparable inflación.

Durante la pandemia, en los medios de comunicación brotaban por todas partes, expertos en COVID y otros virus, ahora toca buscar expertos en salud financiera que nos adviertan del peligro que supone llevar el dinero con mascarilla o mantenerlo confinado en el banco. Ahora lo saludable, nos vienen a decir, es regar el dinero, diseminarlo para verlo crecer. 

«Las casas aguantan bien la inflación y si eres capaz de comprarla con una hipoteca a tipo fijo, mejor», apunta la experta en finanzas Natalia de Santiago, comprar vivienda, añade, es una buena forma de protegernos contra la inflación.

Inflación. La canción del verano. Una palabra que ha movido el suelo bajo nuestros pies y día a día se lleva por delante otras palabras a las que estábamos acostumbrados como equilibrio y sensación de estabilidad. ¿Cuáles serán sus efectos a medio plazo? De entrada, ha golpeado con fuerza en pequeños actos cotidianos y modos de vida a los que, ni soñando, hace unos años pensábamos renunciar. El hecho, por ejemplo, de no comer sandía a diario incluso tres veces al día en verano, ha contribuido a crear un ambiente casero cuando menos inquietante. Ha sido en ella, la prosaica sandía, donde con más perplejidad hemos visto de qué forma tan directa nos alcanza este repentino empobrecimiento.

La palabra inflación parecía remota, perdida en el espacio de las palabras antiguas, oxidadas. Ahora nos ha reventado en la cara como un balón de Nivea y no nos queda otra que sentarnos en la playa a lamentarnos por los espetos que otros se comerán. Mejor que sea en la playa, así no se notará tanto nuestra sensación de ir a la deriva.

Sea lo que sea que nos depare el otoño ahora estamos en plena vibración colectiva: el verano. No estamos para detener la máquina de la fiesta pues todavía estamos vivos; el mar está en su sitio y las redes repudian a los espíritus tristes. 

No obstante, la tristeza tiene grados, tonalidades que le confieren bien un carácter de tierna melancolía o la dolorosa condición de espina clavada en el corazón. Y digo esto porque la pesadumbre nos alcanza a todos, a los que pensábamos que, en el mundo de los libros, de la música, el diálogo sereno o la introspección, no había guerras ni malentendidos tan solo un eterno saber o querer saber de palabras y silencios. Pero resulta que hasta esos mundos que una imagina a salvo se nos presentan con las alas rotas. 

Como siempre pecamos de arrogancia al pensar que nada nos puede pasar, que si acaso «esas cosas, esas guerras, esos dramas» les suceden a otros. Pero asusta pensar que esta Europa nuestra ya perdió por completo la razón otras veces y que ¡oh, casualidad! las cosas se torcían cuando el potro de la inflación se enderezaba y cabalgaba sin control por las tranquilas estepas del mundo libre y hedonista.

Antes de que sea tarde deberíamos pensar que no sólo tenemos la libertad, sino que la amamos y que mucha fe ingenua fue causa suficiente para que por las rendijas del poder se colaran los enemigos de esa misma libertad. Queramos verlo o no, coexistimos con gobernantes excitados en orquestar odios entre pueblos en vez de construir la paz. Ya lo advirtió Romain Rolland «Un pueblo asediado por la guerra no sólo ha de defender sus fronteras, también su razón, salvarla de las alucinaciones y necedades que desencadena esa plaga». 

* Periodista

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