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El Periódico Extremadura

Los trajes andantes

La niña solo esperaba la llegada del Domingo de Resurrección para liberarse de las cadenas y aún había naranjas y mandarinas. El Arroyo Concejo regaba las huertas plagadas de lechugas. A lo lejos, el gato, corcel altivo, en elástica línea, como un emperador a la intemperie, custodiaba el río fértil en la ladera de la Ribera

El gato en los bajos de Fuente Fría.

Trepa por las paredes, se restriega en los perfiles de los muebles. Pasea por los armarios, recorre las estanterías, husmea bajo la alfombra de la casa deshabitada en los bajos de Fuente Fría, en ángulo recto, mientras acumula adjetivos entre la luz violeta. Dormido en los palés que hay sobre la tierra de lo que fue la vieja huerta, es el único resto que queda coleando de aquel vergel de vida donde el gato se limaba las uñas y alumbraba el camino en la noche estrellada igual que una pantera en mitad de la selva.

Agonizaba la luz, ya había nubes teñidas de arreboles, y solo quedaba el Cristo en la repisa: angustia, fulgores, el último verbo buscando a María Magdalena. El hogar se anaranjaba con la brasas reflejadas en las trébedes y la madre desde muy temprano acudía a visitar los sagrarios. Tenía que arrastrar a las hijas, pero tiraba de ellas y no tenían más remedio sino obedecer. Luego veían las procesiones a su paso por los Adarves.

Una de las hijas sentía verdadero pavor a aquel espectáculo de figuras hieráticas, marmóreas, frías y huesudas. Ese festín de la Pasión y Muerte le impresionaba, le infundía un miedo terrible que se le metía en la boca del estómago por el realismo del ictus agonizante del Nazareno, el hombre que ya esperaba su muerte camino del Calvario. Los ojos reparaban luego en las lágrimas de Nuestra Señora de la Misericordia, en el rostro suplicante de Jesús en la Oración en el Huerto de la Vera Cruz o en el cuerpo desnudo del Amarrado, un ecce homo datado en 1913, a la salida del pórtico de San Mateo

Huerta de la Ribera del Marco. JOSÉ PEDRO JIMENEZ

La mujer que es hoy aquella niña recuerda el silencio atronador, los ruidos de los bastones al golpear el suelo, su ‘plof’, ‘plof’, ‘plof’ que reventaba las entrañas, los capirotes de los hermanos que parecían trajes andantes.

En San Antón, las mozas vestidas con mantilla, de negro riguroso, ponían la mano sobre las velas a modo de sombrilla para que el aire no las apagara. El olor quedaba en la pituitaria de la nariz como una remembranza; era un camino de luces que alumbraba la noche.

En la plaza, a la altura de La Minerva, siempre se ponía un cantaor. La Minerva fue en su origen una de las imprentas referenciales de Cáceres. Estaba en el número 26 y la abrió Castor Moreno. Luego se quedó con ella Regino Moreno. El local conservaba la imagen de aquellos viejos establecimientos de principios de siglo, con su fachada de madera y sus trabajados rótulos.

Era una casa muy profunda y estrecha, que daba a Ríos Verdes, calle por la que también tenía salida. Disponía de tres plantas, con dos habitaciones a cada lado, con pisos y techos de madera y muchas escaleras. Allí trabajó Álvaro, el de la ya desaparecida librería de la avenida Virgen de la Montaña, los hermanos Julián y José María, ya jubilados, un pariente de los Rodríguez, y el padre de los Valiente, que fue concejal durante la Segunda República y que después montó su propia imprenta en la plazuela del Duque. Hoy, La Minerva es un restaurante de la familia Rubio.

En esos soportales se detenía el paso al grito del saetero, cuya garganta parecía un coro de trompetistas, mientras los hermanos de carga murmuraban: ‘Joer, qué pesao, que no tarde mucho, a ver si acaba ya’.

Las cúpulas

Los policías vigilaban que el público no cruzara en mitad de la procesión, a cuestas con sus trajes de paño que pesaban como mantas y con los que se resguardaban de las bajas temperaturas. Curiosamente, a la pequeña le provocaba una asociación contrapuesta de frío y humedad, le recordaba a las faldas grises que llevaba en el Sagrado y vivía la escena como un momento hostil. Algunos portaban gorros como cúpulas redondas que adornaban sus cabezas. Ella se evadía del tumulto soñando que un día se haría mayor y subiría su pelo a una mantilla. 

De vuelta a casa, en Las Tenerías, la tele en blanco y negro solo retransmitía procesiones; una y otra vez. También echaban ‘Espartaco’, ‘Marcelino Pan y Vino’ y ‘La última cena’, pero nada que ver con ‘El Evangelio según San Mateo’ de Pasolini, sorprendente adaptación fílmica, no tanto por su registro neorrealista, sino porque tras las cámaras se encontraba uno de los directores ateos por antonomasia, y, como protagonista un sindicalista español agnóstico. Pasolini mantuvo una notable fidelidad con relación al texto bíblico y fue narrando algunos de los episodios más populares de la vida de Jesucristo.

‘Sporco comunista’, ‘mascalzone’, ‘frocio’, ‘fetuso’... (’sucio comunista’, ‘sinvergüenza’, ‘golfo’, ‘maricón’...), son las últimas palabras que escuchó Pasolini antes de ser apalizado hasta morir en la noche del 1 al 2 de noviembre de 1975.

Ni rastro del italiano en el televisor de la Ribera, adueñado por el NODO, mientras aquella niña solo esperaba la llegada del Domingo de Resurrección para liberarse de las cadenas y aún había naranjas y mandarinas, y el Arroyo Concejo regaba las huertas plagadas de lechugas. A lo lejos, el gato, corcel altivo, en elástica línea, como un emperador a la intemperie, custodiaba el río fértil en la ladera de la Ribera

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