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El Periódico Extremadura

Ramón Gómez Pesado

Tribuna abierta

Ramón Gómez Pesado

San Agustín ‘el chico’

Entonces no había ningún cartel de ‘Parque Natural’ ni ‘Prohibido bañarse’

Ahora que parece que los pueblos vuelven a entrar en ebullición preparando y organizando las fiestas patronales del verano, unas fiestas más que deseadas por todos por haber estado en el dique seco en cuanto a verbenas y sano jolgorio se refiere, ahora, digo, me vienen a mí recuerdos de infancia y juventud cuando se acercaba el final del mes de agosto y celebrábamos en mi pueblo las fiestas de San Agustín.

El día grande, el más importante era el día 28 de agosto. Ese día se vestían de gala el alcalde y la Guardia Civil, que acompañaban al cura en la procesión de San Agustín, patrón del pueblo. Se llenaban, después de la procesión, todos los bares del pueblo y se reunían todos los paisanos, los que vivían en el pueblo durante todo el año, y los que habían emigrado y no faltaban ningún año a la cita con las fiestas de su pueblo.

Se porfiaba siempre para averiguar qué bar había conseguido la mejor ‘pitarra’ ese año y buscábamos, con avidez, los mejores ‘pinchos’ para acompañar tan exquisito vino. No nos podíamos perder las alitas guisadas del Bar Cordobés, ni los exquisitos peces fritos del Bar Peseta, ni los increíbles callos con tomate de la ‘Tía Felícitas’, ni las orejas a la vinagreta del Bar El Cojo, ni las patatas fritas de la Pista de Curro.

Tampoco podíamos pasar la ronda de los bares sin visitar el Bar Poleo, donde los jovenzuelos alardeábamos de nuestra habilidad en el juego de la rana. Una rana con la boca abierta colocada en una mesa de hierro en la que, al chocar las fichas en ella, cualquiera que pasara por la calle sabía que allí se estaba jugando a ese juego de habilidad. La destreza que habíamos adquirido para lanzar la ficha e introducirla en toda la boca de la rana, aparte del gusto por mejorar en el juego, se debía más al escaqueo de tener que pagar la ronda de todos, que es lo que le tocaba a quien no afinaba su puntería aquel día.

Los toros y la verbena por la noche cerraban el día grande de las fiestas. Una cosa es cierta, y es que los grupos que protagonizaban y amenizaban las verbenas en absoluto montaban los inmensos catafalcos con luces de colores que montan ahora. El ayuntamiento les colocaba un sencillo tablao desde donde hacían bailar a todo el pueblo, a son de rumbas y pasodobles que todos conocían, alternando entretanto algún tango y algunas canciones lentas, que aprovechaban las novias y los novios para bailar un poco más agarrados.

Pero si el día grande de las fiestas era el 28 de agosto, había también un día que a los adolescentes y jóvenes nos encantaba especialmente, y era el día siguiente, el 29, al que llamábamos el día de San Agustín ‘El Chico’. Ese día era la romería, el día de la Sandía y, desde bien temprano los grupos de chicos y chicas, portando bolsas y cestas con sandías y otras viandas, nos encaminábamos hacia la Garganta del Fraile.

Pasábamos el día allí, juntos, bañándonos en las frías aguas de los charcos de la Garganta. Veíamos los inmensos perros de ‘majá’ acompañando a los rebaños de cabras que ramoneaban a lo largo de los caminos, y a muchos paisanos a los que seguían sus burros con los serones llenos de sandías y melones que luego venderían en la plaza del pueblo. Entonces no había ningún cartel de Parque Natural ni Parque Nacional, ni de Prohibido el Paso o Prohibido bañarse, y allí nadie sabía que estuviéramos en la Reserva de la Biosfera. La cascada de agua del Fraile se veía caer limpia y desalojada de maleza, y la sombra de los buitres volando tapaban el sol a ratos, mientras que reflejaban su sombra en el agua de los charcos, que corría muy deprisa hacia los molinos.

*Ex director del IES Ágora de Cáceres

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