mayo
La vuelta de los abrazos
En tres días pudo demostrarse que esa distancia que parecía costumbre era solo un espejismo

Uno de los conciertos de Womad de este año. / CarlaGraw

Mayo siempre es un símbolo. Y con toda probabilidad este año lo ha sido más que nunca. Es el mes de las calles llenas y las ventanas abiertas. Acostumbra a anunciarse con todo el ruido posible, algo que durante años ha guardado contenido, ya sea por prudencia o por desconfianza.
Afortunadamente, este último ha marcado la diferencia. Si los meses anteriores supieron sobreponerse a todos esos temores, lógicos todos tras tantos meses de incertidumbre, mayo predicó con el mejor de los ejemplos. Cierto es que hubo que esperar hasta última hora, algo también habitual en este tiempo, pero mereció la pena. Cáceres acogió la que recordará como primera multitud de la nueva era. En solo tres días pudo demostrarse que esa distancia que había parecido calar como costumbre era tan solo un espejismo.
Womad ejemplificó ese reencuentro. En solo tres días se recuperaron los abrazos. Los metros que separaban dejaron de ser un inconveniente. Sí, pendientes de las cifras y con los que se fueron siempre en el recuerdo, porque olvidar solo tiende a cometer los mismos errores, pero con la mirada puesta ya en otro camino, en uno que se abre paso.
Tras ese silencio, ya insoportable, regresó la música, el color y la vida. Con cuentas pendientes porque el festival cacereño merece algo más en lo técnico y una política real --por fin-- sobre el botellón, pero regresó y lo hizo con más ganas que nunca. La intención, en esta ocasión, --y en tantas otras en esta vida-- es lo que cuenta. Para el recuerdo también fueron sus cifras, las mejores de su historia con más de 140.000 asistentes.
De hecho, el día grande que fue el sábado ofreció una estampa insólita, ya que la acogida sobrepasó todas las previsiones hasta la fecha y obligó a cerrar el recinto durante varias horas. Y es que, tan habituados que hemos estado a tantos y tantos vacíos, pudo resultar impactante aquella panorámica viral --para desgracia del dueño del dron-- de una plaza llena, sin hueco para más alfileres, que al margen de las simpatías o asperezas que provoque, ayudó a recordarnos lo que fuimos. O lo que somos. O lo que seguiremos siendo.
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