Opinión | desde el umbral

Relativizar

Una buena receta para no perderse en los vericuetos de lo anecdótico, de lo fútil, de lo banal, es el concederle a cada asunto la importancia que tiene

Cuando se producen momentos especialmente dolorosos o intensamente felices nos damos cuenta de que casi todo no importa nada y de que son unas pocas cosas las que verdaderamente importan algo. Reparamos, entonces, en que la cotidianidad nos absorbe a menudo y nos lanza a las fauces del tornado de la irracionalidad, que nos hace ocupar parte de nuestros días en tonterías y nimiedades. Y en que, hasta los más conscientes, desatienden momentáneamente lo esencial por las injerencias de lo superfluo. Porque -no neguemos lo evidente- es difícil escapar de esa inercia a la que nos aboca la vida en sociedad. Pero es posible. 

El primer paso para no perder demasiado tiempo y energías es evitar la cercanía de esa enredadera cenagosa -cada cual sabe perfectamente cuál es la suya- que atrapa y, en ocasiones, impide avanzar. Porque huir también es de valientes. Y para emprender nuevos caminos hay que dejar atrás los ya transitados. Luego, aparte de esto, hay que fijar un destino hacia el que dirigirse y tener meridianamente clara la idea de que nos encontraremos con obstáculos que deberemos superar y encrucijadas en la que habremos de fiarlo todo a la intuición para elegir una u otra senda. Tampoco hay que obviar que una pizca de suerte siempre viene bien en cualquier empresa humana que se inicie o prorrogue. Es cierto que, conforme pasan los años, las distracciones son tantas, y los estímulos tan variados y sugerentes, que cada vez se hace más complicada la tarea de mantener un rumbo fijo y no desviarse de él hasta alcanzar la meta propuesta. La falta de constancia, la inconsistencia o la incapacidad para centrar la atención de manera prolongada convierten a los jóvenes en carne de cañón, en víctimas perfectas de entramados nada recomendables ni saludables. Pero tampoco los mayores podemos relajarnos, porque los tentáculos de lo intrascendente, de lo mísero, de lo trivial se extienden entre toda la población. 

Una buena receta para no perderse en los vericuetos de lo anecdótico, de lo fútil, de lo banal, es el concederle a cada asunto la importancia que tiene, sin infravalorar nada, pero tampoco magnificando lo insignificante. Porque casi todo, tanto lo simple como lo complejo, tiene solución en la vida. A veces, para hallarla, se requiere de algo de paciencia. En ocasiones, de un poco de buena fortuna. Y, siempre, de esa capacidad, no suficientemente valorada, que nos permite relativizarlo todo, escapando de la asfixia de agobios y penas, y rehuyendo la euforia injustificada de los que viven en permanente éxtasis.

*Diplomado en Magisterio 

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