El Periódico Extremadura

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El río de Cáceres

Los moratones del machito

Al salir del calabozo, el machito se fue a Barcelona y una noche se lo encontraron muerto a las puertas de un prostíbulo del Paralelo. Él le había borrado las azucenas y la aurora y a ella le dejó como recuerdo la cicatriz perpetua en la memoria del cofre vacío

La Virgen en Fuente Concejo en dirección a la calle Caleros.

Su cara se volvió amarilla con el tiempo. Y eso que hubo boda en Santa María, con vestido de cola que ahora le quedaba estrecho porque los partos habían ensanchado sus caderas. Cuando se acostaban, él siempre le daba la espalda y roncaba como un cerdo. Antes del alba se despertaba y la agarraba sin decoro, perdidos los escrúpulos, la honra y el respeto. Ella se resistía mientras el somier era un concierto detestable de alaridos. Al mes siguiente ya no sangraba. A los nueve meses, otra criatura a los pies de aquel catre donde el fornicio era para ella la peor penitencia.

Dejaron de ir al cine, porque esa mujer era la causante de sus iras y la violaba en las siestas de bebercio sin importarle que los niños copiaran su conducta o que las niñas sufrieran cataclismo llegadas a la edad adulta. 

Cuando salía de Santa María la Procesión de Subida de la Montaña, él prohibía que ella y retoños cruzaran las Tenerías, y eso que era costumbre que los adolescentes se fueran a los peñascos de la Sierra de la Mosca y se llevaran la merendilla. El desfile de regreso de la patrona al santuario siempre coincidía con el Día de la Madre. Para celebrarlo, la bestia cargaba toda la munición de su agresividad y pegaba a la mujer hasta dejarla extenuada mientras resonaban las campanas de San Juan y las palomas en Santa Carlota proclamaban la Paz en el Mundo.

Entretanto, a la orilla del río de Cáceres continuaba la guerra de hostias y moratones mientras la Montaña desfilaba camino a su ermita como lo hacía desde que en abril de 1901 se construyó la nueva carretera siendo mayordomo de la cofradía don Santos Floriano González.

Al terminar la faena en el ruedo del dolor, el machito salió esa mañana de la casa rumbo a la romería en busca de más vino con el que saciar su mala leche. Aquel día ella hizo fuerza de flaqueza y se apostó en el umbral como Minerva, hija partenogenética de Zeus, nacida de su frente ya completamente armada después de que se tragase a su madre. Con la blusa rasgada gritó como una diosa. «Sinvergüenza, tus hijos no te importan, yo no te importo. Vete. Borracho. Desgraciado», le decía a gritos secándose las lágrimas de la rabia. Él se volvió, cargado con un palo, dispuesto a matarla. Por suerte, su vecina salió y le dio cobijo por unas horas.

Y eso que aquella vecina tampoco vivía en el paraíso. Su marido era un tocaculos de niñas y ella se refugiaba en la casa como válvula de escape frente a la podredumbre de ese despojo con el que un día contrajo matrimonio. Desde niña había sido pulcra y luchadora, que lo mismo te zurcía un calcetín que te arreglaba una cortina porque él era mísero y ella se veía obligada a vivir con la mínima expresión.

Como no recibía cariño, suplía la carencia de afectividad atesorando trastos que colgaba de las paredes o que repartían por las habitaciones de aquel lugar pequeño y oscuro, de largos visillos, que olía a ocre y estaba poco ventilado.

La Virgen de la Montaña camino a Caleros. MIGUEL ÁNGEL MUÑOZ

Su marido también le daba al vino. Solía frecuentar Las Cuatro Esquinas, donde estaba el Lázaro, y a partir de ahí ‘La ruta de los elefantes’, llamada así por las trompas que la gente se agarraba si continuaba el recorrido por El Suizo (que estaba debajo de la casa de Fernando Carvajal), el Nidos y La Chicha. En Moret estaba La Granja (estupenda pastelería), El Maleno (que tenía freidora y hacía tencas), La Catalana, La Cueva (que fue tasca antes que club de alterne), el Virgilio, Los Marros (llamado así porque estaba decorado con marros de río), El Rialto y, cómo no, El Gironés, que estaba en San Juan y era como la universidad del vino porque a su tertulia asistían profesores destacados como Secundino, Bravo o Pablo Naranjo. El bar tenía un mural pintado por Dionisio Hernández Gil, acudían los taxistas (entre ellos Antonio Cortés y Victoriano García, que fue el que obtuvo la primera licencia y tenía la cochera en Cornudilla frente a la casa de Carlos Guardiola).

Por la tarde llegaron los municipales anunciando que se habían llevado preso al machito porque tuvo bronca en la romería y volaron los cuchillos. Ella salió de la casa de la vecina, aliviada y asustada. Sola delante de la huerta: un vergel de membrillos, ciruelas y hortalizas que lindaba con la ronda de Vadillo.

Por el barrio vivían los Pájaros, los Vela (esa señora tenía una fortuna enorme), los Poleo, los Rebollo, los Dicanes, los Viera, que tenían un taller de cerrajería, los Montero, que eran carniceros, los Cacharro, el Rosquilla, y los Domínguez Beltrán (Juan y Eulalia), que se dedicaban a cobrar las propiedades de los Iglesias.

Todas las mañanas ella acudía a por agua a Fuente Rocha o a Concejo para llenar el tinajero, con sus tinajas y sus vasos de porcelana o de hojalata, con su asita, que hacían los hojalateros de los botes de leche condensada. Cuando sus niños llegaban de la calle metían el brazo hasta el codo en las tinajas y probaban aquel agua que sabía a caramelo.

Al salir del calabozo, el machito se fue a Barcelona y una noche se lo encontraron muerto a las puertas de un prostíbulo del Paralelo. Él le había borrado las azucenas y la aurora y a ella le dejó como recuerdo la cicatriz perpetua en la memoria del cofre vacío.

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